MARTES, 16 DE OCTUBRE DE 2007
Egorugas y egoimbéciles

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Trato de tomar los mejores elementos de la justicia social y de la libertad económica. Lo que exploro es la posibilidad de una tercera constelación, más alta que las otras dos, moralmente mejor. Libertad económica, sí; justicia social, sí.”
John Tomasi


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“La más importante arma para la verdadera política es la cultural, y en ella tuvo liderazgo durante un tiempo el Partido Acción Nacional. Lamentablemente hoy, convertido en ins-trumento de poder, es lo que más ha olvidado y desdeñado.”


Se decía de Alejandro Magno. Un observador de sus grandes acciones y conquistas, discursos y forma de pensar, reconocía en ellos a su maestro Aristóteles. Guardando las necesarias proporciones, el presidente Felipe Calderón, en un notable discurso ante 300 y algunos más, en que citaba a Ortega y Gasset, recuerda a Castillo Peraza.

 

La más importante arma para la verdadera política es la cultural, y en ella tuvo liderazgo durante un tiempo el Partido Acción Nacional. Lamentablemente hoy, convertido en instrumento de poder, es lo que más ha olvidado y desdeñado. Es deseable que el presidente continúe recordando a su maestro, y demuestre con hechos la influencia que en él tuvo su mentor.

 

Soltó el presidente una insólita metáfora tras la que se adivina una mente pensante y un observador que, si estoy en lo correcto, invita a no perder las esperanzas en el futuro. Y que como a Paco Calderón (Reforma, 7.oct.07), me ayuda para este artículo:

 

Hay… un México distinto al de la oruga docta que pontifica y se sube allá a su torre de marfil y que tarde o temprano queda convertida en pedestal de imbéciles.

 

Es agradecible un discurso político que hable de orugas presumidas y pedestales ocupados por imbéciles. Y es maravilloso presenciar cuán magníficos o patéticos, siempre interminables ejemplos hay.

 

Hay uno que quiso ser presidente y necesita trampear corriendo un maratón, con tal de salir fotografiado como atleta triunfador. Hay otro que también quiso ser presidente y se hace adornar con una banda tricolor al encaramarse a un pedestal como legítimo innombrable. Hay todo “representante popular” elevado a una tribuna legislativa, para convertirse en sencilla oruga pontificando que los precios crecen por culpa de una economía presidencial que ya no existe. Hay una hez de líderes sindicales que se creen la personificación de las (vaya cacofónica palabreja) reivindicaciones populares y que se transfiguran en su defensa. Hay capillas de “intelectuales” que se hacen llamar así, como si ser intelectual significase ser inteligente y entonces desdeñar al ignorante o imbécil. Hay empresarios que necesitan revistas y homenajes y reconocimientos VIP y salas de primera clase para saber que son más que los otros.

 

Todos pretenden elevarse encima del ciudadano promedio, porque éste es mucho menos que ellos; para eso los reflectores, referencias en prensa, entrevistas banqueteras, fotografías; columnas, podios de triunfadores, plataformas sobresalientes. Pero cuando las orugas se suben a un ladrillo les da vértigo. Se vuelven locas. Se vuelven imbéciles. O manifiestan que ya lo eran antes de necesitar que las miraran allá arriba de todos, sobre sus ebúrneas torres.

 

Es instructivo el espectáculo de esos pobres seres humanos que necesitan observadores para sentirse muy especiales: están consumidos por el miedo. Por el pánico mortal a dejar de ser “alguien” si no hay luces y lambiscones. Necesitando crear fortunas para tener casotas grandotas y carrazos y guaruras atrás, y hartas viejas, y pistolas. Ganar (merecidos o no) premios, coronas, homenajes, diplomas y reconocimientos. Las torres de marfil no son un lujo sino una necesidad vital. Y lo más importante es el poder, todo el poder posible, para controlar la vida de los otros y demostrar que son más que esos miserables otros.

 

Chicos o grandes, patéticos o trágicos, hay plétoras interminables de policías, burócratas de ventanilla, inspectores, agentes del poder gubernamental o de la delincuencia (con o sin uniforme, lo mismo da) que definen su poder como el placer de agobiar, explotar, molestar, morder y robar a los demás. Detrás de todo trámite imbécil hay un imbécil que disfruta haciendo que otro tenga que requisitarlo. Bajo todo pedestal de marfil hay observadores de la superioridad del Señor Licenciado de arriba, allá en su ladrillo o en su curul o en su gigantesco despacho o en su ventanilla; o en su patrulla.

 

Hablo de miedo. No creo que lo haya más rotundo que el de última instancia: el miedo vital a dejar de ser. A la muerte. Y la obsesión demostradamente inútil de atajar y distraer ese temor, a base de sentirse muy especial. Sentirse como un dios que puede disponer de otros porque para eso es el poder. Y casi toda la humanidad, cada uno a nuestro nivel, poco o mucho, todos padecemos de lo mismo.

 

Se llama “ego”, vicio traidor que no remedia nada pero que a quien lo padece lo hace ilusionarse, distraerse con dejar por un rato el temor a no ser. Y mientras, destruir a quien agobia, a quien molesta, aquél cuya vida controla y se siente lo máximo al hacerlo. Así expresa su poco o mucho poder. Que por cierto, nunca es suficiente. El ego es insaciable.

 

Sólo es de esperarse que el presidente Calderón, depositario de un ya reducido, pero aún inmenso poder, recuerde al gran filósofo de la política de quien tuvo el privilegio de ser discípulo, y tenga presente cómo prevenían a los emperadores romanos mientras desfilaban en son de triunfo: recuerda que eres mortal.

 

• Política mexicana

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