MARTES, 2 DE OCTUBRE DE 2007
El reparto de culpas como teoría económica

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Trato de tomar los mejores elementos de la justicia social y de la libertad económica. Lo que exploro es la posibilidad de una tercera constelación, más alta que las otras dos, moralmente mejor. Libertad económica, sí; justicia social, sí.”
John Tomasi


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“Muchos políticos tienen una manera fantástica de abordar la economía: La entienden como si fuese una rama de la teología moral en la cual todo el chiste es definir qué pecado de Fulano ocasionó la miseria de Perengano.”


El otro día escuché a dos señoras conversando afuera de una iglesia: “Es que este día la Misa no tuvo homilia (así, como palabra grave, sin acento ortográfico, cuando en realidad es homilía, palabra aguda). Pensé dos cosas: 1. A lo mejor la ausencia de sermón fue algo bueno, considerando la tendencia de algunos sacerdotes a glosar el periódico “La Jornada” desde el púlpito y 2. Si las señoras estuviesen saliendo de la Cámara de Senadores o de la de Diputados no podrían quejarse: Habrían escuchado no una, sino varias homilías, sentidas prédicas morales de nuestros tribunos.

 

Ejemplo: “Todos sabemos que un incremento en el precio de la gasolina ocasiona una escalada de precios en los alimentos dada la voracidad de los comerciantes”. Es una bonita visión moralista del mundo, poblado de muchos buenazos (los pobres) siempre torturados y amenazados por un puñado de malvados (los ricos voraces) y Cantinflas –es decir el político, como en el mural del esposo de Frida en la fachada del Teatro de los Insurgentes- quitándole a los malos para darle a los buenos.

 

El problema es que ese cuento edificante nada tiene que ver con el mundo real.

 

En vano uno tratará de explicar al predicador-político que cuando hay condiciones de competencia en los mercados resulta imposible –y hasta suicida para quien lo intenta- trasladar mecánicamente al precio de los cacahuates en forma de cinco pesos un alza que aún no se verifica de dos centavos en el precio de la gasolina.

 

En vano uno tratará de hacerle entender al predicador-político que no es un asunto de buenos y malos, sino de escasez relativa de unos bienes o de otros (oferta) ante necesidades y apetencias de los consumidores (demanda) que pueden variar en magnitud. Y que los precios, cuando se les deja ser e informar de las condiciones de oferta y demanda (es decir, cuando no son precios mentirosos) modelan la conducta de proveedores y consumidores en beneficio de ambos.

 

Por una vez, al menos, nuestros políticos podrían abandonar el púlpito y dejar que la misa transcurra sin intromisiones. Funciona mejor.

• Populismo

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