LUNES, 19 DE ENERO DE 2009
El engaño de los estabilizadores automáticos

¿Usted considera que las acciones del actual gobierno concuerdan con sus propuestas de política industrial?
No
No sé



El punto sobre la i
“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
Víctor H. Becerra


Más artículos...
Manuel Suárez Mier
• Estancamiento sincrónico

Arturo Damm
• Riqueza

Roberto Salinas
• Libertad económica

Luis Pazos
• Cero crecimiento en 2019, ¿por qué?

Arturo Damm
• Empobrecimiento

Isaac Katz
• Competitividad

Ricardo Valenzuela
• La sarna del congreso de EU


Pulsaciones...
• De la amnistía a la legalización

• Votar, ¿derecho u obligación?

• Extinción de dominio y Estado de chueco

• Ante la 4T, ¿qué hacer?

Godofredo Rivera







“A los neokeynesianos les fascinan los estabilizadores automáticos porque en el fondo creen que el Estado tiene supremacía sobre los particulares en la asignación de los recursos.”


Hay economistas que se oponen a que se hagan leyes para que el presupuesto del gobierno se mantenga equilibrado de manera permanente. La razón, aducen, es que el gasto público funciona como un estabilizador automático, es decir, como un factor que contribuye a que se reduzca la magnitud de las fluctuaciones económicas (las altas y bajas del ciclo económico). A raíz de lo que le pasó a la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria, infiero que eso es lo que piensan los asesores económicos del Presidente Calderón.

 

El argumento es el siguiente: cuando una economía entra en una recesión, la cantidad de impuestos recaudados por el Estado disminuye automáticamente, ya que casi todos los impuestos van ligados con la actividad económica. Por ejemplo, el ISR es el impuesto que sobre sus ingresos pagan personas físicas y morales, los cuáles ante una recesión, ven disminuidos sus ingresos, sea por que caen los beneficios obtenidos (ante contracciones en la demanda) ó peor aún, por que han perdido el empleo. Así las cosas, al caer los ingresos de familias y empresas, también cae lo que recauda por los mismos el Estado. Aquí es donde entra a escena el gasto público como estabilizador automático.

 

Ante el desempleo y contracción en las ventas de las empresas, el gasto público expansivo entra a “sustituir” a la demanda agregada caída (sustituye la menor demanda de familias y empresas). Este incremento automático del gasto público entra a estimular la demanda agregada exactamente en el momento en que ésta fue insuficiente para mantener el “pleno empleo” en la economía.

 

Otro ejemplo de estabilizador automático es el seguro del desempleo, el cuál entra en acción para suplir una parte de los ingresos de los trabajadores desempleados (ojo, seguros de desempleo debidamente fondeados, no como la payasada populista del seguro de desempleo creado en el DF por Marcelo Ebrard).

 

¿Qué sucedería si no existieran en la economía estos estabilizadores automáticos?

 

Sencillo, en una recesión, el gobierno estaría obligado uno, a reducir su gasto y/o a aumentar los impuestos, lo que agravaría ciertamente la recesión.

 

Hasta aquí parece coherente esta estrategia.

 

Recordemos lo siguiente. El déficit público es el exceso de gasto sobre los ingresos del sector público (léase papá gobierno), y puede financiarse básicamente de dos maneras: imprimiendo dinero ó con deuda. No hay de otra.

 

Sea imprimiendo dinero, ó contrayendo más deuda, el déficit fiscal se traduce al final de cuentas en impuestos ocultos para el contribuyente, lo que reduce el poder de compra de los particulares (usted ó yo amigo lector). Si el déficit fiscal se financia por emisión de dinero, el resultado entonces es inflación, lo que es un impuesto sobre el poder de compra de las personas (la inflación reduce los saldos reales, por lo que los particulares, a un nivel de ingresos dado, consumen menos, de lo que resulta pérdida de bienestar), especialmente de las más pobres. Si el déficit se financia con deuda, entonces ello implica impuestos futuros para pagarla eventualmente. Por tanto, el gasto público lejos de ser un “animador” de la actividad económica, es en realidad una carga tributaria para las particulares.

 

No hay magia, por ejemplo, la única manera en que gobiernos nuevos como el de Obama reduzcan impuestos y aumenten el gasto público, es, ó endeudarse más (y con ello aumentar la carga tributaria futura) ó monetizar el déficit, es decir creando inflación. Ojalá no sea el escenario de EU, pero por las declaraciones de los políticos en Washington, tal parece se repetirá la era Carter. Ojalá me equivoque.

 

En el caso del gobierno mexicano, éste ha optado por la estrategia fácil keynesiana de aumentar el gasto público. Con ello el 2010 -y no el 2009- será verdaderamente el año complicado para las finazas públicas, que podrían estar más desequilibradas, con mayores impuestos y con un petróleo a la baja.

 

De veras no aprenden historia los neo-keynesianos, ahí está otro caso dramático, Japón, que por más estímulos monetarios y fiscales, no más no sale del bache. Ya la deuda ronda el 130% del PIB. No hay duda, las nuevas generaciones de japoneses disfrutarán de menor bienestar respecto al de sus padres.

 

No debería haber controversia en torno al presupuesto equilibrado. De hecho el debate se sostiene porque parte de falsas premisas: que el gobierno gasta mejor que los particulares y que es crucial para “compensar” las caídas en la demanda agregada.

 

La evidencia señala que sólo en el corto plazo puede el gobierno “estimular” la demanda agregada, lo que además se hace a base de engaños: inflación ó más deuda, lo que implica mayores cargas impositivas para las personas.

 

Una regla mejor sería obligar al gobierno a tener superávit crecientes en su presupuesto, especialmente en la época de “vacas gordas,” crear una especie de fondo como lo han hecho algunos países escandinavos, para que en épocas de crisis, retirar parte del mismo (sin caer en la tentación populista del déficit), y con ello sí “amortiguar” parte del ciclo económico.

 

Finalmente, a los neokeynesianos les fascinan los estabilizadores automáticos porque en el fondo creen que el Estado tiene supremacía sobre los particulares en la asignación de los recursos. La historia ha demostrado que no es así. Por desgracia, en economía en los últimos años han prevalecido los criterios estatistas. Esa es la cruda realidad.

 

Si el Estado se moviera con criterios liberales, uno, los ciclos de negocios si bien no desaparecerían (de hecho ante la destrucción creativa que se da en los mercados son de vital importancia) sí se suavizarían, y dos, el criterio sería el de un gobierno limitado que reciba impuestos voluntarios ó de algún tipo de IVA (de tasa muy baja), jamás atentando contra el ingreso de las personas como hoy lo hacen todos los gobiernos del planeta. Esta limitación del Estado naturalmente obligaría a no quitarle a unos para darle a otros, lo que evitaría que los parásitos chupa sangre del presupuesto (grupos económicos que buscan rentas a costa del contribuyente, sindicatos, gremios comerciales, políticos, etc.) aparecieran siempre en escena.

 

Lamentablemente sé que aún es un sueño el llegar a un orden así, pero ello no me impide criticar al engaño keynesiano que pretende venderse como verdad absoluta, que pretende vender a los estabilizadores automáticos creados desde el gobierno como la verdadera solución a las recesiones.

 

No se quiere reconocer que el mejor estabilizador automático es el natural, aquel que implica que ante la baja en los precios en una recesión, se crean fuerzas que reestablecen el “pleno empleo” en la economía, pues menos precios -y menores impuestos- implican después una mayor demanda que reestablece el equilibrio. Pero para ello es de vital importancia el funcionamiento libre de los precios en particular en los mercados laborales y de dinero.

 

Ello significa mercados laborales flexibles en el que sea fácil contratar y despedir, así como mercados de dinero no inflados ó desinflados artificialmente por los bancos centrales. Los keynesianos, y ahora los neokeynesianos, persisten en su mentira, el gasto público NO es la solución a nuestros males, de hecho sólo los agrava. Ojalá que esta crisis, con las pifias keynesianas, de una vez por todas entierre al populismo keynesiano. Lamentablemente el ser humano es superficial por naturaleza y la historia se olvida muy fácilmente. Aquí estaremos mis colegas liberales y un servidor para señalarlo.

• Problemas económicos de México

 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus