JUEVES, 6 DE MARZO DE 2008
Magnates petroleros en el Metro

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“Es difícil de creer que la mayoría de los más de 100 millones de “dueños” de la empresa más grandota de México sean pobres. ¿De veras esos serán los “dueños”?”


Cuenta una leyenda familiar que somos “dueños” de una isla en el océano Pacífico que se llama o se llamaba Cándido Verdugo. Incluso hay quien dice tener o haber visto las escrituras a nombre de no sé qué bisabuelo o tío bisabuelo. Podría ser, pero para todo efecto práctico en mi familia no somos dueños de isla alguna. Sería un empeño ilusorio reclamar la propiedad de ese islote.

 

Me acordé de la leyenda de la isla Cándido Verdugo hace unos días, una tarde calurosa, cuando compartía un atestado vagón del Metro de la ciudad de México con decenas de “dueños” de la única empresa petrolera de México, que también es la más grandota de las empresas mexicanas. De veras, nadie en ese vagón parecía ser, ni remotamente, algo así como accionista –ni minoritario, ni mayoritario- de una empresa petrolera. Nadie en ese vagón recibe por correo los estados de resultados de “su” empresa, vaya, ni siquiera creo que a nadie en ese vagón “su” empresa, Pemex, le envíe un calendario cada fin de año o algún recuerdito.

 

Jurídicamente Pemex es una empresa propiedad del Estado mexicano que explota un recurso que, también formalmente, pertenece a la Nación. Que de esas dos abstracciones –Estado y Nación- alguien deduzca que cada uno de los nacidos en México somos dueños de una empresa concreta –con edificios, presupuestos, miles de empleados y trabajadores, vehículos, torres, pozos, tubos, plataformas marinas y demás- me parece un pasmoso ejemplo de literatura fantástica. O de superstición. O de voluntarismo lúdico: “Que yo era dueño de Pemex”, como los niños que juegan a “que yo era el Hombre Araña y tú eras un científico perverso que quería dominar el mundo”…

 

Por lo que se ve y se oye lo que se ha llamado “reforma energética” es en realidad la discusión de qué debe hacerse para “salvar a Pemex” de sufrir en unos años su bancarrota definitiva. Quizá por eso (para seguir con las fantasías) la mayoría de quienes viajaban esa tarde calurosa en un vagón del Metro lucían apesadumbrados, sí claro: como magnates petroleros en apuros ¿Alguien se lo cree? Yo no.

• Reforma energética

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