MARTES, 27 DE MAYO DE 2008
Una ciudad reciclada y viviente

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Fernando Amerlinck







“Si en algún sitio la historia vive en cada piedra, cada calle, cada signo y cada trattoria, es en la ciudad más única, más lejana de lo ordinario, más viva y más antigua de Occidente.”


ROMA.- Si en algún sitio la historia vive en cada piedra, cada calle, cada signo y cada trattoria, es en la ciudad más única, más lejana de lo ordinario, más viva y más antigua de Occidente.

 

Ninguna otra fue la cabeza del mundo y fuente civilizadora en medio planeta, para luego caer en una brutal decadencia y destrucción; vivir un Renacimiento, y ser una de las capitales religiosas del globo; la mayor capital artística, y luego la ciudad donde nació el más pujante bloque civil de Occidente, la Unión Europea.

 

Roma heredó de Grecia una supercultura, que transportó a todo el mundo al convertirla en lo que seguimos conociendo como civilización occidental. Imitó al macedonio Alejandro —discípulo de Aristóteles— y se lanzó a conquistar el mundo. Transmutó la palabra de los filósofos griegos en derecho. Hizo del derecho gobierno, con la república. Recogió la herencia de los historiadores griegos y registró su propia historia. Tomó el conocimiento de los científicos de Samos y de Mileto y lo hizo tecnología.

 

Luego todo se vino abajo. Indro Montanelli narra sabrosamente cómo pasó una gigantesca civilización a la más prodigiosa destrucción y a una multicentenaria edad oscura, marcada en Roma con el saco de la ciudad (476), y al norte de África con la quema de la Biblioteca fundada por Alejandro (415), el mayor depósito del conocimiento antiguo, perdido así para siempre. Y el martirio de Hypatia, su guardiana.

 

El imperio romano se transfirió a Constantinopla (hoy Estambul) mientras la ciudad de las siete colinas quedaba abandonada a sus malos residentes. Las ambiciones y excesos imperiales de los otrora grandiosos romanos demostraron que una construcción civilizadora inmensa se puede venir abajo, casi literalmente, en un momento.

 

Sigue viéndose hoy cómo las ruinas del antiguo imperio se convirtieron, desde la invasión bárbara hasta hace unos tres siglos, en el mayor centro de reciclaje del mundo. Nadie tuvo que volver a extraer piedra o metal de las montañas. Las estatuas de bronce se fundían (ya nadie entendía qué significaba eso de “arte”), y las de mármol se convertían en cal. No sabemos cuántos Discóbolos o Laocoontes acabaron así, pero el mármol (a veces transportado desde Asia) y las columnas de palacios y templos, se reutilizaban en casas o paredes, iglesias cristianas o fuentes renacentistas. Paseando por Campo de´ Fiori o por donde sea, aparece en alguna pared una columna o capitel de aquellos tiempos, que sirvió para hacer una casa donde hoy hay un taller o un pizzaiolo.

 

Vino el primer renacimiento (siglo XII) antes del que así se llama pero la destrucción no cesó. Grandes partes del ruinoso Coliseo y de otras obras antiguas adornan con su mármol y travertino la mismísima basílica de San Pedro. Lo salvado es mayormente lo que quedó bajo tierra; el resto sirvió para construir una ciudad única en todo el mundo occidental, y que desde hace unos 400 años está prácticamente intacta.

 

La grandiosa Roma es pequeña y caminable; de dimensión humana como ninguna otra gran ciudad. Sigue habiendo talleres y gente que vive junto a monumentos de más de 20 siglos (a diferencia de la absurdamente cara, escenográfica París). Desde la incomparable Fontana di Trevi hasta cualquier surtidor de agua fresca; de una columna solitaria más antigua que Jesucristo hasta la recién restaurada Ara Pacis Augustae, que festeja triunfos de Augusto en Hispania y las Galias; desde una iglesia inmensa como il Gesù jesuita hasta una pequeña placa marmórea que amenaza per gettare immondizie e fare mondezzaro in questa strada (tirar inmundicias y convertir esta calle en excusado) por orden de Monseñor el Ilustrísimo y Reverendísimo Presidente de las Calles, con diez escudos de multa y otras penas al arbitrio de tan importante señor. Fecha: 1741.

 

Subsisten iglesias donde no hay dos columnas iguales (las reciclaban de diferentes monumentos de la Roma antigua) como la bizantina de Santa Maria in Trastevere, donde los coros y cantos rebasan el nivel de lo humano.

 

Aparte de ser país de la belleza, es país de calidad y de cosas bien hechas. Hace años, en un paseo por Campania, decidí visitar un pueblo a la vera del camino. Respondí a la queja de mi familia por desviarnos: “¿En qué país está ese pueblo?” La obvia respuesta acalló toda crítica, y la belleza del lugar confirmó la validez del argumento. Anoche oí lo mismo de un nuevo amigo a quien veía por primera vez, al festejar juntos la recepción profesional de mi hija: este restaurante es sencillísimo, tradicional y barato, pero está en Roma. Basta con eso para que sea bueno. Qué razón tenía.

 

Desgraciadamente, incluso aquí las mujeres han menguado su coquetería para adoptar uno de los más fatídicos inventos de la gringosidad: el horrendo uniforme de los jeans. Italia era de los pocos lugares donde la mayoría de las mujeres no los usaba. Al menos en moda femenina, aquí también, todo pasado fue mejor…

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