MIÉRCOLES, 4 DE JUNIO DE 2008
La otra capital romana

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Fernando Amerlinck







“Es Turquía un país a conocer, a explorar, a estudiar, para ver cómo una república islámica es capaz de abrazar a Occidente sin perderse a sí misma y sin hacerse una teocracia.”


ESTAMBUL.- Literalmente por un milagro (¿qué gran oportunidad trae la vida que no venga por tal causa?) pudimos viajar unos días desde la Roma capital de un imperio a la capital sucesiva del imperio romano de oriente, el imperio bizantino y el imperio otomano: Bizancio, Constantinopla, Estambul.

 

Constantinópolis, ciudad del emperador que pactó por primera vez con la emergente religión cristiana, es la única ciudad del mundo clavada en dos continentes día. Nuestro hotel está en Asia; los atractivos históricos y el mayor comercio están en Europa, y la unen dos puentes colgantes de más de 1 km de longitud sobre el Bósforo, rumbo al Mar Negro.

 

Acá transportó Constantino el imperio romano, dada la literal barbaridad en que había caído la otrora Caput Mundi. Abandonada a su suerte (como también el Papa, que estaba por aquellos tiempos bastante más subordinado al poder imperial), Roma se convirtió en una ruina, cada vez más en una vaga sombra de lo que alguna vez llegó a significar.

 

Caería luego el imperio romano de oriente. La cuarta cruzada (1204) destruyó la ciudad al estilo bárbaro y la dejó como Don Luis Mejías reclamaba a Don Juan Tenorio sobre Ana de Pantoja: “Imposible la habéis dejado para vos y para nos”. Los musulmanes (1453) se hicieron cargo de la decaída metrópolis, hasta hoy. Y sigue siendo una de las grandes capitales del mundo, como lo fue del imperio otomano hasta hace unos 100 años. Y se nota en su Gran Bazar y en las tiendas de antigüedades, cómo esta ciudad fue realmente capital de un imperio.

 

Hoy es sorprendente por todos los motivos. La primera gran sorpresa, para quien esto escribe, significó una decepción: en la capital del imperio bizantino no vi muchos recuerdos de esa cultura bizantina; hay mucho más en Roma, Ravenna o Venecia. Probablemente haya destruido esos vestigios el poder musulmán; el Corán prohíbe expresamente las imágenes religiosas. Los grandes monumentos son musulmanes, salvo la otrora Basílica de Santa Sofía (537), hecha por Justiniano I; luego mezquita, y museo desde los tiempos de ese gran estadista llamado Mustafá Kamal Atatürk (venerado por todos excepto por los pocos fundamentalistas musulmanes que lo consideran casi un infiel).

 

Hagia Sofia es un monumento imponente, con columnas de pórfido para soportar la pesadísima estructura y la cúpula; la mayor construcción del mundo por casi mil años. Y enfrente está la Mezquita Azul, del Sultán Ahmet, maravilla con seis minaretes. La vista de la ciudad, con su bien llamado Cuerno de Oro (una especie de medialuna repleta de obras de arte donde los crepúsculos son dorados y la única silueta son las mezquitas y los minaretes) es una imagen para recordar por siempre.

 

Es Estambul una ciudad europea, próspera, de gente pacífica, perfectamente digna de entrar a la Unión, cosa que ocurrirá con el tiempo. Es un país musulmán con estado laico, donde los practicantes de dicha religión no son intolerantes ni locos, y tienen algo muy, muy agradecible: amplio criterio, sin ganas de imponer sus creencias a nadie. Son las ventajas de la laicidad, que no se convierte en una nueva religión inversa: la religión del laicismo, que a veces practican los políticos en latitudes como las mexicanas.

 

La ciudad partida por el Bósforo y que une a dos continentes no se detiene, pero sí atiende a horas precisas los cantos desde los omnipresentes minaretes, cantando loas a Dios, Allah Akbar, y a veces los taxistas las dicen. Las mujeres no siempre se cubren el rostro (más bien son pocas) y las escasas prevenciones que recibe el forastero se refieren a inmigrantes de otras latitudes, no a los locales. La miseria no se ve acá, las casas son decentes, hay buenos coches, el tráfico es insoportable pero con manejadores corteses, y la gente vive feliz. Se les nota el orgullo de ser lo que son: un puente cultural y físico entre Oriente y Occidente, un lugar de artesanía seria, un sitio próspero, y un buen lugar para vivir.

 

Lástima que el idioma sea completamente irreconocible (aeropuerto se dice “havaalanı”). Lo que hablan acá no se parece al griego, al ruso, al árabe, al polaco. Afortunadamente (de nuevo, gracias a Atatürk) se escribe con lenguaje latino.

 

Es Turquía un país a conocer, a explorar, a estudiar, para ver cómo una república islámica es capaz de abrazar a Occidente sin perderse a sí misma y sin hacerse una teocracia.

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