LUNES, 28 DE ABRIL DE 2008
Sí se pudo, ¿qué?

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“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“Como espectáculo dejó bastante qué desear. Como estrategia política resultó un fracaso. ¿Qué fue, entonces, lo que “sí se pudo” lograr con el esforzado obstruccionismo de la troupe de López?”


La noticia del viernes –según los criterios convencionales– fue que los obstruccionistas del FAP retiraron sus gráciles humanidades de las tribunas de ambas cámaras legislativas, junto con la escenografía y demás parafernalia.

 

La troupe de Andrés López hizo mutis proclamando que “sí se pudo”. Como esos entrenadores de futbol que, ante la derrota apabullante, declaran sin rubor que el encuentro fue un éxito porque “los muchachos hicieron su mejor esfuerzo” o como esos generales que pierden batallas pero envían partes triunfalistas al Estado Mayor con frases grandilocuentes: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”. ¿De gloria o de ridículo, señor general?

 

La proclama del “sí se pudo” es, paradójicamente, acertada. ¿Qué es lo que sí se pudo tras la mala escenificación?

 

Uno, sí se pudo legislar pese a los obstruccionistas; hasta los diputados y senadores ajenos a la troupe mostraron, acicateados tal vez por el fastidio, una diligencia inusitada para legislar.

 

Dos, sí se pudo desdramatizar la alharaca, de forma que la anunciada epopeya nacionalista que se nos había vendido quedó, a lo sumo, en mala comedia.

 

Tres, sí se pudo mostrar, mediante una habilidosa estratagema de un reportero, el talante auténtico de López, a quien oímos hacer alarde del desprecio que siente por los “tremendos asuntos” que, antes, nos había jurado que le movían el alma y le quitaban el sueño. Por lo oído se deduce que las grandes causas retóricas –que si la soberanía nacional, que si la defensa del petróleo, que si las “fibras sensibles”, que si la exigencia de debatir hasta el cansancio– son, a los ojos de López, vaciladas; mero pretexto para seguir meneando la olla de los brujos. Porque, también merced a la ya célebre grabación de los alegatos del “rayito”, supimos que él, el de la voz, también se siente la encarnación de “el movimiento”. Yo soy, dijo, el movimiento. Yo muevo a los que me siguen, quienes sólo me sirven para que yo mueva el caldero. El gran meneador, pues.

 

La troupe de López acierta por mera causalidad al decir que “sí se pudo”. Sí, muchachos, sí se pudo. ¿Qué? Acallar vuestro estruendo; el de los impotentes.

• Democracia mexicana

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