MIÉRCOLES, 16 DE ENERO DE 2008
2008: ¿Parteaguas para México?

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“Según el TLCAN, todo el comercio entre estos países quedó exento de impuestos, aranceles, regulaciones, cuotas, cupos y permisos de importación a partir del primer día del año 2008. ¿Acaso no es un hecho histórico de gran envergadura para México?”


Según el Tratado de Libre Comercio firmado por México, Estados Unidos y Canadá (TLCAN) en 1993 y puesto en operación el primero de enero de 1994, todo el comercio entre estos países quedó exento de impuestos, aranceles, regulaciones, cuotas, cupos y permisos de importación a partir del primer día del año 2008.

 

Teóricamente cualquier mexicano puede ir a Estados Unidos o Canadá y comprar un trailer de computadoras, maíz, o leche y pasarlos por la frontera sin que nadie le moleste, no necesita pedir permiso alguno ni debe pagar aranceles. Lo mismo un norteamericano puede comprar tierras en Oaxaca, sembrar lechugas y llevarlas a Toronto. La circulación de mercancías queda totalmente libre entre los tres países. ¿Acaso no es un hecho histórico de gran envergadura para México?

 

Para mi gusto, habría dejado las fronteras mexicanas completamente libres desde 1994 (o antes), de manera unilateral y con los mismos derechos para todos los países del mundo. Pero por falta de visión se siguió un camino largo y tortuoso. El proceso de desregulación y desgravación duró casi cinco lustros. Los aranceles fueron bajando paulatinamente hasta quedar en ceros. Por presiones de algunos líderes se impusieron cupos, es decir, sólo se podía importar determinadas cantidades de maíz, frijol o leche “para no dañar a los productores”. Pero ya en el 2008 se esfumarían todas esas restricciones.

 

El TLCAN también incluye el libre flujo de capitales. Cualquier mexicano podría ir a Washington o Québec a poner un restaurante de comida mexicana, o una fábrica de bombones en California; pero igual los canadienses podrían fundar una línea de taxis en la Merced sin que el gobierno les obstaculice.

 

Solo se dejó pendiente la libre circulación de la fuerza de trabajo corriente. Pero los profesionistas tendrían mayores facilidades para trabajar en cualquiera de los tres países. ¿Acaso no parece un sueño largamente acariciado?

 

Si realmente se cumple lo planeado, México podría ahorrar mucho dinero que usa para mantener el control de las fronteras, las aduanas ya no tendría por qué mantener a tanta burocracia. De hecho, se hace innecesario tener empleados de gobierno. ¿Para qué se necesitarían si ya no van a expedir permisos de importación, ni cobrar aranceles por cada camión de carga? Si los Estados Unidos no quieren que nuestros trabajadores vayan a su país, ellos deberían ser los que gastaran para estorbarles el paso. Pero es posible que pronto se den cuenta que están en un error al restringir el paso de nuestra mano de obra. En realidad, la libre circulación de la fuerza de trabajo beneficia a los tres países.

 

Bueno, es deseable que todo esto se cumpla como se planeó y esperemos que no salgan unos idiotas encapuchados para oponerse al comercio libre.

 

Es posible que México reciba un gran flujo de inversión norteamericana y canadiense y con ello se generen muchos puestos de trabajo y bienes que elevarán el bienestar del pueblo mexicano. Aunque esto implica la necesidad de reformar nuestras leyes para no espantar a los inversionistas.

 

Otro renglón importante se refiere a la homogenización monetaria. Habiendo libre flujo de mercancías, trabajo y capital se hace absurdo estar manejando tres monedas: dólar canadiense, peso mexicano y dólar norteamericano. Es necesario tener una sola moneda para facilitar el comercio entre los tres países. Huelga decir que la moneda más viable es el dólar norteamericano.

 

En fin, México vuelve a tener una gran oportunidad. Espero la sepamos aprovechar.

• Globalización / Comercio internacional

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