LUNES, 7 DE ENERO DE 2008
Cómo afecta el TLCAN al negocio de la pobreza

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“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“Para entender el orquestado “rechazo” a la liberalización comercial de maíz, frijol, azúcar y leche en polvo en el marco del TLCAN, hay que considerar que el libre comercio disminuye, invariablemente, el número de pobres y, por lo tanto, afecta gravemente el negocio de quienes han explotado políticamente por décadas la pobreza de los campesinos, en lugar de haber explotado, productivamente, la riqueza potencial del campo mexicano.”


La pobreza es uno de los filones más lucrativos del oficio político. El negocio radica en exaltar y exacerbar las condiciones de pobreza, al tiempo que se predican con vehemencia la justicia social y la igualdad. El resultado es casi automático: A mayor número de pobres, mayores presupuestos para gasto social, mayores subsidios para “aliviar” las condiciones de pobreza (subsidios manejados por los políticos) y mayor número de votos en la bolsa de los políticos que se han especializado en la explotación de la pobreza.

 

Uno de los pasajes más célebres de la prolífica obra de Karl Marx es aquél en el que se refiere vehementemente a la religión como “opio del pueblo”. Mucha gente repite la frasecita final del argumento marxista sin conocer siquiera el pasaje completo que dice más o menos así: La religión es la sublimación de la miseria, es el suspiro de la criatura abrumada, es la esperanza de quien ha perdido toda esperanza; es decir: la religión es la “súper estructura” que refleja las condiciones de opresión y alienación que subyacen en la “estructura”, esto es: en las relaciones de producción. En otras palabras, según Marx creemos en otra vida porque ésa es la única salida que encontramos para consolarnos por nuestra condición alienada y porque la religión nos permite confiar en que las injusticias que padecemos en esta tierra serán resarcidas y corregidas en la otra vida. Marx añade que en la medida que tiene éxito la religión como “opio” o consuelo, en esa misma medida se refuerzan las condiciones de explotación, es decir: Se refuerza el despojo de la plusvalía a los trabajadores por parte de quienes poseen los medios de producción.

 

El filósofo italiano Augusto del Noce –quien acuñó el término “eurocomunismo” en los años 70 del siglo pasado- decía que ese célebre pasaje de Marx se aplica puntualmente –con exactitud asombrosa- al papel que juega el marxismo como ideología y toda la parafernalia derivada del marxismo y del socialismo, en las sociedades más o menos libres en las cuales el socialismo más o menos marxista no ha llegado al poder, sino que juega el papel de eterna oposición: Ahí donde Marx puso “religión” pongamos el vocablo “marxismo” o “populismo” o “prédica igualitarista” y obtenemos un retrato fiel del izquierdismo y de su rentabilidad como bandera política. Fijémonos, por ejemplo, que en las sociedades comunistas, como Cuba o China o Corea del Norte, los dirigentes políticos terminan por borrar de su lenguaje la prédica contra la desigualdad: No es porque esas sociedades hayan llegado, milagrosamente, a ser perfectamente igualitarias, sino porque una vez que logra el poder absoluto el izquierdismo deja de ser rentable y se vuelve subversivo. Pero sobre todo fijémonos en que la misma prédica igualitarista del izquierdismo común tiende a reforzar las condiciones de pobreza e incluso a exacerbarlas, del mismo modo que un astuto vendedor de droga promueve las adicciones como el mejor medio para mantener y expandir su negocio.

 

Ahora pensemos si a organizaciones políticas como la CNC, como “El campo no aguanta más”, como “Red de acción contra el libre comercio” o como el PRD o buena parte del PRI tradicional les conviene que disminuya el número de pobres. La conclusión salta a la vista: No. Pensemos si a quienes han sido gobernadores de entidades pobres entre las más pobres, como Oaxaca, como lo fue el señor José Murat, les convenía que disminuyera la pobreza, cuando eran precisamente los llamados “índices de marginación” los que garantizaban más recursos federales (manejados discrecionalmente sin rendición de cuentas por el gobierno local). Es claro que abatir la pobreza se traduciría en menos recursos disponibles para el político.

 

Pensemos si a un pequeño agricultor exitoso y más o menos próspero –que, por ejemplo, exporta sus cosechas de pepinos o de cebolla a Estados Unidos y Canadá- le sirve de algo la CNC. O a la inversa: Si a la CNC le servirá de algo que un pobre campesino atado a monocultivos improductivos (por ejemplo, sembrar maíz en la ladera de un monte, en una superficie tan pequeña que no hay manera de ser competitivo internacionalmente) deje de serlo y se convierta en un próspero agricultor: ¡No le conviene porque en la medida que el pobre deje de ser pobre, deja de ser cliente –carne de mitin, de subsidio y de elecciones- de la CNC o del PRD o de “El Barzón”!

 

A lo largo de la historia y en los más diferentes países ha quedado demostrado con hechos que el libre comercio disminuye la pobreza, porque permite a los consumidores (y todos somos consumidores, también los pobres) tener acceso a mejores precios y mejores calidades, al poder elegir entre una mayor variedad de ofertas. ¡Por eso el libre comercio es tan amenazante y peligroso para el izquierdismo retórico!, ¡porque les achica el negocio y puede llegar a suprimírselos!

 

En los últimos 14 años, los que van del primero de enero de 1994 al primero de enero de 2008, nadie ha podido demostrar en México que la mayor libertad comercial lograda por el TLCAN haya empobrecido a los pobres en México; por el contrario, la apertura comercial ha permitido que millones de pobres ahora tengan refrigeradores, hornos de microondas, lavadoras y hasta computadoras en sus casas o automóviles para pasear o para ir a sus trabajos. Es decir: En los últimos 14 años el TLCAN ha mermado la base cautiva, el mercado a explotar, del izquierdismo retórico. En los últimos 14 años se han cumplido los peores temores de quienes exitosamente habían explotado, políticamente, por décadas, la pobreza y a los pobres.

 

Esta es la lógica, sin adornos ni embustes, detrás de la oposición de importantes grupos políticos, de connotados izquierdistas de la academia y del periodismo y de otros líderes plañideros, a la liberalización comercial. Se les acaba el negocio. Por eso, no faltan falsos académicos –en realidad, voceros de los explotadores de la pobreza- que lamentan que el TLCAN esté acabando con “estilos de vida” arraigados en México. ¡Claro que sí está acabando con dichos “estilos de vida”!, empezando por el “estilo de vida” de padecer la miseria, generación tras generación, esperando que los políticos nos avienten algunas migajitas de subsidios, “apoyos”, limosnas… a cambio de sumisión y votos. Sí, el rechazo al TLCAN es –como habría dicho el buen Marx- el suspiro de la criatura abrumada. Lo inteligente NO es promover más llantos ni suspiros, sino promover el libre comercio para que cada día haya menos “criaturas abrumadas”. De eso se trata la productividad: de hacernos la vida más llevadera no más abrumadora. Y no hay mejor acicate para la productividad que la competencia libre en los mercados.

 

Con una auténtica liberalización comercial –algo que estamos aun muy lejos de tener en México- quedarían atrás “estilos de vida” tan “entrañables” como la mendicidad infantil, las colas para adquirir leche Liconsa subsidiada, los acarreados a cambio de una torta y un refresco, de la promesa de una casita o de un puesto en el comercio ambulante, los políticos escenificando año con año en la Cámara de Diputados su indecorosa rebatiña por mayores recursos para “combatir la pobreza”… Si usted desea que en México subsistan, por lo siglos de los siglos, esas “entrañables tradiciones” y “estilos de vida” ¿qué espera para protestar contra el TLCAN?

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