MARTES, 9 DE DICIEMBRE DE 2008
Abascal: Un fundamentalista tolerante

¿Usted considera que las acciones del actual gobierno concuerdan con sus propuestas de política industrial?
No
No sé



El punto sobre la i
“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
Víctor H. Becerra


Más artículos...
Manuel Suárez Mier
• Estancamiento sincrónico

Arturo Damm
• Riqueza

Roberto Salinas
• Libertad económica

Luis Pazos
• Cero crecimiento en 2019, ¿por qué?

Arturo Damm
• Empobrecimiento

Isaac Katz
• Competitividad

Ricardo Valenzuela
• La sarna del congreso de EU


Pulsaciones...
• De la amnistía a la legalización

• Votar, ¿derecho u obligación?

• Extinción de dominio y Estado de chueco

• Ante la 4T, ¿qué hacer?

Fernando Amerlinck







“Conocí a Carlos. Por eso sé de primera mano qué quiere decir tener cultura universal, tolerancia, espíritu demócrata, solidez de principios, caridad y respeto, habilidad política, y un infrecuentísimo amor a México.”


Me repito, como hace un mes, la pregunta que me hizo un hijo a propósito de la muerte de Mouriño, referida en una entrega anterior: ¿por qué la gente más nefasta sigue viva y dañando, y Carlos Abascal se muere?

 

No caigo en el elogio desmedido al muerto, cosa que tiene mucho de supersticioso. Lo que escribo hoy de Carlos lo dije en vida; me libero así de lo que me dijo un amigo lector cuyo juicio mucho aprecio: lo que natura non da, Gayosso non empresta.

 

Mientras mueren políticos decentes y patriotas, resucita de entre los albañales, en loor de acarreo y al son de sus billetazos, un hombre con las peores ligas. Preludia un ominoso futuro, con el señor Carroña y su pejefe y sus tribus devoradoras de prerrogativas. Persiste la más puerca pelea de maestros burros que no quieren examinarse, pero sí vender y heredar sus reales y borbónicos privilegios. Y bloqueadores de calles agraciados por gobiernos omisos que bloquean la ley (y el derecho ajeno a circular; y la paz).

 

No fue así Carlos Abascal, pensador convencido, defensor de principios estudiados y aceptados, hombre de fundamentos sólidos: fundamentalista, en el mejor de los sentidos. Fundamentado demócrata, sabedor de que la humanidad es compleja, rica y variada. Conocedor —como todo hombre culto, sabio, histórico— de que puedo mantener mi verdad y hacerme despellejar por ella; pero con el mismo valor, aceptar que puedo estar equivocado (eso se llama humildad) y que quienes piensan distinto tienen idéntico derecho a existir (según algunos, es ése el fundamento de la ética).

 

Leí mucho de esa célebre familia tradicional mexicana antes de conocer personalmente a un Abascal. Don Salvador (a quien nunca vi) compartía con mi padre cierta amistad, identidad de valores católicos, y concordancia en la lucha clandestina contra la persecución de Calles. Casi nunca hablé de eso con mi finado padre, cuya discreción rayaba en la secrecía; pero sé que, a riesgo de su libertad e integridad física, participó en la Liga Defensora de la Libertad Religiosa.

 

Conocí poco a Carlos, quien sólo una vez estuvo en mi casa; pero conozco bien a su hermano Salvador, amigo queridísimo. Sé así de primera mano qué quiere decir tener cultura universal, tolerancia, espíritu demócrata, solidez de principios, caridad y respeto, habilidad política, y un infrecuentísimo amor a México.

 

Contrasto por ello las pérdidas y consecuencias terribles de la imbecilidad prejuiciosa, infundada, inconducente, divisora y destructiva de catalogar a la gente en “izquierda” y “derecha”. Dividirla en estancos, con prejuicios a cual peor de infundados, por una binaria y simplona geometría que convierte ipso facto en amigo o enemigo a un compatriota, agua vs. aceite, traidor o compañero, enemigo o compadre. Al decir ¡es de izquierda! ¡es de derecha! sobreviene la inmediata descalificación. Qué agradecible es encontrar —tengo ese privilegio— a amigos comunistas o liberales, ateos o católicos que no caen en tan simplotas y fanáticas simplificaciones.

 

Vivió Carlos su religiosidad como norma profunda de conducta, guía ética para su acción pública, y encarnada práctica de vida. No se limitó (como tantísimos declarados católicos) a prácticas externas, golpes de pecho, ceremonias o condenaciones dignas de fariseos, talibanes e ideócratas marxistas o cristianos o musulmanes. Su religiosidad, como la del Abascal que mejor conozco, es germen de ética política, tolerancia, moral personal, decencia, generosidad y servicio (no hablo de la priísta “vocación de servicio”).

 

Añadamos la cultura y el talento, y —destacadamente en mi amigo Salvador— la simpatía y la ácida ironía, y veremos a mexicanos de excepción. (La última vez que hablé con Felipe Calderón, lejos aún de ser presidente, le reproché el inexcusable desperdicio para el PAN, de haber perdido la lucha cultural, encarnada en uno de sus señeros representantes; en no aprovechar cabalmente a Salvador Abascal Carranza).

 

Frente a la profusa hez de carroñeros putrefactos, comencé este escrito lamentando la pérdida de mexicanos grandes. Pienso en Clouthier, Heberto Castillo, Castillo Peraza, Mouriño, Carlos Abascal. Pero la cosecha de grandes mexicanos vivos nunca se acaba. Uno es Salvador, hermano mayor de Carlos. Qué gusto poder hablar de ellos así, en vida.


 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus