Sólo para sus ojos
Ene 9, 2006
Juan Pablo Roiz

Etiquetar para no razonar

Por desgracia los “burros” pueden ser mayoría, y hábilmente manipulados pueden llevar al éxito al más nefasto de los candidatos en unas elecciones.

Lo más pegajoso –y desesperante– de las campañas electorales son las etiquetas. Las etiquetas ocupan el lugar del análisis y del razonamiento en los debates políticos.

 

Las etiquetas tienen, para los hacedores de campañas electorales, muchas ventajas:

 

1.              Son cómodas, nos liberan de la fatigosa tarea de investigar, verificar, confrontar, analizar.

 

2.              Son (falsamente) democráticas: Cualquier imbécil puede usarlas y no sentirse excluido del debate.

 

3.              Son intercambiables. El consumidor puede aplicarlas, si son etiquetas con una connotación “buena” (digamos, “preocupado por los pobres”, “demócrata”, “de moderada izquierda”), al candidato de su preferencia y, si son de connotación negativa (digamos, “derechista”, “mocho”, “neoliberal”, “populista”) al candidato rival.

 

4.              Son ideales para cubrir los espacios vacíos en argumentos mal construidos.

 

5.              Son susceptibles de difundirse en un mensaje propagandístico de 15 segundos en la radio o en la televisión o en la arenga callejera.

 

6.              Se adhieren con facilidad tanto a los candidatos como a los entendimientos de los electores.

 

7.              Permiten al propagandista omitir enojosas referencias a los hechos: Episodios bochornosos o incompetencias del candidato a promover, que de otra forma serían notorios (es más fácil etiquetar el producto como “campeón de los desposeídos” que intentar justificar lo injustificable, digamos un portafolio repleto de dólares que no se sabe dónde paró).

 

Pero si para los propagandistas las etiquetas tienen esas y otras ventajas (recuérdese que el objetivo del propagandista es vender el producto al mayor número de compradores –electores– invirtiendo los menores recursos posibles; especialmente intelectuales, que son los más caros), para las inteligencias y para los verdaderos intereses de los electores o consumidores las etiquetas son peor que los alimentos-chatarra para un obeso.

 

Es fácil adquirir el vicio de las etiquetas y volverse un consumidor compulsivo de las mismas. En algunas personas esta manía de alimentarse –intelectualmente hablando- sólo de etiquetas acaba por incapacitar a la inteligencia para el análisis objetivo y para confrontar lo que se dice con la dura realidad.

 

Por eso las etiquetas –que en las campañas electorales tienden a volverse omnipresentes– acaban siendo desesperantes para quienes de veras quieren entender para poder juzgar entre distintas opciones.

 

Ya un viejo dicho advertía que “más puede un burro negando que San Agustín probando”. Es decir, en vano la deslumbrante inteligencia de quien fuera Obispo de Hipona (San Agustín) puede ofrecer tal o cual argumento para probar tal o cual verdad, el “burro” obcecado consumidor de etiquetas –que ya ha perdido la facultad de razonar y la ha sustituido por la obsesión de etiquetar- ganará la discusión porque de antemano se niega a ser convencido.

 

Por desgracia los “burros” pueden ser mayoría –es más fácil serlo que no serlo- y hábilmente manipulados pueden llevar al éxito al más nefasto de los candidatos en unas elecciones: “Dame un argumento o un hecho duro y maduro y te apabullaré con una etiqueta”.

 

Invito sinceramente al lector a despojarse de etiquetas previas y juzgar algo muy sencillo respecto de los tres principales candidatos en contienda por la Presidencia de México: Cuál es el que más usa (y abusa) de las etiquetas y ofrece menos razonamientos. Si usted ya detectó cuál –es muy fácil, por cierto- ya sabe por cuál NO votar.



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