JUEVES, 25 DE JUNIO DE 2009
Fracaso de la ley electoral

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“Los propios políticos se han dado cuenta de que han cometido un error y algunos han venido señalando que sería importante hacer una nueva reforma electoral. Pero hay que tener cuidado. Si bien todos están de acuerdo en que se necesita una reforma en abstracto, cuando se baja el detalle muchos proponen medidas que buscarían hacer todavía más restrictivo y represor el sistema.”


En 1977, después de una elección en que el priista José López Portillo del PRI fue declarado ganador de la elección presidencial con el 100 por ciento de los votos, algunas personas inteligentes dentro del sistema político, entre ellas don Jesús Reyes Heroles, decidieron que era importante reformar el sistema electoral de nuestro país. Con esa reforma se legalizaron los partidos que habían estado proscritos, como el Partido Comunista Mexicano, antecedente del actual PRD, y se tomaron otras medidas para facilitar el surgimiento de un verdadero sistema democrático.

 

Éste fue el primer paso en una serie de reformas, seis en total, que culminaron con la de 1996 que dio una mayor equidad al sistema de financiación de los partidos políticos y a su acceso a los medios masivos de comunicación.

 

Con las reglas que se establecieron en estas reformas electorales, se desmanteló el sistema de partido único que teníamos. El PRI perdió su perenne mayoría absoluta en el Congreso en 1997. En el 2000 un candidato del PAN ganó la Presidencia de la República. En el 2006 vivimos la más reñida competencia electoral en la historia del país, con una elección decidida por un margen de diferencia de apenas 0.56 por ciento.

 

Las reformas habían logrado lo que se buscaba. Del país autoritario de 1976, en que tuvimos un presidente electo con el 100 por ciento de los votos, pasamos a una democracia de intensa competencia y alternancia de partidos en el poder.

 

Este nuevo mundo de competencia, sin embargo, no convino a los dirigentes de los partidos políticos, por lo que en el 2007, en un año en que las principales demandas de la población eran lograr una mayor seguridad pública y la realización de reformas económicas de fondo que permitieran una mayor prosperidad para los mexicanos, los políticos decidieron que la mayor urgencia del país era llevar a cabo una nueva reforma electoral que les diera un mayor control sobre el sistema electoral y sobre los miles de millones de pesos que éste desembolsa cada año.

 

En este 2009 hemos vivido la primera elección federal bajo las nuevas reglas y el resultado ha sido desastroso. Las campañas sucias han proliferado en discursos, internet y medios impresos, mientras que los ciudadanos han sido sometidos a un interminable golpeteo de spots de radio y televisión, cuyo número ha aumentado de 755 mil en la campaña electoral del 2006 a 23.4 millones en este 2009. Lo peor de todo es que estos spots han sido absolutamente insulsos, ya que no se permite hacer ninguna crítica a los rivales. Mientras los ciudadanos son sometidos a spots de 20 segundos sin contenido, los debates de fondo han quedado virtualmente proscritos. No hay información sobre temas de fondo ni posibilidad de cuestionar las promesas de los partidos. El IFE se ha convertido en un gran censor de las expresiones de opinión política. Una de las consecuencias ha sido el surgimiento de un importante movimiento ciudadano que promociona la abstención, el voto en blanco o la anulación de la boleta.

 

Los propios políticos se han dado cuenta de que han cometido un error y algunos han venido señalando que sería importante hacer una nueva reforma electoral. Pero hay que tener cuidado. Si bien todos están de acuerdo en que se necesita una reforma en abstracto, cuando se baja el detalle muchos proponen medidas que buscarían hacer todavía más restrictivo y represor el sistema.

• Reforma electoral

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