LUNES, 10 DE NOVIEMBRE DE 2008
El suicidio de Estados Unidos (I)

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Sí, la política debe estar por encima de la economía
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El punto sobre la i
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Antonio Escohotado


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“Si el Partido Republicano ofrece básicamente lo mismo que el Demócrata ¿por qué los electores iban a aceptar el remedo si pueden obtener la versión genuina y radical por el mismo precio (el voto)?”


Hace 20 años la posibilidad de que los comunistas gobernaran Estados Unidos era asunto puramente de ficción.

 

En 1987 la exitosa serie de televisión Amerika presentaba a la nación más poderosa del planeta postrada bajo la bota soviética. Entre lo que más perturbó al público fue la cantidad de estadounidenses colaboracionistas con el invasor rojo, que la ficción presentaba.

 

Mientras que Amerika se concentra en cómo era la vida en Estados Unidos diez años después de la invasión soviética, la película Red Dawn (1984) iniciaba en el día uno de la agresión y describía los siguientes meses y años de heroica resistencia ante los conquistadores soviéticos y cubanos.

 

Pero ni en la ficción parecía posible que fuera electo un presidente comunista. Nadie lo hubiera imaginado en noviembre de 1989 cuando cayó el Muro de Berlín y se inició el derrumbe del régimen más maligno que haya conocido la humanidad. Tampoco nadie podía imaginar el triunfo electoral de los comunistas en Estados Unidos cuando desapareció la Unión Soviética en diciembre de 1991 o el 11 de septiembre de 2001, para citar otro hito en la historia contemporánea.

 

Sin embargo, una las peores pesadillas imaginables ha cobrado realidad este 4 de noviembre de 2008, el día en que el pueblo estadounidense decidió suicidarse y destruir el que, pese a todos sus defectos e insuficiencias, es uno de los mayores logros del género humano: el sistema de libertades de Estados Unidos.

 

No abrigo la menor duda sobre la pureza de las convicciones comunistas y anti-capitalistas del señor Barak Hussein Obama ni de los líderes del Partido Demócrata.

 

Obama es una suerte de Hugo Chávez que así como ha usado la democracia para llegar al poder, se valdrá de la misma para implantar un régimen comunista, en forma esencialmente parecida a como ha venido ocurriendo precisamente en Venezuela y también en Ecuador y Bolivia.

 

Podríamos pasar semanas, meses y años azorándonos sobre la monumental paradoja y anacronismo de que, justamente en el país que fue el principal baluarte de la resistencia contra el comunismo, que se alzó victorioso sobre el mismo en la contienda global del siglo XX y en donde el capitalismo –jamás 100% puro– mostró sus enormes bondades, sea donde ahora los comunistas conquistan el poder.

 

Pero más productivo parece ser preguntarnos si es posible remontar esta tragedia y cómo. Y en tal sentido lo primero es sacudirnos de al menos tres vanas ilusiones.

 

La primera es la ilusión de creer que quienes debían impedir que los comunistas se apoderaran de Estados Unidos, serán capaces de echarlos del poder. El pecado de los conservadores (ya habrá oportunidad de juzgar a los “libertarianos”) son las graves concesiones ideológicas que por décadas hicieron a los izquierdistas, y como bien dijo la gran Ayn Rand: “No se puede alcanzar la victoria de las ideas propias ayudando a propagar las opuestas”.

 

La primera concesión fue aceptar que la democracia se convirtiera en el valor supremo, por encima incluso de los derechos del individuo, con lo cual estos fueron relativizados y sujetos al arbitrio de las mayorías.

 

De ahí se desprendió la segunda gran concesión: dejar de considerar a la propiedad privada un derecho sagrado. Richard Pipes explica en forma magistral en su obra “Propiedad y libertad”, la manera en que el derecho a la propiedad privada fue siendo acotado y relativizado en el siglo XX en Estados Unidos, hasta casi convertirse en una graciosa concesión de posesión o dominio por parte del Estado.

 

Los republicanos no hicieron una defensa de principios de la inviolabilidad de la propiedad privada. Su diferencia frente a los izquierdistas respecto a la injerencia del Estado fue una diferencia de grado, solamente. Al final aceptaron el programa socialista y crearon una versión vergonzante del mismo (con Bush se llamó “conservadurismo compasivo”). Terminaron por aceptar el impuesto sobre la renta, el Estado de Bienestar, las intervenciones del Estado en el mercado, el gasto público creciente, el fraude de la moneda fiduciaria y en general las políticas keynesianas que llevaron a la economía estadounidense a la actual crisis cíclica y a las precedentes.

 

Por un lado, dejaron de confiar en la libertad como fin en sí mismo y como el mejor medio para la prosperidad. Por otro lado, fueron pragmáticos, consideraron que si se oponían frontalmente al intervencionismo estatal perderían las elecciones. Pero por encima de estas consideraciones ha estado el culto a la democracia: esto es lo que la mayoría de la gente quiere y hay que acatarlo.

 

Si el Partido Republicano ofrece básicamente lo mismo que el Demócrata ¿por qué los electores iban a aceptar el remedo si pueden obtener la versión genuina y radical por el mismo precio (el voto)?

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