Nostalgia del porvenir
Jul 31, 2009
Fernando Amerlinck

Un país engobiernado

Para todo lo importante, el sexenio de Calderón ha terminado. Tras el 5 de julio, las declaraciones constitutivas no las hará él sino el que de veras mandará: el Congreso. Es decir: el PRI. Ahora, más que nunca, Calderón estará atado de manos.

Para todo lo importante, el sexenio de Calderón ha terminado. Tras el 5 de julio, las declaraciones constitutivas no las hará él sino el que de veras mandará: el Congreso. Es decir: el PRI. Es decir, el sonorense Beltrones y algunos más. Comenzará cierto “régimen parlamentario”. Las reformas constitucionales obedecerán a la nueva norma del siglo XXI: deberán atacar libertades fundamentales del ciudadano.

 

Al Ejecutivo le pasa desde 1997 (y ahora será peor) lo que a los directores generales sin suficiente autoridad delegada: los avasalla el Consejo de Administración, peor aún si las opiniones están divididas y todo se empantana en discusiones y acusaciones. Ocurre desde 1997 con tres presidentes. Ahora, más que nunca, Calderón estará atado de manos.

 

Ni Fox ni Calderón hicieron eso con que Manuel Clouthier levantó los ánimos de las muchedumbres: desatar la energía creadora de los mexicanos. Por falta de acuerdos pero sobre todo de visión, generosidad, imaginación y talento, perdieron la oportunidad de respetar a la gente productiva y quitarle de encima al gobierno y los negocios que de él emanan: nos cargaron –siempre a los mismos– más impuestos y trámites para sostener sus burocracias, incluyendo a los partidos; siguió la manga ancha de los sindicatos; quedaron intocados los monopolios “privados”. Con ese Triángulo de las Bermudas –gobierno glotón y estorbador, sindicatos intocables, y monopolios voraces– qué raro que pierda México tenazmente en todo índice de competitividad.

 

México está engobiernado. No politizado (la política puede ser noble, aunque suene raro). La campaña del voto nulo fue una elocuente protesta contra el monopolio de los riquísimos partidos. Es decir, de sus cúpulas. Es decir, de unos pocos que medran del patrimonio y fuerza del pueblo productivo no piramidado en partidos y estructuras de poder. El grito mudo desprestigió más a los partidos pero demasiados votantes prefirieron a los emisarios del pasado, dado el fiasco de la opción de cambio que echó a perder Fox y con que (a pesar de su empeño contra los criminales) decepcionó Calderón.

 

Fracasó tristemente el PAN. No nos liberó del peso muerto de una carreta desvencijada andando al paso de bueyes y pencos. No necesitaba mayoría legislativa para liberar a la sociedad de ese lastre asfixiante. Ya no lo hizo. Y de menso lo hará el PRI.

 

La política a la mexicana retoma sus orígenes sonorenses, semillero del antiguo y floreciente PRI: Obregón (“El que mata más es el que gana”) ganó la revolución así. Calles diseñó un partido para repartir poder y dinero sin matar. Beltrones orquesta hoy un modelo de nación en que sea el Congreso y no el presidente quien reparta eso.

 

Teníamos una dictadura presidencial, perfecta porque no parecía dictadura. Tendremos una dictadura parlamentaria, perfecta porque parecerá democrática. El diseño será tricolor, con la cada vez más prescindible ayuda de los Creel, los Madero, los Navarrete y otros compañeros de viaje.

 

Las coordenadas geométricas correrán por dos ejes:

 

1. El Eje Macuspana–Ixtapalapa, con sus mesnadas legítimas semi o de plano delincuenciales, practicantes de toda violencia, con ánimos incendiarios y odio de clases; tribus y huestes desarrapadas y rencorosas, golpeadoras e invasoras, despreciadoras de toda ley y norma, linchadoras y ansiosas por desquitarse de todos y por todo. Esa mafia antimafiosa se hará llamar “el pueblo bueno”.

 

2. El Eje Atlacomulco–Los Pinos, con corbata y mejor peinadito, fiel como perro a las directivas sonorenses; aparentemente civilizado pero muy partidario de las concesiones y prebendas y privilegios, fuera y dentro de los sindicatos oficiales que ellos mismos inventaron y a quienes alimentan y de los que se nutren; y chorros de rectoría estatal. Se hacen llamar nueva generación de políticos, con las mismas mañas (perdón, experiencia).

 

Con esa “nueva” actitud priista, México seguirá engobiernado: uncido a una carreta de semovientes panzones, lentos y tragones. Bien dice mi amigo Emilio, el gobierno es radioactivo: cuanto toca lo contamina, lo encarece, lo burocratiza, lo chafa, lo estorba y lo fastidia. Todo pueblo víctima de su gobierno se empobrece, embrutece y envilece. El PAN perdió lastimosamente en largos nueve años la oportunidad que le regaló el votante. Pudo más la frivolidad irresponsable de un ranchero enamorado, y la falta de visión de un abogado desconfiado. Y en ambos faltó un equipo competente.

 

Ha muerto, casi, la esperanza de un cambio que de veras libere nuestra energía creadora. Al menos, por dos generaciones.



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