Jaque Mate
Dic 23, 2008
Sergio Sarmiento

Petroprecios en el suelo

La volatilidad de los precios debería hacernos reflexionar sobre lo absurdo que es seguir usando el petróleo como forma de subsidiar el gasto corriente del gobierno y así evitar la realización de esa reforma fiscal de fondo que deberíamos haber hecho hace décadas.

Este pasado 18 de diciembre la mezcla mexicana de petróleo crudo de exportación se cotizó en 31 dólares por barril. Hace apenas algunos meses este precio habría parecido imposible. Apenas en julio de este ya desfalleciente año nuestra mezcla de crudos pesados, con el poco ligero que producimos, se vendió hasta en 132 dólares.

 

La caída de las cotizaciones no tiene por qué generar un pánico inmediato. Para empezar, la Secretaría de Hacienda contrató una cobertura con derivados que hará que recibamos 70 dólares por barril a lo largo del 2009 independientemente de cuál sea el precio real en los mercados. Por otra parte, el costo de producción del petróleo crudo mexicano sigue siendo uno de los más bajos del mundo. En el 2007, México pudo extraer crudo a un costo promedió de 4.36 por ciento.

 

La volatilidad de los precios, sin embargo, debería hacernos reflexionar sobre lo absurdo que es seguir usando el petróleo como forma de subsidiar el gasto corriente del gobierno y así evitar la realización de esa reforma fiscal de fondo que deberíamos haber hecho hace décadas. Emplear los ingresos que se obtienen de un recurso natural no renovable, y el cual se está agotando en nuestro país, para financiar los sueldos y gastos de una extensa burocracia es una estrategia suicida desde cualquier lado que se le vea.

 

Otros países han sido mucho más sensatos en el uso de sus recursos naturales no renovables. Noruega creó con su ingreso petrolero un fondo de pensiones que garantizará que muchas generaciones de noruegos tengan garantizada su jubilación, independientemente de lo que pase con su economía o con los hidrocarburos. Chile ha creado un fondo con los recursos del cobre que incluso se invierten fuera del país para evitar el llamado síndrome holandés, por el cual el dinero que se obtiene de un recurso natural sobrevalúa la divisa e inhibe las inversiones productivas en campos productivos.

 

Nosotros nos estamos acabando el recurso natural sin que tengamos nada que mostrar a cambio. Tenemos un gobierno ineficiente, un sistema de seguridad incapaz de derrotar a la delincuencia organizada, una educación que no prepara realmente a los mexicanos para competir en el mundo.

 

Es muy probable que el precio del petróleo aumente en los meses venideros. La OPEP ha ratificado una reducción de 4.2 millones de barriles diarios que, aunque no se cumpla cabalmente, debería ayudar a apuntalar el precio. Si bien sigue habiendo mucho petróleo en el mundo, el que puede explotarse se encuentra en condiciones de cada vez más difícil extracción.

 

Nosotros mismos en México nos estamos acabando nuestro petróleo. La producción en México está cayendo a una tasa cercana al 10 por ciento anual. Las reservas que sabemos que tenemos, por ejemplo, en Chicontepec o en aguas profundas del golfo de México, costarán mucho más para desarrollarse.

 

Nuestro gobierno pudo haber aprovechado el petróleo de aguas someras de la sonda de Campeche, y en especial de Cantarell, para transformar el país. En lugar de eso mantuvimos un monopolio ineficiente que poco de bueno nos ha traído. Pero hoy, que nos damos cuenta de la fragilidad del mercado petrolero, deberíamos empezar a hacer una transformación radical en la forma en que hemos venido actuando. Esa transformación debería incluir una verdadera reforma fiscal, que le permitiera al gobierno dejar de depender del ingreso petrolero, y una reforma petrolera a fondo, que nos permitiera abrir las reservas a la inversión privada, para producir hidrocarburos de manera más eficiente para beneficio de los mexicanos.

• Petróleo


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