LUNES, 29 DE JUNIO DE 2009
Yo no anularé mi voto

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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Entre 0% y 1%
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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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“Votaré por la fruta menos podrida y ordenaré el platillo menos asqueroso. En política raramente se escoge entre bueno y malo. Eso de "busquemos lo imposible” es demagogia en lo político (aspiro realistamente a lo imposible en mi ámbito personal, único en el que alguien puede hacer cosas grandiosas). La política está contaminada por el virus de lo posible.”


La tentación por anular es grande. El coraje, mayúsculo. El nivel del abuso del poder sería histórico, si no fuese nuestra constante histórica más constante abusar del poder. La mediocridad política alcanza dimensiones nada mediocres y sí suntuosas, titánicas, oceánicas.

 

Pensé seriamente en anular como opción digna para un votante decepcionado que fue luchador por el respeto a lo que hoy se invita a anular. Lo aconsejaron amigos cuya visión respeto profundamente: Fárber, Crespo, Ruiz-Healy, sólo por mencionar a tres.

 

Lo que ha hecho con su mandato el partido por el que libré tantas, a veces peligrosas batallas (sin haber sido nunca miembro de pleno derecho) da verdadera furia. Es calificable de traición: a sus principios de doctrina; al pensamiento de Gómez Morín; a la imaginación, liberalismo y valor civil de Clouthier; a la precisión ideológica de Castillo Peraza. Traición de Fox a todo lo anterior, con sus enredos de alcoba en que pareció haberle dado toloache la otra mitad de esa lamentable pareja. (Hago expresa excepción del presidente Calderón, único de quien he visto –salvo en su política económica, que ha delegado a tecnócratas gringopriistas– acciones de valor y de congruencia que no avergonzarían a sus mentores blanquiazules de mejores épocas.)

 

Tampoco me convencen todas las peticiones de Fernando Martí, especialmente el plebiscito, el referéndum y la iniciativa popular. De Ikram Antaki aprendí a distinguir la democracia de opinión de la representativa; la de opinión está necesariamente sujeta a la ignorancia, y los mecanismos como el plebiscito y el referéndum son la opinión llevada a rango de soberanía. “¿Considera usted conveniente que se haga un segundo piso en el Periférico?” y responde quien vive en Ixtapalapa.

 

De allí a la revocación del mandato (la demagogia llevada a las altas esferas de decisión) hay sólo un pasito. Legisladores y gobernantes necesitan tiempo para poner en práctica sus obras, y si son responsables, deben tomar decisiones impopulares. Por ejemplo, contraer el gasto en épocas inflatorias; o implantar un iva generalizado. O hacer obras invisibles, como infraestructura para recargar el acuífero de esta ciudad. Imposible, si se impone la opinión.

 

La campaña por anular el voto torpedeó la línea de flotación de los partidos: la legitimidad. Jamás se habían preocupado tanto, por ejemplo, por el abstencionismo; con 99% de abstención habría de todos modos 500 nuevos diputados que sólo representarán a sus monopólicos clubes, y así sería con abstención cero. Pero ante la rampante partidinerocracia, esta campaña tan espontánea como fresca ha cundido y generado en el “sistema” una reacción quizá útil para (esperemos) devolver al ciudadano alguno de sus derechos perdidos.

 

Votaré por la fruta menos podrida y ordenaré el platillo menos asqueroso. En política raramente se escoge entre bueno y malo. He aprendido más en mi actual, sesentera juventud que en aquella de los años sesentas cuando decíamos “seamos realistas: busquemos lo imposible”. Eso es demagogia en lo político (aspiro realistamente a lo imposible en mi ámbito personal, único en el que alguien puede hacer cosas grandiosas). La política está contaminada por el virus de lo posible. Lo imposible, utopía de los soñadores universitarios, suele convertir en Gulags sus tropicales junglas.

 

Votar en blanco tiene la ventaja de aumentar las posibilidades de acabar con las frutas más podridas, que son los partidos-negocio; peor aún, las frutas venenosas como el PT. Y eso sin pedirle permiso a los partidos grandes. Mientras menos votos válidos reciban aquellos parásitos, mejor.

 

Espero no arrepentirme de votar, porque además del abuso del poder, otra constante histórica mexicana es la traición. Los “elegidos” el 5 de julio traicionarán también las promesas firmadas ante notario público, y no sólo hablo de los rufianes presupuestívoros del Verde; la traición no reconoce colores, y el carácter dinerero del gobierno y los negocios que de él emanan (partidos, sindicatos, monopolios empresariales, guarderías, corralones) no se acabará votando en blanco.

 

Pero ¿quién construye una democracia en apenas 13 años en que el voto se ha respetado en este país? ¿Y quién ha pensado que para tener un gobierno menos indecente, basta con las elecciones?

• Democracia mexicana

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