Jaque Mate
Dic 4, 2008
Sergio Sarmiento

Despartidizar la lucha

La lucha contra la inseguridad se ha convertido en un escenario más de las disputas entre los partidos de nuestro país. A los políticos no les importa cuál es la situación de violencia ni la de las víctimas. Lo que les importa es saber quién puede adjudicarse políticamente los triunfos y cómo culpar a los rivales de las derrotas.

La lucha contra la inseguridad se ha convertido en un escenario más de las disputas entre los partidos de nuestro país. A los políticos no les importa cuál es la situación de violencia ni la de las víctimas. Lo que les importa es saber quién puede adjudicarse políticamente los triunfos y cómo culpar a los rivales de las derrotas.

 

Este viernes pasado, el 28 de noviembre, se llevó a cabo la reunión de evaluación del Acuerdo por la Seguridad firmado originalmente el 21 de agosto por representantes de los distintos órdenes de gobierno y de la sociedad. Una vez más el acto tuvo lugar en Palacio Nacional y asumió los visos usuales de las ceremonias burocráticas. Hubo muchos discursos, todos de autocongratulación, y firmas y abrazos al final.

 

El gobierno federal ha enfatizado que ha logrado detenciones de capos y decomisos de drogas sin precedentes en la historia. Si ése fuera el propósito de la lucha contra la inseguridad, habría buenas razones para considerar que hay avances. Pero a la gente común y corriente poco le importan estas detenciones y decomisos. Lo que quiere es seguridad contra delitos como el secuestro, el homicidio y la extorsión que la afectan directamente.

 

Sin embargo, el número de ejecuciones está aumentando constantemente. Los secuestros siguen también afectando a personas de distintos estratos sociales, no solamente a los ricos. Se ha vuelto cada vez más común que la delincuencia organizada extorsione a empresarios exigiéndoles cuotas de protección para permitirles continuar con su trabajo. La sensación de inseguridad se apodera cada vez más de la gente.

 

No todo el mundo está de acuerdo. El presidente del PAN, Germán Martínez Cázares, ha declarado que los resultados de la lucha contra la delincuencia y la violencia son “contundentes” y “satisfactorios”. Otros líderes políticos presentan lo que hacen sus gobiernos, o los gobiernos de sus partidos, como positivo, pero se muestran críticos ante lo que hacen los demás.

 

La verdad, sin embargo, es que el problema de la inseguridad es demasiado importante como para permitir que los políticos se lo apropien y traten de manipularlo para su provecho. La sociedad en su conjunto debe tener un papel, pero no simplemente a través de organizaciones que se convierten en simples apéndices de los gobiernos.

 

Cien días es un tiempo demasiado corto para lograr avances sustanciales en un problema tan complicado como el de la inseguridad. Lo primero que tenemos que hacer, por lo tanto, es establecer metas claras y realistas. Los objetivos que se definan deben estar relacionados con las exigencias reales de la población: no tiene caso, por ejemplo, contabilizar el número de capos capturados, ya que cada una de estas capturas genera más violencia, sino buscar disminuciones concretas en los crímenes que afectan a los ciudadanos, como ejecuciones, secuestros y extorsiones.

 

Si un problema no se puede medir no se puede remediar. Es indispensable que contemos con información más transparente, disponible diariamente en internet, de cuánto se avanza o cuánto no en materia de seguridad. Y esta información debe ser confiable. Debe ser preparada y avalada no por los gobiernos o sus organizaciones satélite, sino por instituciones académicas independientes.

 

El primer paso para acabar con un problema es comprenderlo en toda su gravedad. Hoy por lo menos tenemos este reconocimiento. Pero para que podamos seguir avanzando en la lucha contra la inseguridad necesitamos despartidizarla.



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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

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