MARTES, 15 DE ENERO DE 2008
Año chino, año de prosperidad, año de plata

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“El 2008 comienza popularmente con malos augurios, no sólo porque seguirán George Bush y Hugo Chávez, sino por fundados temores sobre la economía global, que se mira enferma y expele estertores que contagiarán nuestros macronúmeros. ¿Pero es esa una mala noticia?”


El día 8 del mes 8 del año 8, las 8 con 8 marcarán, conforme a la kabalah china (si tal cosa existe), el culmen asiático de un ceremonial olímpico que fue griego.

 

Una olimpiada es hoy la mayor manifestación mundial del ego, mucho más ventajosa para la humanidad que el ego del emperador de Prusia, el ego del canciller Hitler, el ego del presidente Bush o el ego del camarada Mao. Es el ego mediático del orgulloso ego nacional en las fiestas inaugurales por la grandeza de la pirotecnia (inventada, como la pólvora, en China); la pujanza tecnológica en la macroeconomía más exitosa del planeta, el ego amarillo de la fuerza veintiunera de un siglo oriental, la grandeza deportiva del campeón seguro en el áureo medallero; y de pasada, el deporte como negocio global.

 

2008 es año chino de la rata (nada que ver con cualquier exgobernador del Estado de México). Los nacidos en un año de la rata son precursores, aventureros, líderes. Interesante, en un país que crece como ningún otro y que está diciéndonos a quién le pertenece el futuro. El reino blanco se acabó con el siglo XX. El mundo se tiñe de amarillo.

 

Con la rata comienza un nuevo ciclo del zodiaco; con un animal identificaban cada año los antiguos chinos y lo siguen haciendo los nuevos. Comienzan este ciclo montados sobre más de un millardo de dólares de reservas acumuladas por ser la planta industrial del mundo, desde una ideología que oficialmente sigue siendo marxista.

 

Engaña a todos —como siempre— el paternal Mao con su traje gris estilo Mao a la entrada a la Ciudad Perdida de Pekín, al norte de la Plaza de Tiananmén. En una fotografía excelente, inmensa, el patriarca contempla con una demi-sourire estilo Gioconda a su pueblo. Estará retorciéndose en su tumba por esta nueva revolución cultural; pero no de coraje sino de risa, como corresponde a un gigantesco cínico (el autor del Libro Rojo posteriormente reconoció que fue un vulgar engaño, una pifia, un divertimento para burlarse de sus fanáticos). Está enterrado en la misma plaza donde hace años su pueblo no pedía (¡craso error!) libertad sino democracia. Pero ese pueblo es más feliz hoy.

 

Y no por hacer una olimpiada en el mega8, sino porque viven mucho, pero mucho, mucho, mucho, muchísimo mejor que en aquellos ya idos tiempos del dictador y de cuando lo sucedió la célebre Banda de los Cuatro, con su esposa, Chiang Ching, tan ultraortodoxa y conservadora que haría palidecer a Bin Laden.

 

Ese pueblo empieza un año cumbre no sólo por su curioso horóscopo dodecasimbólico sino porque manifiesta esperanza en un nuevo principio. Desproporcionadamente, las mujeres chinas procuraron embarazarse en el 2007 —año del cerdo, último del ciclo zodiacal anterior y preludio del que marca los mejores pronósticos— para que su progenie naciera en este año de la rata. Las estadísticas chinas marcarán en 2008 un baby boom.

 

El 2007 es del cerdo dorado (además de un animal, los astrólogos chinos usan 5 elementos: oro, agua, madera, fuego y tierra). Hay cerdo dorado cada 60 años. Ese cierre dorado del zodiaco marca una gran prosperidad. Quien atienda los guarismos económicos chinos o los sienta en su mercado sabrá que si alguien ha sido próspero y dorado son ellos, cuyo año nuevo, de la rata, comenzará hasta el 7 de febrero de nuestro gregoriano calendario.

 

No sólo el chino es un pueblo antiguo. Este año es el 5768 para los judíos; y año de gracia, datos que me da el notable cabalista judío Salomón Shamosh. Un buen año, si entiendo como gracia uno de los mayores dones posibles. Ese 5768 comenzó al atardecer del 12 de septiembre de nuestro 2007.

 

Para los gentiles también tiene lo suyo el 2008. El ocho comprende dos ceros entrelazados; o un lazo —recordemos la famosa cinta de Moebio, signo universal del infinito—. Según otras versiones, el 8 es símbolo de justicia en el tarot, de equilibrio ante fuerzas contrarias (por ejemplo, las dos serpientes cara a cara formando un 8 simbolizan a la medicina); y otras interpretaciones hablan de prosperidad y renovación. En fin, ese lazo formando un 8 con dos círculos marca un nuevo ciclo que no depende de la luna y el sol (como para los hebreos y los chinos) sino sólo de los giros que da la Nave Espacial Tierra alrededor de la más cercana estrella de hidrógeno y helio, que nos da luz y calor.

 

La única palabra que pensé mientras sonaban 12 gongs el 1 de enero fue “prosperidad”. ¿Será? El 2008 comienza popularmente con malos augurios, no sólo porque seguirán George Bush y Hugo Chávez, sino por fundados temores sobre la economía global, que se mira enferma y expele estertores que contagiarán nuestros macronúmeros. La Aldea Global que preconizaba McLuhan hace 40 años sufrirá las consecuencias del derrumbe de la moneda fiat llamada “dólar”; y temen los economistas una anunciadísima recesión económica en el país autor de la mayor impostura económica de la historia: la de que su verde moneda tiene valor por sí misma.

 

¿Pero es esa una mala noticia? ¿No será, más bien, que estamos ante el fin de un ciclo y el principio de otro, lo cual duele pero no tiene que ser malo? ¿No será convenientísimo para la salud de nuestro cuerpo planetario, comenzar un ciclo de purga y de reencuentro con lo que sale de la esfera de la macroeconomía global, y del poder del dólar? ¿No será buena ocasión para encontrar valor —lo que de verdad vale— sin la congestión intestinal-inflatoria que nos urge expulsar del cuerpo común que compartimos con el planeta, que por cierto, necesita con urgencia un respiro? ¿No es tiempo de regeneración? ¿Y no tendrá nuestro México oportunidad de instaurar como medida de valor y de riqueza algo hecho con un metal noble como la plata, expresada en onzas troy bien llamadas “Libertad”? Acaso en México este año no sea tan malo como demasiados profetizan.

 

Más importantes que un cambio de año son los cambios profundos; se avecina una nueva era. Al mundo le urge balancear su cargazón yang, por un mayor yin. Nos servirá mayor influencia femenina (no hablo de la probable presidenta Hillary, biológicamente mujer pero que no encarna lo yin). Hablo de valores más ricos y complejos, más espirituales y sosegados, menos materiales y susceptibles a las pulsiones del ego, más auténticamente individuales y personales, no colectivistas ni corporativistas como en el fascista-nacional-socialista siglo XX. Hablo de la mitad intuitiva, espiritual, espacial y artística del cerebro humano, contra la mitad derecha 2+2=4 que acepta sólo lo material, sucesivo, numérico, cartesiano, racional; información y no sentido común.

 

Será buen año si esas tendencias ganan fuerza. El cambio de era, según Shamosh y otros observadores, preludia el ingreso acuariano a un nuevo ciclo de 12,000 años, con un planeta cuyos polos se deshielan. Interesante será si eso realmente resulta una época más luminosa…

 

Mientras lo averiguamos, rememoro también otra cima de la humanidad, 1968, año de quiebre y de protesta, de sueños y de música que tuve el privilegio de vivir con plena consciencia en México, en Roma y en la swinging London. Estaba fresco en el acetato el genial disco blanco de los Beatles. Carnaby Street aún era auténtica, y el promedio femenino de la belleza era apabullante para este veintiañero proveniente del nopal.

 

A 40 años de aquél bisiesto, el 2008 habrá de ser también importante para la cultura, para la identidad nacional y para la verdadera economía. Para México no creo que sea tan malo como para nuestros vecinos, gran reto para acabar con la destructiva noción de que si ellos estornudan contraemos pulmonía.

 

Será tiempo de definición; de consolidación de Calderón; de ver si como roncan duermen nuestros diputados con su tremebunda “voluntad y capacidad para generar acuerdos”; si hacen algo que aumente el valor de nuestro país, no de la “soberanía” suya y de sus sindicatos. A pesar de ellos, podría crecer el México que no depende del gobierno: la economía real, la gente real, la sociedad real, contra la moneda ficticia del declinante dólar; la economía ficticia que se basa en el provecho disparejo del gobierno y de sus consentidos monopolios empresariales y sindicales; la noción perversa de que las conquistas de otros resultan irrenunciables para quienes las pagamos. Y la presencia de delincuentes: organizados y desorganizados, uniformados o no.

 

Al menos, eso espero para este año y para los que sigan; que sepamos aprovechar el tiempo los que aquí vivimos. Este período nuevo, que rebasa con mucho a una vuelta planetaria al sol, es de profunda andadura, y es inexorable. Este año de gracia, de prosperidad, de plata y de nuevas obras es un paso nuevo en una inflexión que lleva mucho tiempo gestándose. Un paso nuevo hacia el México que vendrá.


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