VIERNES, 15 DE AGOSTO DE 2008
El deporte (I)

¿Usted cree que la economía mexicana entrará en recesión en los próximos meses?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Arturo Damm







“La práctica sistemática, y competitiva, del deporte forma al ser humano, dándole la oportunidad de sacar lo mejor de sí mismo, pudiendo definirse la vida como la oportunidad que se nos da para, precisamente, sacar lo mejor de uno mismo. Sumar, no restar y, de ser posible, multiplicar.”


Aprovechando la euforia olímpica dedico estos cuatro Pesos y Contrapesos a un tema que me resulta muy cercano y entrañable, y sobre el cual, a lo largo de estos primeros 24 años de labor periodística, nunca he escrito. Me refiero al deporte, y a lo que el mismo significa en mi vida.

 

Mi deuda con el deporte, en general, y con la natación, en particular, no tengo con qué pagarla. Yo no sería quien soy, si no fueran por los diez años, de los 13 a los 23, de 1970 a 1980, a lo largo de los cuales me dediqué a nadar. En mi caso, ¿qué quiere decir dedicación a nadar? Entrenamientos diarios de no menos de tres horas, y no más de cinco; de no menos de 10 kilómetros, y no más de 20, todo dependiendo del momento de la temporada, habiendo sido desde campeón delegacional hasta nacional; desde seleccionado escolar hasta seleccionado nacional, la mayoría de las veces de la mano de mis entrenadores, Arturo Xicoténcatl y Alfonso Alvarez, a quienes aquí hago un agradecimiento público, ¡mucho les debo!, sin olvidar, ¿cómo podría?, a quienes orquestaron todo aquello: Victor y Guille Kuri. ¡Muchos les debemos mucho!

 

¿Qué le debo a la natación? Más allá de las satisfacciones (los triunfos, las medallas, las marcas), la salud y la condición física (mantenidas hasta hoy) y los amigos (todos y cada uno de ellos, con especial afecto para Armando Barriguete, Eugenio Espinosa y Ernesto Torres, con quienes, el 28 de agosto de 1974, gané mi primera medalla en un campeonato nacional), le debo la formación, desde la disciplina (aplicada en todos los campos de la vida), hasta una cierta manera de ver la vida (que mucho me ha ayudado en momentos difíciles - algunos muy difíciles -, de mi vida). Ser atleta es, ante todo, una manera de vivir, un determinado espíritu, en el sentido filosófico del término: aquello que anima al ser humano, sinónimo de valor, aliento, brío, esfuerzo. La práctica sistemática, y competitiva, del deporte forma al ser humano, dándole la oportunidad de sacar lo mejor de sí mismo, pudiendo definirse la vida como la oportunidad que se nos da para, precisamente, sacar lo mejor de uno mismo. Sumar, no restar y, de ser posible, multiplicar.

 

Muchas son las lecciones que la natación me dejó (con sus muchas horas, mucho días, muchos años de práctica; con sus errores y aciertos; con sus fracasos y triunfos; con sus sacrificios y recompensas), y no tengo espacio ni siquiera para enumerarlas, razón por la cual me limito a señalar la que considero la más importante, y que me gusta expresar de la siguiente manera: “Al tropezar, al caer, no acabo de tocar el suelo cuando ya me estoy levantando”. En mi caso ese levantamiento se produce de manera habitual, no de manera silogística, siendo esa manera de reaccionar ante los tropiezos y caídas parte de mí ser. ¿A qué le debo ese hábito? A la natación.

 

En muchas ocasiones uno no es el responsable de lo que le pasa, siendo que mucho de lo que a uno le sucede es obra del destino, encuentro con el mismo que todos hemos experimentado. De esas situaciones y circunstancias uno no es responsable, pero de lo que sí es responsable cada cual es de su reacción ante las mismas. Yo no seré responsable de la caída (real o metafórica), que acabo de sufrir, producto de un tropezón (igualmente metafórico o real), pero de lo que soy responsable es de mi reacción permanecer tirado o levantarme. El deporte, bien practicado, bien encausado, forma en el ser humano ese hábito, el de comenzar a levantarse antes de terminar de tocar el suelo.

 

Buen ejemplo de lo anterior es Mark Spitz, quien vino a la Olimpiada de México 68 con el fin de ganar seis medallas de oro, habiendo conseguido “solamente” cuatro: dos de oro (en relevos) una de plata y una de bronce (individuales), algo que consideró un rotundo fracaso. ¿Qué pasó? Que cuatro años después, en Munich 72, ganó siete medallas de oro, con sus respectivas marcas mundiales.

 

Continuará.

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