LUNES, 16 DE JUNIO DE 2008
Economía y Derecho (IV)

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“La crisis de 1995 no se debió ni a las privatizaciones ni al mal llamado neoliberalismo. Esta crisis que la izquierda siempre usa para despotricar contra todo proceso de privatización y apertura tiene su origen en errores de política económica, errores cometidos no por el “mercado”, sino como casi siempre, claro, por el gobierno.”


La crisis de 1995 no se debió ni a las privatizaciones ni al mal llamado neoliberalismo. Esta crisis que la izquierda siempre usa para despotricar contra todo proceso de privatización y apertura (como es tristemente el caso de PEMEX) tiene su origen en errores de política económica, errores cometidos no por el “mercado,” sino como casi siempre, claro, por el gobierno. A continuación lo demuestro.

 

En 1988, Carlos Salinas asume la presidencia de México en medio de una inflación galopante, una tímida desestatización (la venta de empresas estatales comenzó con De la Madrid) y muchas dudas acerca del futuro de la economía mexicana.

 

Es entonces que comienza un proceso más agresivo en la venta de empresas del gobierno (que antes eran privadas, pero que por el populismo de Echeverría y López Portillo acabaron en manos del gobierno); prácticamente estas empresas estaban todas quebradas, y lo peor, estaban en giros en donde el gobierno no tenía nada qué hacer (el gobierno poseía desde antros de mala muerte, productoras de cine, hasta alguno que otro equipo de futbol y canchas deportivas). Salinas aceleró las primeras reformas que De la Madrid tímidamente empezó. Las finanzas públicas se sanearon y se renegoció y redujo el pago de la deuda externa y de sus intereses. Del pesimismo, se pasó al optimismo desbordante.

 

Sin embargo, Salinas cometió un grave error: dejó intactos importantes arreglos institucionales que la larga desembocaron en la severa crisis de 1995 (ya en el período del sucesor de Salinas, Ernesto Zedillo) y que hoy pesan -como pesan- para que México dé el paso hacia el desarrollo pleno.

 

En mi artículo anterior expliqué a detalle la necesidad de definir adecuadamente los derechos de propiedad para que el mecanismo de precios funcione adecuadamente. Ello permite que la asignación de recursos sea óptima.

 

Aunque Salinas reforma una parte del artículo 27 para dar certidumbre a la propiedad de la tierra, los artículos 25, 26, buena parte del 27, y el 28 se dejan intactos, lo que significó que la constitución política de México siguiera impregnada del rancio espíritu socialista de que el Estado es el “Dios todopoderoso,” que posee toda una gama de “industrias estratégicas” principalmente en las áreas de recursos naturales.

 

Salinas nunca cambió -y en cambio reforzó- eso que en el lenguaje constitucional se llama Rectoría del Estado. El otorgarle al Estado el deber de planear, conducir, orientar y dirigir la actividad económica es incompatible con la confianza a largo plazo de los inversionistas y con los fines del crecimiento económico sostenido, así como es también incompatible con el acelerado proceso de investigación científica e innovación tecnológica, dos elementos esenciales para ser competitivos con el resto del mundo.

 

Salinas privatiza y consolida la apertura económica al firmar el Tratado de Libre Comercio con EU y Canadá. Estos son pasos decisivos para que las políticas fiscales y monetarias (lo que se refuerza al reformar la ley que convierte a Banco de México en un ente autónomo) se instrumenten de manera responsable. Pero, nuevamente un error, se instrumenta una política cambiaria que viola derechos de propiedad y es causante de una mala asignación de recursos; por otro lado, las privatizaciones se efectúan, uno, sin tocar a las “empresas paraestatales estratégicas” y, dos, en un contexto de endeble competencia. Comienzo a explicar el primer elemento (el de política cambiaria).

 

La crisis económica de 1995 (a la que luego se hiciera alusión como “los errores de diciembre”) que se desata comenzando el período de Zedillo, es de un tipo que los economistas llaman “crisis originada por desequilibrios en la balanza de pagos.” En cristiano, México en 1995 no tiene dólares suficientes para hacer frente al pago por importaciones, lo que desemboca en la devaluación del peso. Sea por fuga de capitales y/o caída en las reservas internacionales, la economía mexicana no puede hacer frente a sus compromisos de pago en el exterior.

 

¿La causa? Haber mantenido controlado un precio fundamental que permite equilibrar los derechos de propiedad de exportadores e importadores: el tipo de cambio. Un tipo de cambio semi-fijo soportado por dólares que entran de corto plazo, es una verdadera bomba de tiempo. Lejos de alentar una adecuada asignación de recursos, alienta la entrada de capitales especulativos corto-placistas, que al menor temor se retiran y/o se van a otro país. Pero ojo, la causa de la debacle cambiaria, no son “los malosos capitales especulativos de corto plazo,” sino la política cambiaria fija ó semifija que no se apoya en sólidas reformas al régimen de inversión, sino en el endeudamiento de corto plazo -tesobonos- y dólares que principalmente se destinan a inversiones de muy corto plazo (principalmente en instrumentos financieros de corto vencimiento).

 

Salinas inicia su sexenio en medio de una política de estabilización que buscaba frenar la inflación descontrolada que le deja su sucesor. En este contexto, al inicio del gobierno salinista se decide dejar al tipo de cambio cuasi fijo (en bandas); lo anterior fue posible gracias a que las reformas de apertura de Salinas generaron, como ya mencionamos, optimismo desbordado, que permitió recibir montos históricos de inversión extranjera directa e indirecta (más indirecta que directa). Dadas las menores presiones de deuda externa y el mayor flujo de divisas, Banco de México pudo sostener sin problema alguno la paridad con el dólar.

 

Pero cuidado, si las reformas no continúan (Salinas se conformó y ya no prosiguió con mayores reformas -ante su negativa a cambiar de fondo la constitución y continuar con el tufo de “la Rectoría del Estado”) y además hay nerviosismo político (como los de 1994, en donde se asesinan a importantes políticos), la política cambiaria truena, pues al haber fuga de dólares (que llegaron principalmente a inversiones financieras de corto plazo) y menor flujo de capitales en general entrando, Banco de México ya no puede sostener la paridad y en consecuencia tiene que devaluar al peso (no tiene los dólares necesarios para hacer frente a la creciente demanda de los mismos). Esto sucedió así, al empezar Zedillo su nuevo mandato.

 

Un peso sobrevaluado (que significa que el dólar esta siendo abaratado) implica un subsidio a los bienes importados (que se adquieren con los dólares que artificialmente ha abaratado el gobierno, apoyándose en capitales que entran de corto plazo). Esto provoca que haya una distorsión entre los derechos de propiedad de los bienes nacionales a favor de los bienes importados (la gente decide artificialmente que es mejor importar) favoreciendo a los derechos de propiedad de los insumos importados sobre los nacionales, en aras de contener la inflación doméstica. Es aquí donde los gobiernos terminan perdiendo la brújula.

 

El tipo de cambio no debe usarse como ancla para que la inflación baje. El objetivo del banco central en todo momento debe ser mantener el poder adquisitivo de la moneda (que implica tener precios estables) y no tener como meta una paridad artificialmente sostenida, que sólo beneficia a ciertos sectores productivos, como ocurrió en el caso salinista. Los gobiernos no deben distorsionar los precios y menos, uno de los más fundamentales en la economía, el tipo de cambio. Los precios deben en todo momento reflejar la escasez de los productos (productos escasos tendrán un precio mayor que los productos abundantes). El tipo de cambio no debe ser la excepción. Su precio debe reflejar la escasez ó abundancia de dólares que entran a nuestra economía. Salinas de Gortari, tuvo entre sus méritos el haber liberado varios precios de la economía. Sin embargo no liberó uno fundamental: el tipo de cambio. Al manipularlo artificialmente terminamos con la crisis cambiaria más aguda de nuestra historia moderna.

 

Por tanto, el que Salinas no liberara el tipo de cambio fue un grave error. Utilizó la política cambiaria para reforzar su política de estabilización de los precios. Hasta un profesor de su Secretario de Hacienda llamó a que se permitiera deslizar un poco más al peso, pues la inflación mexicana estaba muy por encima de la norteamericana, lo que dejaba al peso artificialmente caro, sostenido sólo por capitales especulativos de corto plazo.

 

Por razones de tiempo, seguiré con el segundo elemento (endeble marco competitivo) en mi próximo artículo y demostraré que la privatización salinista se hizo sobre débiles derechos de propiedad -cosa que ya empecé a hacer- y peor aún, sobre la base de un endeble marco competitivo. Compararé a las reformas de privatización salinistas con las exitosas experiencias de privatización llevadas a cabo por países como Estonia (que hoy dobla el per cápita de México).

• Problemas económicos de México

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