LUNES, 5 DE MAYO DE 2008
Mercado y dignidad de la persona

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Arturo Damm







“Es preocupante que la creencia de que el mercado, por sí mismo, es incapaz de generar condiciones de vida digna para la gente, cuando la realidad es que solamente el mercado es capaz de generar dichas condiciones de vida, por más que la creencia general, desde la social democracia hasta el comunismo revolucionario, sea la contraria.”


Vivir Mejor parte de la premisa de que el mercado por sí mismo es incapaz de generar condiciones de vida digna para la gente, y por eso se requiere la acción rectora y rectificadora del Estado, una acción igualadora que permita corregir las terribles condiciones de marginación que padecen millones de mexicanos y que les cancela la oportunidad de un desarrollo genuinamente humano”. Así lo dijo Calderón al presentar, la semana pasada, la estrategia de política social de su gobierno, que lleva por nombre, precisamente, Vivir Mejor, siendo preocupante que así lo haya dicho por las acciones que, en materia de rectoría, rectificación e igualación gubernamental, tal creencia puede traer consigo. ¿Cuál creencia? Que el mercado, por sí mismo, es incapaz de generar condiciones de vida digna para la gente, cuando la realidad es que solamente el mercado es capaz de generar dichas condiciones de vida, por más que la creencia general, desde la social democracia hasta el comunismo revolucionario, sea la contraria. Lo explico.

 

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el mercado es la relación de intercambio entre un oferente y un demandante, intercambio que se realiza voluntariamente, y del cual ambas partes ganan, ya que el demandante valora más lo que recibe que lo que cede, y el oferente valora menos lo que cede que lo que recibe, de tal manera  que se trata de un juego de suma positiva, por el cual ambas partes incrementan su bienestar, y lo hacen a partir de su trabajo, es decir, de su capacidad para producir bienes y servicios que los demás valoran y por los cuales están dispuestos a pagar un precio.

 

Yo satisfago mis necesidades porque soy capaz de satisfacer las necesidades de alguien más; porque realizo un trabajo que los demás valoran; porque produzco bienes y servicios útiles para los demás; porque, satisfaciendo las necesidades de los demás, produciendo mercancías útiles para los demás, ofreciéndoselas, genero un ingreso con el cual adquiero los satisfactores necesarios para satisfacer mis necesidades,  siendo que todo ello es lo que va con la dignidad de la persona, misma que, a través del mercado, vive gracias al trabajo propio, sirviendo a los demás, servicio que se comprueba por el precio que los demás están dispuestos a pagar por lo que les ofrezco. Si lo que les ofrezco no les fuera de utilidad, ¿pagarían por ello?

 

Lo que va con la dignidad de la persona es vivir gracias al trabajo propio, no al trabajo de los demás, que es precisamente lo que sucede cuando algunos satisfacen sus necesidades por obra y gracia de lo que el gobierno les da, siendo que lo que les da previamente se lo quitó a alguien más, obligándolo a entregar parte del producto de su trabajo, redistribuyendo de éste hacia aquel, lo cual va en contra de la propiedad del primero y, ¡todavía más grave!, contra la dignidad del segundo, quien, para satisfacer parte de sus necesidades depende, no de su trabajo, sino del trabajo de otros: recibe sin dar nada a cambio, lo cual tiene sus serios inconvenientes desde el punto de vista ético, tanto para quien recibe, el menesteroso, como para quien da, el gobierno, sin olvidar que lo que el gobierno da previamente se lo quitó a alguien más, a quien, genéricamente, podemos llamar contribuyente.

 

Lo que va con la dignidad de la persona es que la misma satisfaga sus necesidades gracias a su trabajo, no al de los demás, para lo cual se requiere del mercado, es decir, del intercambio voluntario entre oferentes y demandantes, mercado al cual cada una de las partes llega con algo que ofrecer, no con algo que demandar, tal y como muchos llegan ante el gobernante, en actitud de pedigüeños, gobernante que siempre está dispuesto a atender los reclamos de los pordioseros, “y rectificar para igualar”, siendo que ambas actitudes son contrarias a la dignidad de la persona.

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