Ideas al vuelo
Nov 16, 2007
Ricardo Medina

El rey y el mamarracho: Lecciones gramaticales

Quien quiera que conozca un poco la sintaxis del idioma español estará de acuerdo conmigo en que la pregunta del rey de España –dirigida al mamarracho- fue precisa y pertinente.

La exclamación interrogativa del rey Juan Carlos I –“¿por qué no te callas?”- dirigida a Hugo Chávez fue precisa. El rey preguntó lo que quería preguntar, tuvo la cortesía de interrogar al verboso de forma directa, no con circunloquios de falsa modestia y ambiguo significado. Un típico político mexicano habría usado la oración dubitativa, deliberadamente ambigua: “¿Podría callarse?”, pluscuamperfecto en modo subjuntivo que, en este caso, tiene además el riesgo del equívoco, dada la igual declinación del verbo en español para la segunda (usted) y para la tercera personas (él) del singular (la única forma de evitar tal ambigüedad es hacer explícito el pronombre personal: “¿Podría usted callarse?”; de ahí que también sea un acierto gramatical, amén de político, haberse dirigido en términos de igualdad –de tú, como decimos coloquialmente- al parlanchín: “¿Podrías callarte?”, al menos deja en claro a quién se hace la pregunta).

 

Otro acierto de esa oración interrogativa es el uso del verbo callar como intransitivo. El monarca no preguntó a la audiencia en general si acaso Chávez podría ser callado (participio pasivo), sino que interrogó al locuaz acerca de la causa de su incapacidad para guardar silencio cuando no le correspondía hablar. Esto es muy importante: El rey apeló, respetuoso de la libertad de cada cual, a la capacidad de su interlocutor para dominarse a sí mismo, para ser señor de su ánimo.

 

Chávez ha confesado, sin rubor, que no escuchó la pregunta del rey. Esa es la mejor respuesta a la interrogante real: Chávez no se calla –nótese otra vez el verbo intransitivo: el efecto de la acción debe recaer sobre el mismo actor que voluntariamente la ejerce- porque no puede: a la verborrea insustancial se suma, como suele suceder, la sordera. Ambos síndromes provienen de la misma enfermedad: Narcisismo incontrolable. El adicto al habla desenfrenada ha perdido no sólo la capacidad de escuchar, sino el dominio de sí cada vez que cae, con frecuencia creciente, en las garras de su adicción.

 

“¿Podrá (él) callarse?” (Futuro de indicativo). Ya lo sabemos: No podrá porque ha perdido el dominio de sí. ¿Y así, quien no es capaz de gobernarse pretende gobernar a los demás?

• Venezuela


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