LUNES, 15 DE DICIEMBRE DE 2008
Y dale con la tiranía de los controles

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“Ahora los legisladores se muestran preocupados por los consumidores. Vaya hipocresía. Ya se les olvida las numerosas ocasiones en que actúan contra el consumidor como cuando aprueban impuestos, subsidios y protección comercial que beneficia sólo a unos cuantos particulares a costa de los millones de consumidores.”


Ya lo veíamos venir, nuevas agresiones estatistas a los mercados. La semana pasada expresábamos nuestra preocupación. Ahora las afores (ojalá se amparen) fueron el blanco. Se aprobó hace unos días una reforma a la Ley del Sistema de Ahorro para el Retiro (SAR). Con ello la CONSAR tendrá facultades para fijar topes a las comisiones y tarifas que cobran las afores a los trabajadores.

 

En este contexto, otra incongruencia total. La Comisión Federal de Competencia (COFECO) expresó su rechazo total la semana pasada al criticar y condenar cualquier intento de querer fijar topes a las tasas de interés. Ah, pero eso sí, plantea fijarle las tarifas por telefonía celular a Telcel. La razón, ser empresa dominante en el mercado. Más incoherencia no puede haber.

 

A ver, hay varias cosas que explicar y de paso le aclaro un punto a un lector que me acusa de apologista de los bancos extranjeros.

 

En primer lugar para quien esto escribe lo más importante del sistema no son los oferentes tal cual (quien piense eso, no ha leído el resto de mis colaboraciones en la página), sino las condiciones de mercado en que éstos se mueven y lo más importante, qué beneficios les resultan a los consumidores (que somos todos) de dichas condiciones.

 

Ahora los legisladores se muestran preocupados por los consumidores. Vaya hipocresía. Ya se les olvida las numerosas ocasiones en que actúan contra el consumidor como cuando aprueban impuestos, subsidios y protección comercial que beneficia sólo a unos cuantos particulares a costa de los millones de consumidores.

 

La mejor manera de beneficiar a los consumidores (que somos todos, insisto), es mediante el aumento en el número de oferentes en el mercado sin privilegio alguno para nadie. Ello redunda en mayor competencia que presiona los precios a la baja, lo que al final de cuentas se traduce en precios y calidad competitivas para los consumidores (que somos todos). Pero para que las condiciones anteriores se den es de vital importancia que el sistema ó mecanismo de precios funcione bien, sin distorsiones como precios máximos ó tope, precios mínimos, subsidios, impuestos, etc.

 

Primero hay que entender qué es el mecanismo de precios en la economía. Un precio es una señal de qué tan escaso ó abundante es un bien. Así, si un bien es escaso (como lo es un diamante), su precio será alto. Obvio, a mayor escasez, mayor precio. Viceversa, cuando hay abundancia de un bien (como podría ser el agua), su precio puede ser relativamente bajo. Ojo, los precios no me dicen si un bien es más valioso que otro (es obvio que el agua es más importante para la supervivencia humana que un diamante), sólo me indican la disposición a pagar de los consumidores dada la oferta y la demanda de millones de compradores y vendedores en el mercado. Así las cosas, los precios constituyen una señal esencial para productores y consumidores sobre qué tanto cuidar los bienes escasos ó qué métodos productivos menos costosos adquirir para producir dichos bienes.

 

Entendiendo esto, estamos del otro lado. Cuando los precios funcionan libremente, la mejor forma para tener precios más bajos es la de incentivar que haya muchos oferentes en el mercado, pues es la competencia por ganar consumidores lo que incentiva a éstas a buscar tecnologías eficaces que les haga ganar más mercado con precios más bajos. Esta es la mejor forma de reducir los precios que llegan al consumidor. ¿De veras entienden esto en la COFECO?

 

La otra forma de reducir los precios es mediante la demagogia de los controles artificiales de precios. Esta es la forma más perversa y costosa, pues ha demostrado su ineficacia a través de la historia económica de los países. Por desgracia en América Latina, en donde las sociedades tienen una escasa cultura económica, hay una propensión de las mismas en los últimos años, a creer que los gobiernos pueden, con una varita mágica, bajar los precios de todos los bienes al consumidor y con ello alcanzar bienestar para todos. Esto es falso y representa un enorme costo de oportunidad para la región.

 

Cuando el gobierno “ordena” un precio máximo ó tope, lo que está haciendo es que el sistema de precios transmita señales equivocadas, lo que origina que la asignación de recursos no sea la óptima. Y la razón es sencilla, si alguien me dice que algo escaso es barato (cuando debería ser caro), entonces asigno recursos para comprar dicho bien, lo que ocasiona dos cosas: un aumento en la cantidad demandada que agudiza la escasez y dos, al oferente no le da incentivos para producir u ofrecer más (con el precio máximo ó tope no cubre sus costos), lo que presiona -agrava- aún más la escasez. Al final el resultado también pueden ser dos: uno, la creación de mercados negros, en donde los precios estarán muy por encima de los que habrían prevalecido en un mercado competitivo (sin distorsiones como los precios tope) que sólo estarán al alcance de los más ricos. Y dos, la peor consecuencia, que los mercados se destruyan, es decir, que la medida de controles sea tan dura, que origine que la rentabilidad para el oferente sea tan negativa que terminen por desaparecer. Esto es el extremo, como ocurrió con las pequeñas unidades productivas comerciales como los kulaks en la unión soviética, en donde al suprimirse los precios, el intercambio se vio tan mermado que el resultado fue una espantosa hambruna que provocó la muerte de millones de personas.

 

El mecanismo de precios sin distorsiones y sólidos derechos de propiedad son fundamentales para que toda economía de mercado funcione eficazmente. Cuando no, entonces ocurre lo de Venezuela (inflación y escasez) ó Argentina (inflación y despojo a los trabajadores).

 

Para un mercado como los bancos y afores, los controles de precios llevarán sin duda a la desbancarización de los consumidores más pobres y/o retiro de las inversiones en dichos sectores. Asimismo, provocará que otros servicios no regulados se encarezcan, pues los bancos no pueden perder rentabilidad, pues en caso contrario, en el extremo, optarían por retirarse. Por lo pronto ahí están ya los izquierdistas trasnochados como los del PT pidiendo la nacionalización del sistema de pensiones, al estilo argentino. Tal como dije la semana pasada, qué peligro.

 

Que de una vez por todas lo entiendan las autoridades, los precios tope NO funcionan. Darle más “dientes” a las burocracias tampoco funciona y sólo frena y encarece los intercambios. Si en verdad se desea beneficiar a los consumidores es de vital importancia, primero, no distorsionar los precios con controles, segundo, bajar los costos regulatorios, tercero mejorar los derechos de propiedad (sigue siendo incierta la solidez en la garantía de los acreedores, contrario al sector hipotecario, en donde las tasas de interés, dado el contexto macroeconómico, son bajas), y, cuarto, abrir aún más los mercados al resto del mundo así como reducir drásticamente las barreras a la entrada (hoy sólo entran al negocio banqueros extranjeros y mexicanos ricos todopoderosos) para que más participantes entren y entonces sí, los precios, tarifas y comisiones vayan a la baja.

 

Por cierto, con la crisis de consumo que ya empezó, es estúpido forzar a la baja las tasas de interés, pues los costos de cartera vencida lo impiden, así como las condiciones inflacionarias altas que resultan en una política monetaria restrictiva de Banco de México.

 

Ojalá se detenga ésta nueva ola estatista, esta nueva tiranía de los controles. Lamentablemente oyendo el discurso keynesiano populista de Calderón, lo dudo.

• Cultura económica • Demagogia

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