MARTES, 10 DE JUNIO DE 2008
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“Vale la pena visitar Estados Unidos, muy a pesar de los excesos de un gobierno torpe presidido por gente que va de lo incompetente a lo francamente criminal en una “guerra contra el terror” que ha hecho de su gobierno el peor aterrorizador.”


NUEVA YORK.- Los “servicios” gringos de seguridad son cada vez más indignantes para los viajeros, obligados a sufrir vejaciones al llegar a “America”, nombre con el que un país sin nombre usurpa el nombre de un continente.

 

La primera vejación es la tardanza. El “servicio” de pasaportes es tan lento y prolijo, y las colas tan larguísimas, que no es raro perder una conexión. El otro “servicio” al forastero es hacerle bajar todas sus maletas (no importa que se dirija a un país distinto y pise el aeropuerto porque lo exige un plan de vuelo). Levantar el equipaje del gusano giratorio, cargarlo, pasar aduana declarando que no trae uno plantas o mucho dinero y que va en tránsito. El proceso es idéntico para quien se queda de visita en Estados Unidos que para quien espera una conexión a otro país. Y cuidado que un pasajero en tránsito no tenga visa, porque mientras no aborde su avión debe circular por lugares controlados y acompañado en todo momento por un policía.

 

Luego de la aduana, hay que volver a montar las valijas en un puesto de embarque para que (con un poco de suerte) lleguen a su destino. En cualquier otro país que yo conozca, si uno pisa por motivos técnicos un aeropuerto, no ve sus maletas sino al fin del viaje.

 

Otro agravio es la promesa del Department of Homeland Security. Seguridad del hogar. Bonito nombre. Noble causa. Pésimos procedimientos. El pledge de tan egregio departamento, visible para todo viajero, indica que como visitantes (o transitantes) nos darán la bienvenida a los Estados Unidos y nos recibirán cordialmente. Nos tratarán con “cortesía, dignidad y respeto”. Etcétera. (Al menos, no prometen trámites rápidos o lógicos.) Un viajero muy frecuente me ha aconsejado incluso no saludar al oficial de inmigración y llegar con cara de cansancio, para evitar que haga el tipo demasiadas preguntas: motivo de la visita, a qué curso voy a ir, dónde estaré, etcétera.

 

El otro indignante trato es la tremenda revisión de seguridad cuando se sale de Estados Unidos o se viaja allí. Está bien revisar que uno no lleve pistolas, granadas, cuchillos o tijeras, pero una lima de uñas o un cortauñas son armas terroristas, y tranquilamente pueden detener un frasco de colonia, no vaya a ser explosiva. Y peor aún, a la gente la obligan a quitarse ¡los zapatos! y caminar descalza a través de un detector de metales por donde la hebilla metálica de un cinturón activa la alarma.

 

Pero (pero, pero, pero, así y todo, y contradiciendo a Guillermo Fárber, quien por estas cosas ha decidido no renovar su visa) vale la pena visitar Estados Unidos, muy a pesar de los excesos de un gobierno torpe presidido por gente que va de lo incompetente a lo francamente criminal en una “guerra contra el terror” que ha hecho de su gobierno el peor aterrorizador, y ha destruido el valor de su moneda de papel; vale la pena venir, a pesar de un síndrome de miedo al extranjero (peor si tiene facha de árabe; o de mexicano) que contradice las maravillosas instituciones de una nación que fue —y en su esencia sigue siendo— un maravilloso país, ejemplo mundial de cómo una sociedad puede fundarse sobre la libertad y en el respeto a la persona individual. Estados Unidos es mucho mayor que George Bush.

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