LUNES, 29 DE JUNIO DE 2009
Yo sí anularé mi voto

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“Decir que es mejor votar por el partido menos peor, por el político menos peor, es lo más denigrante y mediocre que he oído. No me convertí en liberal para pensar y actuar así.”


¿Qué tienen en común los partidos políticos mexicanos? En los últimos días hemos presenciado debates -mediáticos- entre los tres principales partidos (PRI, PAN, PRD) y el común denominador de todos es creer que sólo la dádiva gubernamental es la que sacará de la pobreza a los mexicanos.

 

En algunos el estatismo está más arraigado (PRI, PRD); en otros un poco menos (PAN); lo cierto es que al final de cuentas todos, todos los políticos mexicanos creen erróneamente que es sólo mediante la redistribución del ingreso (quitarle a los que más tienen para darle a los que menos) se alcanzarán las grandes ligas del desarrollo económico. Pero detengámonos a reflexionar un poco al respecto.

 

Los liberales solemos ser muy duros con los gobiernos (a veces tal vez nos gana el hígado y se nos pasa la mano); que si el gobierno esto, que si el gobierno aquello. Pero cuidado, hay que ser más profundos en nuestras críticas. Nuestro actual sistema político proviene de la dictadura perfecta priísta, reflejo de pugnas y luchas por el poder sangrientas -previas al PRI- que hundieron a México en una revolución sanguinaria e inútil en muchos aspectos.

 

Después del estatismo a ultranza de la era echeverrista y lopezportillista, así como de la mediocridad –también estatista- de la era de Miguel de la Madrid, llegan al poder los tecnócratas (economistas y administradores públicos educados en el extranjero, principalmente en EU) encabezados por Carlos Salinas de Gortari, y que realizan reformas muy importantes para corregir el rumbo. Desde apertura de mercados hasta privatizaciones (a veces no exitosas), los tecnócratas realizan cambios que eliminan la esclerosis de la economía mexicana. Sanean las finanzas públicas y corrigen varios aspectos de la administración pública. En una palabra, modernizan a México.

 

Luego, la soberbia salinista, que termina por confiarse y no liberalizar el tipo de cambio, creyendo que le llegarían toneladas de dólares por la firma del TLC. Vaya decepción que revienta con la devaluación de 1994 (diciembre). Nadie ciertamente esperaba ese violento año de crímenes políticos. Sangre y devaluación envuelven a un país cuyos dirigentes políticos creyeron que en un solo sexenio se alcanzaría el primer mundo. Soberbia pura.

 

Con Ernesto Zedillo -que a veces también peca de la clásica soberbia tecnocrática- se corrigen excesos de la era salinista y se continúa con la modernización económica, consolidándose el equilibrio en finanzas públicas a pesar del costoso Fobaproa. Por cierto, Zedillo hace una propuesta ambiciosa para modernizar a la industria eléctrica y el PAN la bloquea. Ahora que el PAN se queja del bloqueo priísta ya no se acuerda del pasado reciente. Desmemoria cínica.

 

Llega el año 2000 y por primera vez los mexicanos estamos ilusionados. Gana por primera vez un partido distinto al oficial. Llega al poder la derecha panista encabezada por Vicente Fox. Llega al poder un partido no liberal, pero que simpatiza con la modernidad tecnocrática priísta. Luego, otra vez la decepción, un Vicente Fox, que aunque en lo económico respeta las reglas de responsabilidad, su iracundo comportamiento -y muchas veces bisoño- no conlleva a nada en la negociación política y las reformas de segunda generación simplemente no llegan.

 

Estas continuas decepciones hacen que en las elecciones del año 2006, los mexicanos estuviéramos a punto de llevar al poder a un mesías, a nuestro propio Hugo Chávez. Vaya cerca que estuvo México de volver al desastroso y dictatorial populismo priísta. Ya hoy los periodistas de izquierda que critican a López se lavan las manos y cínicamente no se quieren acordar de cómo lo apoyaron y peligrosamente lo inflaron.

 

Gana otra vez un candidato panista -por poquito y en medio de acusaciones de fraude nunca demostradas por el Mesías López-, Felipe Calderón, que ilusiona nuevamente a muchos mexicanos. Se trata de alguien con más oficio político que su antecesor. Pero, oh decepción, comienza la terrible crisis mundial que provoca el Banco central estadounidense. Sin embargo, esto no es pretexto para señalar los errores calderonistas.

 

Aunque en lo económico se mantiene el orden, se cae en los viejos populismos de control de precios y subsidios indiscriminados. Pero lo peor, la etapa panista (en lo general responsable en lo económico) desde el año 2000 no realiza ningún cambio marginal (de golpe sabemos es imposible) para eliminar los perversos incentivos priístas con la que se mueven los sindicatos y las viejas corporaciones en México.

 

Con el PAN se continúa en el craso error (que en otro artículo ya abordaré con detalles) de que es el gasto público creciente el que nos salvará de la crisis, en que es el gobierno el que debe gastar más y más en el campo -otro viejo y rancio bastión priísta- y sobre todo en el desarrollo económico (para beneplácito de los chupeteadores privados del presupuesto). En materia social el PAN no deja de comportarse como un partido socialista -ciertamente más ordenado que el viejo PRI y PRD- que otra vez equivocadamente cree que sólo gastando más y más en educación y programas sociales se acabará con la pobreza. Y lo peor, un PAN que pactó y coadyuvó al desmantelamiento del IFE y -quiero pensar que sin querer- creando reglas de competencia política que nos lleva nuevamente a la vieja censura priísta.

 

Aquí es donde llego al objetivo de mi reflexión inicial. El PAN no desmanteló a la censura de la Secretaría de Gobernación, ni a los sindicatos. Asimismo, ha continuado con las viejas políticas socialistas.

 

El comportamiento de los partidos políticos mexicanos se debe a que son producto de cómo pensamos los mexicanos. Y ello pasa por varios Méxicos, pero el principal, seguimos teniendo los mexicanos, los que votamos y pagamos impuestos, una mentalidad socialista, un comportamiento que se traduce, a la hora de cualquier tipo de elección, en esperar qué nos da tal ó cual partido, que si la beca, que si el subsidio, que si la vivienda, que si hasta los alimentos, etc. Así, ¿cómo demonios queremos que haya partidos modernos?

 

La causa es el sistema educativo mexicano. Desde la educación básica hasta la educación superior, la cultura económica de los mexicanos es demasiado pobre tanto en instituciones públicas como privadas (con sus notables excepciones por supuesto). Y la causa es sencilla. El virus socialista está metido hasta la médula. Ello induce al mexicano promedio a ser ultranacionalista, a ser dependiente eterno del paternalismo gubernamental. Cuidado, ese es el camino directo a crear y tener a nuestro propio dictadorzuelo chavista.

 

Concuerdo con algunos de mis colegas liberales, la democracia -y la incipiente democracia mexicana más- puede ser el camino perfecto a los tiranos.

Yo anularé mi voto en las próximas elecciones (¡basta 10!). Sé que también hay colegas liberales que difieren de mi opinión, por lo que mi reflexión no intenta grillarlos y convencerlos. Sólo explico el por qué de mi decisión:

 

Decir que es mejor votar por el partido menos peor, por el político menos peor, es lo más denigrante y mediocre que he oído. Contradice los valores de excelencia que me heredó mi padre. No me convertí en liberal para pensar y actuar así. Estoy harto al igual que algunos mexicanos -por desgracia no la mayoría- de los partidos políticos, y ello implica no seguir cooperando con la democracia pervertida mexicana. Como liberal no pienso más hacerle el juego a los mediocres políticos.

 

La salida es, primero reformar profundamente al sistema educativo mexicano. Luego, intentar crear una república confederada -regida por el derecho privado exclusivamente-, que nos lleve a una “democracia liberal” que elimine a la democracia vulgar que no es otra cosa que el despojo de la minoría por la rapaz mayoría.

 

Estoy por acercarme a la medianía de edad de mi vida, por lo que mi decisión no es la de un muchachito rebelde. Mi intención es aportar un grano de arena a la libertad y ello, definitivo, ya no pasa por votar por los menos malos. En estos años recientes me la he pasado enseñando y escribiendo para mejorar la cultura económica del mexicano promedio. Algo tal vez he logrado. Pero estoy harto. Es muy difícil que por nuestra historia lleguemos a un sistema como el que escribieron los padres fundadores de los Estados Unidos. Lo que al menos intentaré es, como el grupo pequeño de mexicanos que así lo pensamos, presionar para que el sistema político se abra, y compita más intensamente, en un entorno de NO censura y dé pie a más participación de los ciudadanos en la política. Puede ser que esta estrategia esté equivocada, pero me sería peor saber que me quedé con las manos cruzadas.

 

Si vuelve a triunfar la partidocracia -con sus votos duros- entonces seguro emigraré a una sociedad avanzada, en la que sé también hay imperfecciones, pero en la que al menos ya no veré las mismas caras de los López y los Beltrones, ya no veré los balazos y asesinatos de la equivocada y sangrienta guerra calderonista contra el narcotráfico y en donde por supuesto no seré testigo de la funesta censura. Los mexicanos, y tristemente lo digo, si vuelve a triunfar la pratidocracia, entonces como diría el gran Milton Friedman, tal vez tengan que llevar al poder a su dictador chavista y con ello, al caer en la esclavitud, por fin apreciar la libertad. Yo por lo pronto no le entro a esta aberración política.

• Democracia mexicana

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