Sólo para sus ojos
Ago 3, 2009
Juan Pablo Roiz

¿Y si cobraran la comida en Los Pinos?

Es sólo un ejemplo –entre miles que podríamos citar- de las muchas cosas provechosas que la Presidencia de este país puede hacer, sin necesidad de pedirle permiso a los señores y señoras del PRI.

Hay personas que me provocan una flojera infinita. No puedo evitarlo. Son esas buenas personas (buenas, buenas, buenas, como dicen mis tías de Guadalajara) que viven inmersas en sus burbujas de buenas intenciones, pero que jamás se han aventurado a poner en práctica en el mundo exterior, en la intemperie, tan bonitos deseos. ¿Por qué? Porque el mundo exterior, más allá de los muros de la familia y de los cuates cercanos, lo ven poblado de malvados llenos de poder que, conjeturan, los harán trizas sin remedio, los aplastarán como un gigante apachurra a una hormiguita y quizá, ¡horror!, hasta les contagiarán parte de su maldad.

 

Un ejemplo actual de este género de almas piadosas e inútiles lo representan aquellos que, hechas sus cavilaciones y escuchados sus oráculos particulares, dictaminan a los cuatro vientos: “¡Ay!, pobrecitos de nosotros los mexicanos, ahora que el PRI ha arrasado en las elecciones federales para todo efecto práctico se acabó el sexenio de Felipe Calderón… todo será penar y sentir nauseas de aquí hasta el 2012”. ¿Oye, y después?, les pregunta uno. Y la respuesta es para llorar: “Oh, después es probable que vuelva el PRI a la Presidencia y entonces todo será apechugar con la bola de corruptos…, ¡ay!, si lo mejor sería irse a otro país, lástima que los canadienses ahora exijan visa…”.

 

Lo que más me sorprende de algunos de estos pesimistas píos es que se ostentan, sin rubor, como los más fieles e inteligentes seguidores del Presidente Calderón. Con esos amigos, ¿para qué querrá el Presidente enemigos?

 

Hace algunas semanas, en las vísperas de las elecciones, solían recurrir, en sus prolongadas meditaciones de sobremesa, al recurso del “gabinete idiota” para explicar cualquier fallo, real o imaginario, del gobierno de “su” Presidente: “No, viejo, si Calderón tiene muy claro lo que hay que hacer pero su gabinete no da una, el que no es priísta embozado, es tonto de capirote, y el que no es tecnócrata pro-gringo es un libertino”. Es, más o menos, el mismo recurso con el que algunos directores de empresa disfrazan sus fracasos: “¿Qué quieres que haga? Soy una isla de eficiencia y talento –modestia aparte- rodeado de un mar de imbecilidades”.

 

Bien, yo no creo, en lo absoluto, que el gobierno (o las posibilidades reales de aportar cosas valiosas a México) se le hayan acabado a Calderón y a su gobierno. Es cierto que ya no estamos –demos gracias a Dios- en un presidencialismo imperial y que, con un Congreso dominado por la oposición, el poder unilateral del Presidente se ve muy reducido. Pero eso no es malo, si el Presidente es un demócrata convencido y explota inteligentemente su capacidad de persuasión y diálogo con los “malvados” de la oposición. Al contrario, eso podría ser muy sano para México y para los mexicanos: Aprenderíamos a ser menos maniqueos, aprenderíamos a no apostarle todo a los absolutos domésticos (es decir, a las impecables e inmaculadas buenas intenciones que se quedan guardaditas en casa para no contaminarse) y aprenderíamos a dejar de esperar todo del “Señor Presidente”.

 

Por otra parte, para lograr co-gobernar o hacer conjuntamente con sus opositores cosas valiosas por México, el Presidente podría empezar a confiar más en el talento de sus colaboradores y menos en las manifestaciones (reales o fingidas) de lealtad perruna de algunos que sustituyen la falta de neuronas con una envidiable flexibilidad de la columna vertebral que les permite agacharse, sea para recibir pescozones del jefe (que nunca se equivoca) o sea para mejor adularlo.

 

Por ejemplo, si uno investiga de dónde salen algunos de los rumores más insistentes sobre cambios en el gabinete de Calderón descubrirá que buena parte de los bulos provienen de las oficinas de Los Pinos, donde algunos sueñan en ser secretarios o secretarias de Estado aunque sea de chiripa y aunque sea (¡mejor para ellos, en el fondo!) en un gobierno meramente simbólico, porque para efectos prácticos, dicen, ya tiró la toalla. A esos y a esas es a quienes el Presidente les debería dar las gracias y mandarlos a su casa (a la casa de ellos y ellas, no a la de él, desde luego).

 

Porque hasta dentro de la rutina burocrática de las oficinas presidenciales podrían surgir buenas ideas (si es que estos personajes renunciaran a grillas y se pusieran a trabajar) y aunque sea a imitación de lo que se hace en otros países.

 

Doy un ejemplo práctico (y no les voy a cobrar por la sugerencia): ¿Sabían que en la Casa Blanca cuando el Presidente Barack Obama invita a comer a empresarios o presidentes de los consejos de administración de corporaciones más o menos importantes, a los comensales se les cobra lo que comen y lo que beben? Pregúntenle, si no, a los consejeros delegados de Xerox, ATT, Honeywell y Coca-Cola que comieron hace un mes con el Presidente Obama en el comedor privado anexo a la oficina oval. Al final de la comida les pidieron sus números de tarjeta de crédito para cargarles lo que habían consumido. ¿Tacañería?, ¿exceso de austeridad en la oficina presidencial?, ¿grosería?

 

¡Nada de eso!, transparencia y ética. Los invitados del Presidente por ningún motivo debe parecer siquiera que han sido sobornados o presionados con dádivas para aceptar tal o cual iniciativa o para decir tal o cual cosa favorable sobre el Presidente.

 

Imagínense lo provechoso que sería que el Presidente invitase a comer al ingeniero Carlos Slim y después de una conversación firme pero cortés acerca de la necesidad de una verdadera competencia en el mercado de las telecomunicaciones, le pidiesen al ingeniero que pagara (en efectivo o con tarjeta y a cambio de una factura-recibo con todas las de la ley para efectos fiscales) sus consumos. Interesante y sano, ¿no les parece?

 

Vamos a llevar el experimento más allá  e imagínense, ahora, que el invitado es el senador Beltrones o el gobernador Peña Nieto, pues igualmente a pagar lo que coman y beban y cuidadito con que paguen con cargo al Senado o al Gobierno del Estado de México porque fácilmente la oficina de la Presidencia de la República los podría exhibir. Que paguen de su bolsillo, aunque les duela.

 

Bien, es sólo un ejemplo de lo que podrían ir poniendo en marcha en Los Pinos algunos y algunas que parece que no tienen otra cosa que hacer que difundir rumores para conseguir un “hueso” en el gabinete. Y es sólo un ejemplo –entre miles que podríamos citar- de las muchas cosas provechosas que la Presidencia de este país puede hacer, sin necesidad de pedirle permiso a los señores y señoras del PRI. (Amén de las muchas otras cosas, incluidas algunas reformas nada despreciables, que puede hacerse junto con los políticos de oposición mediante la inteligencia, el diálogo y la confianza mutua).



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