LUNES, 17 DE DICIEMBRE DE 2007
El asteroide 325 y el IFE

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“Ni siquiera les pedimos que lean “El Príncipe” de Maquiavelo, nos basta con que lean, o les lean, “El Principito” de Saint-Exupery.”


El primero de los asteroides que visitó el pequeño príncipe fue el asteroide 325. Lo contó Antoine de Saint-Exupery en el décimo capitulo. Ahí habitaba un rey.

 

Cito, de la traducción de Gaston Ringuelet:

 

Porque el rey cuidaba especialmente que su autoridad fuera respetada. No toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero, como era muy bueno, impartía órdenes razonables.

 

No sólo era un monarca absoluto sino universal, que daba órdenes a todo el cosmos.

 

- Y las estrellas –le pregunta el pequeño príncipe- ¿le obedecen?

Por supuesto –le dijo el rey. –Obedecen enseguida. No tolero la indisciplina.

Semejante poder maravilló al principito (…) Y como se sentía un poco triste por el recuerdo de su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:

- Quisiera ver una puesta de sol... Tenga la bondad... Ordénele al sol ocultarse...

- Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y si el general no ejecutara la orden recibida, ¿quién estaría en falta?, ¿él o yo?

- Sería usted -dijo con firmeza el principito.

- Exacto. Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar -prosiguió el rey. -La autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.

- ¿Y mi puesta de sol? -recordó el principito, que nunca olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.

- Tu puesta de sol, la tendrás. Yo la exigiré. Pero esperaré, con mi ciencia de gobernante, que las condiciones sean favorables.

- ¿Cuándo será eso? -se informó el principito.

- ¡Hem! ¡hem! –le respondió el rey, que consultó primero un gran calendario, -¡hem! ¡hem! será a eso de... a eso de... será esta tarde a eso de las siete horas cuarenta. ¡Y ya verás cómo soy obedecido!

 

Hasta el menos avispado entiende que un “soberano” que viola a la primera oportunidad sus propios mandatos no puede pedir para sí respeto alguno. Ni siquiera el respeto que le damos al rey iluso del asteroide 325.

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