MARTES, 3 DE JUNIO DE 2008
Sic transit gloria Burghesii

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Fernando Amerlinck







“Es el ego una de las destructivas pulsiones humanas, manifiesta en el deseo de sobrevivir y ser alguien sintiéndose superior a los demás, especialmente controlando su conducta, y de sobrevivir y sentirse lo máximo y ganar poder.”


ROMA.- Inauguró la Basílica de San Pedro el papa Paulo V, que se llamaba Camillo Borghese. Ilustre familia: el Palazzo Borghese es el mayor palacio familiar de Roma; y Villa Borghese el segundo mayor parque de la ciudad (80 hectáreas), desprivatizado hasta 1903. Su sobrino el cardenal Scipione Borghese transformó un viñedo familiar en la mayor obra de jardinería hecha hasta entonces en Roma desde la antigüedad.

 

Paulo V protegió al pintor Guido Reni y era constructor (cosas agradecibles). Dejó la preciosa Fontana Paola en el Gianicolo, y restauró un acueducto originalmente de Trajano (Acqua Traiana) al que rebautizó como Acqua Paola, pero ninguna más notable que la fachada de la celebérrima Basílica de San Pedro. El papa Borghese fue capaz de conseguir suficiente dinero para terminar la grandísima obra (que no construyó él), por más que sea —no sólo según yo— la parte más fea del inmenso monumento.

 

No tiene paralelo la inscripción que se aventó aquél papa, y cómo distribuyó el texto. Dice a la letra, bajo el escudo de armas de la familia Borghese:

 

IN HONOREM PRINCIPIS APOST. PAVLVS V BVRGHESIVS ROMANVS PONT. MAX. AN. MDCXII PONT. VII

 

Se traduce a “En honor al Príncipe de los Apóstoles, Paulo V Borghese, Romano Sumo Pontífice, año 1612, 7 de su pontificado”.

 

Nada de particular, sólo que el papa decidió remeter en la fachada y hacia la izquierda “En honor al príncipe de los apóstoles” y puso igual de remetida, a la derecha, la fecha. Dejó al frente, más visible y prominente, “Paulo V Borghese Romano”. (Y no era romano sino toscano; su familia venía de Siena.)

 

Se quedó en el lugar de honor su celebérrimo apellido en el mayor templo de la cristiandad. Dejó atrás y a la izquierda lo que en verdad no era tan cierto: que la gran Basílica honraba al Príncipe de los Apóstoles (nada menos que San Pedro). Lo honró a él.

 

No le faltaron orgullos de su nepotismo a ese poderosísimo papa, poseedor de uno de los más potentes apellidos de su tiempo, cuyo papado rindió grandísimos beneficios a la famiglia. Hizo duque a su hermano y lo nombró general de los ejércitos pontificios. A otro hermano lo dejó como gobernador y capellán del Castel Sant’Angelo, aparte de que hizo cardenal y hasta le dio apellido al hijo de una hermana, el cardenal constructor de la Villa Borghese; y a otro nipote (sobrino) lo hizo príncipe. Su familia fue uno de los mayores terratenientes en el centro de Italia, y les fascinaban los negocios al estilo virreinal, que Miguel de la Madrid impuso en la Constitución: bajo la rectoría estatal, sólo que el Estado era pontificio. Los Borghese tenían varios monopolios, como el de la fabricación de harina, y de albergues (hoteleros de su tiempo).

 

La bonita familia siguió teniendo puestos importantísimos gracias a la influencia del papa, y hasta mucho después de su muerte, y gracias a matrimonios con poderosos apellidos (Orsini, Aldobrandini, Bonaparte). Otro duque, un virrey de Nápoles, una hermana de Napoleón, y hasta en años recientes del siglo XX, un neofascista apellidado Borghese fundó un partido de ultraderecha.

 

Me es molesto su prominente apellido y prominente escudo de armas en la más prominente parte del más prominente monumento católico. Es el ego que elogia en una frase estupenda Al Pacino en El abogado del diablo: la vanidad es mi pecado favorito. El ego no deja nada vivo, pero se acaba cuando a las torres de marfil les pasa lo de siempre: se derrumban. Las derrumba la realidad final de la muerte.

 

Es el ego una de las destructivas pulsiones humanas, manifiesta en el deseo de sobrevivir y ser alguien sintiéndose superior a los demás, especialmente controlando su conducta, y de sobrevivir y sentirse lo máximo y ganar poder.

 

No me toca juzgar por qué algún papa caiga en eso sino que su ego siga en la Basílica.

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