LUNES, 31 DE MARZO DE 2008
El cuento de la reforma de Pemex

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“Si yo fuese accionista de Pemex –lo cual es imposible porque esa entidad no tiene accionistas– estaría vendiendo mis acciones a toda prisa, no porque crea que López Obrador logrará evitar una reforma, sino porque el gobierno de Calderón tampoco propondrá una reforma que detenga la caída de México en materia de producción petrolera, sino que planteará una reformita cosmética.”


Cualquiera que estudie desapasionadamente la situación real de Pemex y de los recursos energéticos que México tiene (pero no puede aprovechar por mitos y prejuicios), concluirá que es urgente una reforma de fondo en materia petrolera.

 

Aceptemos con realismo que es políticamente inviable proponer que el Estado mexicano renuncie a su monopolio energético. El mito nacionalista seguirá siendo una onerosa hipoteca para los mexicanos como consumidores de energéticos: Seguiremos teniendo una sola sopa, la que el gobierno nos de. Lo aceptamos a regañadientes porque entendemos que los políticos mexicanos –de toda el espectro político o ideológico– NO quieren renunciar a lo que ha sido una formidable “renta petrolera” (como le dicen sin recato a los ingresos gubernamentales que genera el petróleo) y que les permite de un plumazo (basta subirle unos dólares al precio estimado en el presupuesto) regalar cientos de millones de pesos a tal o cual grupo o clientela política. Ni modo, la política es así.

 

Pero incluso si aceptamos que la reforma que debe hacerse a Pemex tiene que ser para que siga siendo una entidad manejada por el gobierno y para que siga generando cuantiosos ingresos al gobierno, lo que no se entiende, de veras, es que nuestros políticos tengan entendederas tan limitadas y no se percaten de que ellos solitos están matando a la gallina de los huevos de oro o, como lo ha dicho Ricardo Medina, al becerro de chapopote que idolatran.

 

Por una parte, Andrés Manuel López Obrador está montado en la fantasía de que se van a regalar los recursos petroleros a los malvados extranjeros y nos convertiremos en “una colonia”. No está mal la fantasía para alguien que sigue viviendo –culturalmente– en el medioevo, pero eso es una vacilada sin pies ni cabeza.

 

Por la otra, los priístas, encabezados por el perdona-vidas de Manlio Fabio Beltrones ya erigieron tremendos vetos: No a los contratos de riesgo, no a las asociaciones estratégicas, no a la exploración y eventual explotación de yacimientos en aguas profundas del Golfo de México, no a la inversión privada en ninguna parte de la cadena productiva de los hidrocarburos, ni siquiera en petroquímica.

 

Y, completando el cuadro, los voceros oficiales u oficiosos –no se sabe– del gobierno de Calderón, así como el propio Presidente el pasado 18 de marzo, ya dijeron que tampoco tienen intenciones de hacer cambios en la Constitución o de abrir Pemex a la participación de socios privados o, mucho menos, socializar la empresa entre los mexicanos mediante la colocación de acciones (sin que el Estado pierda el control de la empresa, como sucede con la exitosa petrolera brasileña, Petrobras).

 

Hasta el mismo Lula da Silva –presidente de Brasil-, que es un socialista convencido, no ha podido reprimir, en recientes declaraciones, cierta burla cortés al decir que en México vemos a Pemex “como una diosa intocable” y que eso nos impide frenar el incontenible deterioro de “nuestra” (¿?) petrolera. Por cierto, Lula habría propuesto hace poco tiempo a Calderón crear una tercera empresa conjunta entre México y Brasil (en la que fuesen socios Petrobras y Pemex) pero que no tuviese las restricciones de Pemex para que podamos, por fin, empezar a detener ese deterioro. Lula no dijo qué le respondió Calderón a su propuesta, pero todo indica que –como se dice coloquialmente- le “dio el avión”, es decir lo más probable es que Calderón ni caso le haya hecho.

 

Hace unos días, Clotilde Hinojosa, en sus “dardos” en este espacio de periodismo electrónico (Asuntos Capitales), ironizó con razón diciendo que la famosa reforma, por lo visto y oído, va a terminar en una costosa operación para pintar la fachada de Pemex y… párale de contar. Me parece que Clotilde tiene razón.

 

Y sin embargo, la dichosa reformita le está costando mucho políticamente a Felipe Calderón. Si va a invertir tanto de su limitado capital político (NO hay capitales políticos ilimitados en ningún lugar del mundo), ¿por qué no hacer de una vez la verdadera reforma que México y Pemex necesitan?, ¿por qué no ser audaz en lugar de acomplejado?

 

Porque, repito, si uno estudia un poco la situación real de Pemex –y eso puede hacerse leyendo los sucesivos informes anuales de la entidad, así como los diez reportes que, año con año, se han difundido sobre las reservas de hidrocarburos y leyendo también el contrato colectivo con el sindicato, todo lo cual está disponible en la red, en la misma página oficial de Pemex- concluirá que la reforma a fondo es urgente, indispensable, inevitable…

 

¿No se están dando cuenta todos los políticos –empezando por Calderón, terminando con López Obrador y pasando por Beltrones- de que decenas de miles de mexicanos ya sabemos que nos están tomando el pelo y que tienen pavor a siquiera plantear una reforma de a de veras?

 

Ya se los cobraremos, no les quepa duda.

• Petróleo

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