MIÉRCOLES, 20 DE FEBRERO DE 2008
Cada vez que Bono aplaude...

¿A usted le parece buena idea desperdigar el gobierno?
No
No sé



“El libertarismo, entonces, no es una filosofía de vida. No tiene la pretensión de indicar cómo la humanidad puede vivir mejor. No traza fronteras entre lo oportuno y lo inoportuno.”
Walter Block

Ricardo Medina







“El asunto no es resolver la pobreza, el hambre o la enfermedad. El asunto es mostrarnos conmovidos, consternados por el sufrimiento y descargar nuestra santa indignación contra algún culpable etiquetado como tal y más o menos abstracto.”


No puedo garantizar la veracidad de la anécdota pero cuentan que en un concierto del cantante Bono (U2), en México, se produjo un instante conmovedor, cuando el conocido filántropo –siempre preocupado por la terriblemente injusta distribución del bienestar en el mundo- pidió silencio a todo el público. Y el silencio se hizo en el auditorio. Entonces, Bono dio un aplauso. Silencio. Dio otro aplauso. Silencio. Y un tercer aplauso solitario de Bono. Silencio. Por fin, el cantante explicó con voz grave:

           

Every time I clap my hands, a child in Africa dies(“Cada vez que aplaudo, un niño muere en África).

 

De inmediato, del fondo del auditorio alguien, anónimo, le dio una respuesta práctica al emotivo comentario de Bono: “Pues entonces deja de aplaudir, cabrón”.

 

Cierta o no, la anécdota ejemplifica con claridad la bobalicona beatitud que, entiendo, debe caracterizar a ese sentimiento que se conoce como “ser de izquierda”.

 

Todo mundo –o casi– se autodefine “de izquierda” porque todo mundo dice ser bondadoso, defensor de las causas justas, enemigo de la desigualdad, más o menos culto y conocedor de las bellas artes, adversario de la explotación del prójimo… En una palabra: Simpático. Ser de izquierda, parece, es sinónimo de tener una gran capacidad de padecer y gozar con los buenos de este mundo. Y así como en la frase de Sartre el infierno siempre son los otros, en el corazoncito de las mujeres y los hombres de izquierda, la detestable, abominable y execrable derecha siempre son los otros: Unos personajes desalmados, villanos de caricatura, extraídos de las edades más oscuras de la humanidad, que son autoritarios, intransigentes, intolerantes, avaros, ambiciosos. Y que siempre saludan con el brazo extendido al estilo de los nazis, de los fascistas de Benito Mussolini o de los falangistas de Primo de Rivera. En una palabra: Antipáticos.

 

La beatitud bobalicona del sentimiento “izquierdoso” cumple la función del bálsamo que nos dispensa de fastidiosas comprobaciones y razonamientos. Puede ser que cada vez que Bono aplauda muera un niño en África, ¡pero es tan emocionante sentirse en el equipo de los buenos!


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