MIÉRCOLES, 3 DE JUNIO DE 2009
Más allá de la crisis

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“¿Por qué nos ha pegado desproporcionalmente más fuerte la caída de la demanda estadounidense que a los mismos estadounidenses, por no decir a otros mercados emergentes?”


La crisis que padece la economía mexicana va mucho más allá del 2009 como un “año perdido.” Parecería un guión de una secuencia de horrores que coincidieron para formar una tormenta perfecta.

 

Vaya, hasta la crueldad de la naturaleza se ha hecho sentir, con dos temblores en menos de un mes.

 

La última noticia, la caída registrada del crecimiento en el primer trimestre, es un dato que refuta el triunfalismo inicial de pensar que estábamos sanos y salvos, que sufriríamos apenas un catarrito. Al contrario, la neumonía ha sido salvaje, más aun si la medimos en forma desestacionalizada.

 

La ironía es que, en la mayoría de los casos, los ingredientes de la crisis sí son, en esta ocasión, ingredientes importados, o factores fuera de nuestro control. Otras crisis económicas siempre se caracterizaron por la búsqueda desesperada de un “chupacabras,” de un factor exculpatorio que librara a las autoridades de rendición de cuentas y responsabilidad—sacadólares, imperialistas, Raúl Salinas de Gortari, lo que sea, como sea. Pero ahora, esta vez sí, la crisis surgió de elementos externos.

 

Así, parecería también que enfrentamos un riesgo dramático, tanto en la tasa de desempleo como en el aumento de la pobreza. Además, la tormenta perfecta tiene sus apoyos paralelos. Ya no podemos depender del “long boom” al norte de la frontera (que representaba una fuente de demanda casi inelástica por productos mexicanos); ya no podemos complacernos con altos precios del petróleo (al fin y al cabo, en cosa de unos años, hasta podríamos estar necesitados de importar crudo); y ya no existen las fuentes eternas de rescate financiero que nos salvaron en el pasado. Ni las válvulas de escape tan probadas y abusadas, como los son la inmigración ilegal o la economía informal, resultan suficientes para absorber todo el daño económico.

 

Así, parecería que enfrentamos un riesgo fundamental, tanto en el desempleo como en el aumento de la pobreza. Una interrogante de curiosidad relevante es: ¿qué hubiera pasado con la economía mexicana si la crisis se hubiera dado en un contexto de inestabilidad macroeconómica? La catástrofe hubiera rebasado los peores temores del ingeniero Slim. El contrafactual resalta el riesgo presente del populismo financiero, de crecer a punta del endeudamiento de generaciones futuras, o de andar, al mejor estilo del ogro filantrópico obamista, usando recursos públicos para rescatar empresas con amplio aullido político.

 

La otra pregunta capital es: ¿por qué nos ha pegado desproporcionalmente más fuerte la caída de la demanda estadounidense que a los mismos estadounidenses, por no decir a otros mercados emergentes? Habrá muchas respuestas, y como todos, nos atrevemos a plantear la nuestra: porque nos faltó la tarea interna (las reformas) de consolidar las facilidades al trabajo, a la inversión y a la oportunidad de prosperar. Es, sin duda, un tema que deberá tratarse con fondo, y con detalle.

• Crisis / Economía internacional

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