MIÉRCOLES, 16 DE ENERO DE 2008
Xenofobia anti-económica

A un año del comienzo del gobierno de López Obrador, usted cree que hemos mejorado en...
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El punto sobre la i
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“La pregunta no es si las tasas actuales de inmigración son demasiado altas, sino si éstas son lo suficientemente altas para lograr los cometidos de vivir mejor, y poder prosperar.”


La posibilidad real (más real, menos posibilidad, parecería) de una recesión en la economía estadounidense, combinando con los duros ajustes observados en los mercados de crédito, ha exacerbado sentimiento anti-inmigración en la cultura cotidiana del norte de la frontera. Además, es un año de elecciones presidenciales, donde culpar al otro por los males internos se convierte en deporte nacional.

 

Es una lástima que un tema de capital importancia, digno de un diálogo civilizado, de una conversación informada, sea objeto de tanta víscera, de tanta falacia. El caso se da en otros países también. Esto, como apunta la revista The Economist, es de preocupación especial, sobre todo cuando hay quienes creen que la migración beneficia tanto al país que dona capital humano, como al país que lo importa. Por lo general, la migración se trata de gente motivada, dinámica, con sentido de urgencia y sentido de aspiración.

 

Los migrantes mexicanos, tanto legales como ilegales, tienden a repatriar remesas, pero también otros activos, como conocimientos, nuevos usos, nuevas costumbres, ideas, hasta transferencias de tecnología. Las remesas en sí representa un gran beneficio, no tan sólo por su valor financiero, sino porque representan el mejor ejemplo del asistencialismo inteligente, completamente individualizado, completamente dirigido.

 

En los debates presidenciales, tanto en las primarias, como los grandes que vienen, se hablará mucho de cómo neutralizar la inmigración. Sin duda, ninguno de los candidatos que se opone a la migración notará, como bien nos ha hecho recordar The Economist en su colaboración al respecto, que una tercera parte de los Premios Nobel en Física, por contar uno de varios casos, son de origen internacional; o que más de una tercera parte de los que tienen títulos y doctorados en ciencias, o en ingeniería, son inmigrantes; o que un número similar de las empresas creadas en Silicon Valley representan el esfuerzo de empresarios de otra nacionalidad

 

Lamentablemente, el hecho es que los políticos prefieren explotar temores internos de xenofobia que explicar los beneficios de la inmigración—y la necesidad de un cambio inteligente, gradual y ordenado, en el marco migratorio. Pero con o sin muro, con o sin las paranoias xenofóbicas, la economía estadounidense seguirá dependiendo de inmigración, tanto por presiones fiscales a futuro, como por demanda laboral que persiste. Mejor idear mecanismos temporales, o de amnistía, que explotar una visera anti-económica, y cerrarle unas puertas que acabarán cayéndose por la inercia de las fuerzas económicas existentes.

 

El hecho es que una mayor integración migratoria conlleva beneficios superiores a el beneficio combinado de todo el asistencialismo financiero, o condonación de la deuda, o incluso reformas comerciales, que se pueda lograr. Bono, Sachs, y otros integrantes del coro pro-tercermundista, podrían ser mucho más efectivos en sus causas si incorporan este aspecto de integración migratoria en sus mensajes. En las palabras de Phillippe Legrain, antes editor económico de The Economist, “tratar de detener la migración de personas es moralmente inaceptable y una franca estupidez económica.” O sea: la inmigración es un mecanismo que reduce, significativamente, la miseria de los más pobres.

 

Por ello, tal como concluye The Economist, la pregunta sobre si las tasas actuales de inmigración son demasiado altas está totalmente fuera de lugar. Quizás nos deberíamos de imaginar, en vez, si éstas son lo suficientemente altas para lograr los cometidos de vivir mejor, y poder prosperar.

• Migración

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