VIERNES, 13 DE JUNIO DE 2008
Un relato de tres ciudades

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Fernando Amerlinck







“Vale la pena pasar el intríngulis de la Homeland Security y, a pesar de lo gordo que nos caiga el sistema político gringo y sus maniobreros de Wall Street y de la Fed, hacer un esfuerzo para tener el privilegio de conocer, al menos, la extraordinaria Nueva York.”


NUEVA YORK.- Esta es —a mi juicio— una de las tres ciudades que hay en el mundo. Uno de los tres más completos y cosmopolitas espacios, donde hay literalmente de todo; lo mejor y lo peor en cantidades enormes, aunque no esté en esas tres ciudades lo más santo ni lo más profano.

 

Mis tres grandísimas, grandiosas, supremas ciudades: la número uno es indiscutiblemente Londres. No veo ciudad más competitiva, progresista, sensata, inteligente y plagada de sentido común; Londres es caminable y, a pesar de su enormidad, hay zonas donde uno se siente como en un pedazo de la campiña de ese gran país. Los servicios (a pesar de cierto nivel de decrepitud) funcionan decentemente. No hay mejor diseñados taxis, ni autobuses de pasajeros. Y en cuanto a personalidad y carácter, ni qué decir. Los pubs están siempre adornados de flores, y sirven una cerveza de calidad incomparable. Hasta restaurantes de calidad hay ya, claro que no ingleses. Lástima que los precios se parezcan en términos nominales a los de Nueva York, pero con la pequeña diferencia de que una esterlina cuesta dos dólares.

 

Mi segunda ciudad es Nueva York, con la desventaja de la falta de calidad de sus servicios, la chafez generalizada de sus instalaciones, su mucho mayor nivel de mugre y basura, y calles que parecen pavimentadas por la Delegación Gustavo A. Madero; un subway amplio y maravillosamente diseñado, pero feo, decrépito y ruidoso. Sin embargo en NY hay tanto, tantísimo, que a comparación de esta grandiosa ciudad, las demás parecen pobrecitos poblachos. Y los precios están en dólares, de modo que para el visitante (si llega, como yo, de Europa) a veces casi casi hasta resultan razonables. Nueva York es vital, ciudad habitada y construida por sus habitantes y vivida a plenitud por ellos. Y con una oferta cultural casi londinense.

 

La tercera es París, lugar donde también hay de todo, y de suprema calidad. Pero exageradamente perfecto. Tanto, que parece de escenografía. Sus obras de arte y de arquitectura son incomparables, pero el diseño urbano es tan cartesiano y diseñado por mentes humanas en escritorios y restiradores, lápiz y papel y gabinete, que parece inhumanamente perfecto: cúpulas y estatuas cubiertas con hojas de oro, bulevares con árboles afeitados para proteger el panorama, vistas maravillosas, casas de uniforme estilo, piedras blancas limpias, fachadas impecables y restauradísimas, jardines manicurados. Es casi inhumana tanta perfección, hecha en gran parte por el barón Haussmann (1809-1891), luego de destruir grandísimas partes de la ciudad vieja. Parece diseñada para ser visitada, no tanto para ser vivida. De hecho, París es tan cara que la gente vive en los suburbios, en la banlieue, lejos de los desfiles de modas y de los museos, y de las zonas bohemias que prohijaron a los grandes escritores y pintores (Montmartre es zona de restaurantes y tarjetas postales).

 

Faltaré al respeto al bellísimo París (y espero que mi unitario lectora no se enfade demasiado) con una imperdonable blasfemia. Hay en Francia dos Disneylandias: una para niños al oeste de París, y una para adultos llamada París, con sus teatros y espectáculos y museos y antigüedades, supertiendas, superlujo, supertorre, supermonumentos y superpalacios y supercasas, supercabarets y superrestaurantes repletos de turistas ricos (el circuito restaurantero forma parte de los atractivos turísticos). Y sus superprecios, parecidos nominalmente a los de Nueva York o Londres, pero en euros.

 

Siempre me ha parecido que París es femenina; una mujer hermosa pero demasiado peinadita. Que Londres es masculino, y a veces exageradamente frío. Y que Nueva York es más bien utilitario y quintaesencialmente cosmopolita, abierto, novedoso, sin ataduras históricas y con un incomparable empuje hacia el futuro; con un espíritu de tolerancia que se respira y disfruta en las calles y plazas.

 

Quienes hemos tenido la fortuna de conocer esas ciudades podemos darnos cuenta del carácter, la potencia, la enorme vitalidad que ofrecen. Y podemos hacer comparaciones con otras urbes. Pueden ser desventajosas en aspectos particulares. Roma es más humana, pequeña, agradable, repleta de historia y de monumentos; uno se la pone como ese comodísimo par de zapatos viejos. Singapur es talmente moderna, vegetal, limpia, civilizada y de tan suprema calidad, que parece una sucursal del paraíso terrenal. Y hasta México tiene ventajas y gratificaciones que la hacen insustituible, al menos para quienes nos hemos acostumbrado a vivir en ella que hasta llegamos a tomarle cierto cariño.

 

Todo palidece ante esa tercia de grandiosas ágoras de la cultura y la finanza, el arte y el cosmopolitismo, el espectáculo y la presencia viva de lo mejor que ha hecho la humanidad. Significan hoy lo que en su tiempo fueron Babilonia, Atenas, Roma o Alejandría. Son a mi juicio las mayores muestras colectivas de la civilización occidental hoy.

 

Y sí, vale la pena pasar el intríngulis de la Homeland Security y, a pesar de lo gordo que nos caiga el sistema político gringo y sus maniobreros de Wall Street y de la Fed, hacer un esfuerzo para tener el privilegio de conocer, al menos, la extraordinaria Nueva York.

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