LUNES, 3 DE AGOSTO DE 2009
Mayor igualdad, ¿Mayor prosperidad?

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“La búsqueda de una mayor igualdad es la trampa socialista.”


A menudo desigualdad y pobreza son conceptos económicos que se confunden, aún entre algunos economistas.

 

La pobreza es la restricción de elegir libremente bienes que provean bienestar mínimo (alimentos y vestido) y se debe a la carencia de un empleo productivo (debido a que la oferta de trabajo es mayor a la demanda y/o a la baja escolaridad) que permita generar un ingreso que haga que los individuos más pobres puedan alcanzar un consumo que vaya más allá del mínimo necesario para vivir (adquirir bienes como educación, salud y recreación).

 

La desigualdad, concepto que a menudo se confunde con la pobreza, es la brecha que hay entre el ingreso de los que más ganan respecto de los que menos. Para nada son lo mismo.

 

Contrario al pensamiento económico convencional, y hay abundante literatura económica al respecto, cuando un país es muy pobre, la desigualdad tiende a ser muy menor (casi todos igual de jodidos). Dicha tendencia a la igualdad comienza a cambiar (y a crecer con ello la desigualdad), cuando una nación comienza a crecer vía mayor inversión productiva que se traduce en mayor producción, empleos, ingresos y consumo (jamás al revés).

 

La razón, sencilla: los individuos más capaces (y educados) comienzan a beneficiarse de las nuevas oportunidades y ello les permite generar un ingreso respecto de los menos competitivos. Pero ojo, aquí empieza el mar de confusiones de los pobretólogos (en su mayoría sociólogos aprendices de economista ó economistas con inclinación ideológica marxista).

 

Para el padre del “socialismo científico,” Carlos Marx, el capitalismo es el sistema económico más poderoso para generar riqueza, pero que de acuerdo al propio Marx, en este proceso de creación de riqueza, el defecto del sistema capitalista es la desigualdad que trae aparejada, producto de la lucha de clases (los ricos -dueños de los medios de producción- se apropian de una parte de la riqueza generada por los trabajadores - plusvalía) y en donde supuestamente la tendencia es que halla más trabajadores paupérrimos y ricos “gandallas” más ricos.

 

La evidencia de las profecías económicas marxistas se topó con la realidad. Marx y sus seguidores hicieron caso omiso (o al menos despreciaron) al papel que la tecnología jugaría para hacer más eficiente tanto al factor trabajo como al factor capital. Al final de cuentas, luego de un siglo de la teoría marxista, los países capitalistas registraban tasas de ingreso mucho mayor que la de los países socialistas en donde supuestamente, al eliminar la propiedad privada de los medios de producción, se acabaría la explotación capitalista y los trabajadores (“el hombre nuevo y libre”) gozarían de un bienestar sin precedente en la humanidad.

 

El tiempo derribó y desprestigió al marxismo, con excepción de las universidades latinoamericanas, en donde en su enorme mayoría sigue prevaleciendo el sofisma marxista, a veces con el disfraz de “ecologismo radical” ó de la llamada “teología de la liberación.”

 

Al día de hoy, la mayoría de los pobretólogos, si bien no marxistas puros, comulgan con la idea de que si bien es incorrecto desparecer la propiedad privada sobre los medios de producción, es necesario establecer un agresivo control sobre la redistribución del ingreso, y ello parte de despojar de riqueza a los que más ganan para supuestamente beneficiar a los que menos.

 

Este tipo de políticas que supuestamente reducen la desigualdad, llevaron a la creación durante varias décadas (hasta principios de los ochentas) del llamado estado de bienestar, un estado enfermizo, en donde el crecimiento económico era mínimo (ó hasta negativo), los impuestos muy altos y prevalecía un estancamiento agudo en el crecimiento del ingreso percápita. Los afectados en su mayoría, países desarrollados occidentales.

 

Los países desarrollados que abandonaron este esquema estatista (EU e Inglaterra, principalmente) regresaron a las altas tasas de crecimiento económico, a bajas tasas impositivas, al crecimiento en el ingreso per cápita (dejando muy atrás a los países sometidos al estado de bienestar) y ojo, a registrar tasas de menor pobreza.

 

En América Latina predominó la política económica populista, esa de gobierno omnipresente en la mayoría de los sectores económicos, gobiernos gastalones y gastalones que sólo engendraron una monumental deuda, galopantes inflaciones, un ejército de burócratas parásitos y lo peor, millones de pobres. Otra vez, la idea era la de redistribuir el ingreso.

 

En cambio Asia (los tigres asiáticos -Singapur, Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur) fue la región que sin dejar de tener detalles estatistas, apostó por el desarrollo agresivo capitalista, ese que aparejado por el respeto estricto de los derechos privados de propiedad, genera riqueza para todos. En un inicio, la fuerte inversión extranjera privada que registraron los llamados tigres asiáticos, conllevó a mayor desigualdad (algo que los pobretólogos con sus mediciones imprecisas como el coeficiente de Gini no ven), que en realidad significaba personas con más riqueza, pero ojo, también pobres menos pobres. Con el tiempo, la educación competitiva de estos países disminuyó la desigualdad, pero no por la vía tradicional de altos impuestos y agresiones a los derechos privados de propiedad.

 

Esto último es lo que olvidan los pobretólogos. La igualdad económica absoluta es una completa aberración. Cuba es menos desigual que México, pero en lo general es un país más pobre. La desigualdad económica es la semilla de la innovación, esa que se da producto de la aportación al conocimiento del capital humano.

 

EU e Inglaterra, y en general en la mayoría de los países anglosajones, las tasas de desigualdad tienden a ser muy altas, pero también las de innovación tecnológica y que se refleja en el número de patentes obtenidas y el número de premios Nobel recibidos. Los que obtienen ingresos más altos son más ricos respecto de los más pobres, pero ello obedece en buena medida a la educación recibida, a la aportación del capital humano al proceso productivo (hoy interrumpida parcialmente con la crisis mundial que originó el Banco Central estadounidense). Pero cuidado con juzgar esto como mal. Los pobres también son menos pobres, y nuevamente ojo, cuentan con acceso a bienes de consumo -que no registra el ingreso ordinario- como el internet, la posesión de una computadora, teléfono celular ó ipod, y por supuesto, a mejores niveles de salud que se traducen en esperanzas de vida más largas.

 

En una palabra, los ricos son más ricos, pero los pobres son menos pobres también. ¿Qué tiene de malo esto? Acabar con los ricos -o joderlos con más altos impuestos- sólo termina perjudicando a los más, más pobres, que con menores tasas de inversión tendrán menos posibilidades de encontrar un empleo que les permita allegarse del bienestar necesario para reducir la pobreza.

 

Si los gobiernos quieren contribuir a la reducción de la pobreza, la salida no es la redistribución del ingreso -despojar a los ricos para dizque darle a los pobres- sino crear una atmósfera de protección sólida de los derechos de propiedad acompañada de bajos impuestos que atraiga cuantiosas inversiones productivas que generen oportunidades y empleos para los más pobres. No debe olvidarse, la manera de acabar con la pobreza es el crecimiento económico -no la redistribución del ingreso-, y ello sólo se da en el marco de respeto de los derechos privados de propiedad. Ahí está China, que pese a ser una dictadura comunista -con signos de capitalismo crony- respeta los derechos de propiedad, y ello le permite atraer año con año inversiones millonarias que han contribuido a que en la última década cerca de 300 millones de chinos abandonen la pobreza. Los chinos se dieron cuenta de que el comunismo, ese que abolió la propiedad privada, simplemente no era la salida. La utopía socialista y el mundo real no se llevan.

 

Desear que un país tenga un mínimo de desigualdad (ó peor aún, desear tener un país con igualdad absoluta) es castigar la creación y la innovación. En el margen, los gobiernos pueden proveer educación básica competitiva y permitir la existencia de universidades (sin las mediocridades de la gratuidad y el pase automático) que compitan agresivamente por atraer a los mejores estudiantes, un esquema sin lugar a dudas en donde prevalece el mercado y no el estatismo universitario- como en México. Los tigres asiáticos son ejemplo de ello, al contar con un muy buen sistema educativo básico y un sistema universitario exigente, no gratuito -sólo se otorgan créditos a los que probadamente son pobres- en donde acceder a la universidad no es fácil y sólo está reservado para los mejores.

 

Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua -y los que se acumulen- son países que con su socialismo del siglo XXI, avanzarán hacia una mayor igualdad, pero, y esa es la trampa socialista, una igualdad en donde el bienestar de todos será peor (excepto por supuesto el de los altos y corruptos burócratas socialistas), una igualdad forzada en donde los mejores emigrarán, una igualdad en donde la libertad es suprimida, una igualdad en donde la innovación tecnológica prácticamente desaparece, una igualdad que, como dije al inicio, será la de los jodidos. Qué tristeza pero hacia allá va el socialismo bolivariano.

 

La salida es más desigualdad aparejada de mayores oportunidades para todos y menos igualdad forzada que mata la innovación y reduce el bienestar de todos por igual. Lo indeseable es mayor desigualdad causada por el privilegio que el gobierno otorga a unos cuantos como sucede en México. Ojalá lo entiendan los gobiernos latinoamericanos y en particular el de mi patria, el mexicano.

• Pobreza y desigualdad

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