MIÉRCOLES, 19 DE MARZO DE 2008
La verdadera prueba de Calderón

¿Usted cree que la economía mexicana entrará en recesión en los próximos meses?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Fernando Amerlinck







“Si el presidente no toma aquí pronto una decisión rotunda, valiente y patriótica, dobla la cerviz ante una gangsteril organización, y delega al futuro lo que será su propio Fobaproa de incalculable dimensión y cada día peor, podrá haber cancelado una gran oportunidad. Y demostrará, lastimosamente, que se va pareciendo demasiado a Vicente Fox.”


Pronto, el presidente de la República tendrá que probar a los mexicanos —a quienes votamos por él, y a los que no— de qué está hecho.

 

Exhibe ya demasiadas muestras de parecido con Fox; frecuentes, ominosas, preocupantes. Felipe Calderón aún no establece su verdadera dimensión. Como su antecesor, puede evidenciar ser muy pequeño. O acaso muestre y demuestre ser el estadista que podría ser, y que urge a los mexicanos. Ya nos hace falta un gobierno de verdad, con un presidente a la altura del reto.

 

Hasta hoy es el hombre que consigue lo posible, no en el visionario animado por grandes ideas y proyectos. Es el funcionario capaz de lograr pequeños acuerdos, bajo la noción conveniente de que un acuerdo chico es mejor que ninguno. Están por verse visos de grandeza en quien gobierna al país en un momento crítico.

 

La mayor prueba no será, a mi ver, lograr ciertas reformas legislativas, así sean importantes. Basta un buen cabildeo con Beltrones y Gamboa, y disposición para pagar a un PRI que cobrará caro cualquier favor. O dejarse torcer el brazo por los todoonadas del PRD, como ocurrió con la “reforma” electoral. La legislación pendiente es importantísima, pero no es muestra de grandeza ni de generosidad histórica la habilidad política para sobrepasar los límites aritméticos de una bancada. Se requiere ser hábil, pero no es indispensable tener tamaños de estadista para lograr eso.

 

Un presidente estadista hace historia constructiva. Un estadista cambia el discurso, modifica el ánimo de sus gobernados, escarba profundo en el alma de su gente, la pone en movimiento, le muestra el futuro y la prepara para arrostrarlo. El último presidente que logró algo así fue Salinas de Gortari (independientemente de que al final haya echado a perder una parte grande de lo que había aportado al país). Fox tuvo en sus manos todo, salvo lo que importaba: estatura moral, estatura intelectual, y valor civil. Nadie cruza la puerta grande de la historia sólo con botas de charol.

 

Felipe Calderón podría hacerlo ahora. Más vale que no pase de este semestre.

 

Le presenta la mejor oportunidad uno de los paradigmas de la más gigantesca aristocracia de privilegios que este país ha conocido: los grandes sindicatos monopólicos de los gigantescos monopolios gubernamentales.

 

“¡Aquí – se ve – la fuerza del esmé!” corean el sonsonete cada que bloquean las calles los del Sindicato Mexicano de Electricistas. Amenazan a gritos y marchas con quitar la luz a quien quiera meterse con sus canonjías inmensas y si les niegan nuevos privilegios. Por ejemplo, servicios de equinoterapia y delfinoterapia. ¿Qué será esa nueva conquista laboral irrenunciable de la “clase trabajadora”?

 

Mucho se ha hablado del golpe legitimador del estadista Salinas contra el capo di tutti capi de un sindicato gubernamental hediondo (vaya pleonasmo). El nuevo quinazo podría enderezarse contra el monstruo deficitario devorador de nuestro dinero que se llama “Luz y Fuerza (sic) del Centro”.

 

“Que Calderón le clave una estaca en su negro corazón y asunto acabado. Si es que se atreve” aconseja Felipe Díaz Garza en Reforma del 8 de marzo (periódico amenazado de quitarle la luz si continúa diciendo la verdad sobre ese sindicato).

 

La forma más limpia para sacudirse de ese voraz e insaciable glotón adicto al ombligo público es liquidarlo y traer al centro de la ciudad a la CFE. Costaría más o menos 60,000 millones de pesos. No es mucho. No llega a dos años del subsidio de 34,000 millones que necesitará este año.

 

No concibo mejor negocio a mediano plazo, que liquidar a un leviatán que engulle nuestro dinero a cambio de apagones en las casas y bravatas en las calles. Nada hay más inmoral que sostener a esta aristocracia chafa, a privilegiados abusivos de esta laya, a esa manifestación elocuente de cierta delincuencia organizada bajo el cobijo purificante de “la clase trabajadora”. Acaso el único que critique esta decisión —a aplaudir elocuentemente por todos y cada uno de quienes sufrimos su “servicio”— sea el Peje, personaje amargado que ha nacido para negar y renegar. Que le aproveche.

 

Durante el tiempo —digamos, dos minutos— que mi unitario lector ha dedicado a este texto, el erario de todo el país (hasta el cliente de la CFE) ha perdido $129,000 que deberá cargar a nuestros bolsillos; unos 93 millones diarios. Y la cantidad será cada vez mayor, no sólo porque cada año ganan nuevas “conquistas” sino porque hay más jubilados (salvo los que se acumulen esta semana, son ya unos 23,000).

 

Si el presidente no toma aquí pronto una decisión rotunda, valiente y patriótica, dobla la cerviz ante una gangsteril organización, y delega al futuro lo que será su propio Fobaproa  de incalculable dimensión y cada día peor, podrá haber cancelado una gran oportunidad. Y demostrará, lastimosamente, que se va pareciendo demasiado a Vicente Fox.

• Reforma energética

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