MIÉRCOLES, 23 DE SEPTIEMBRE DE 2009
Religión y asuntos públicos

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

R. Valenzuela y A. Mansueti







“Expulsar la religión de la mesa de discusión de asuntos públicos fue un éxito para los enemigos de la libertad. Para sus amigos, es de lamentar. Y para los creyentes, es vergonzoso que haya sido con el acuerdo de muchos dirigentes eclesiásticos.”


“Y ésta será la forma que tu monarca reine sobre ustedes. Tomará a sus hijos como soldados para sus ejércitos. Tomará a sus hijas como cocineras. Tomará sus campos para darlos a sus sirvientes. Tomará la mitad de sus cosechas, de sus viñedos y de sus rebaños. Y finalmente todos se convertirán en sus esclavos. Entonces ustedes llorarán ante tanta maldad del rey, pero yo no los escucharé.” Libro de Samuel

  

No, religión y asuntos públicos no son lo mismo; pero la visión de los asuntos públicos depende críticamente de la religión, aunque hoy esta opinión es rechazada. Sin embargo, de su rescate depende la recuperación de la libertad.

 

Hoy se rechaza la libertad individual y el gobierno limitado de la cual procede. Sus partidarios somos muy poquitos. Y ¿de quiénes esperamos una rehabilitación y defensa efectiva? ¿De los políticos? ¿De los empresarios? ¿De los académicos? ¿O de los líderes religiosos, hoy sus más feroces atacantes?

 

Hagamos un breve examen de las citadas categorías. Por supuesto, en todas hay excepciones pero el panorama general es éste:

 

1.      Los políticos. Son los ejecutores principales del estatismo desde hace unos 400 años, por no remontarnos más atrás. Lo imponen, lo dirigen, lo gerencian, lo administran y amorosamente lo cuidan cada vez que enferma, hasta que sana. Y por supuesto, mucho lo aprovechan.

 

2.      Los empresarios, sobre todo grandes y medianos, son los beneficiarios del mercantilismo. Como Adam Smith sabiamente advirtió, son los últimos que quieren libre competencia. Rápidamente aprenden a limar sus diferencias de intereses y a convivir con los políticos socialistas, democráticos o no.

 

3.      ¿Los académicos? ¡Son los inventores del estatismo! Y lo legitiman “científicamente” todos los días, para los adeptos a la religión científica. Porque con la Modernidad y, más aún, con el Iluminismo, la Ciencia no reemplazó a la religión -como erróneamente se cree- sino que se hizo una religión, otra más, para las masas inermes, sobre todo las de clase media que se tragan sin crítica todo lo que digan los universitarios, sacerdotes de la nueva religión que, como toda religión falsa es politeísta y sus dioses, coexisten, la Ciencia y el Estado.

 

En cada departamento universitario para el estudio de la sociedad, predomina una corriente justificadora del gobierno ilimitado, o varias: relativismo, empiricismo o racionalismo, utilitarismo, cientismo e ingeniería social, positivismos de todo pelaje, y ahora Posmodernismo.

 

4.      Los líderes religiosos legitiman al estatismo para los adeptos de sus respectivas iglesias. Y en su menú presentan estatismos especiales para todos los gustos: mercantilismo para conservadores y neoconservadores, socialismo democrático y socialismo revolucionario para cristianos de izquierda.

 

Pero esto no siempre fue así. Esto es así desde que la religión judeocristiana fue erradicada de los asuntos públicos, hace unos 150 años. Desde entonces en la plaza pública falta el concepto específicamente cristiano de la política; y en las iglesias también, pues las ideas políticas adoptadas y manejadas son las mundanas, o humanistas seculares.

 

Hasta 1850, más o menos, el Cristianismo -en Occidente al menos- fue el más firme y eficaz baluarte contra el poder estatal usurpador y abusivo. La Declaración de Independencia de EEUU (1776) dice: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables…” significa que no pueden “alienarse”: enajenarse, cederse o abandonarse al gobierno. ¿Por qué? Porque son dones de Dios; y como individuos creados, ante Dios somos por ellos responsables.

 

¿Qué mejor y más eficaz línea de defensa hay contra el estatismo? ¿Acaso el relativismo, el empiricismo o el racionalismo, el utilitarismo, o cualquier otro ismo devenido del Humanismo Secular (incluso el iusnaturalismo, el más respetable) son baluartes más firmes? Para nada; y el Profesor Hayek –sabio en asuntos de Historia- sabía muy bien que la tradición judeocristiana es la base y fundamento más firme para todas las libertades, económicas y no económicas. Por eso en 1947 propuso llamar “Acton-Tocqueville” a la que después no aceptaron designar con los nombres de los dos pensadores cristianos, y por eso se llamó Sociedad Mont Pelerin.

 

Desde entonces se prohíbe hablar de religión en los círculos políticos; y eso incluye a los grupos liberales y libertarios. Muchos de sus miembros y participantes apasionadamente creen que la religión ha sido un obstáculo al progreso; pero la historia de Occidente muestra que la libertad ha progresado al paso que el cristianismo ponía freno a los despotismos, y que el estatismo ha avanzado al paso que la religión ha decaído o se ha pervertido. Afirman que aceptar a Dios no es compatible con la razón, sin ver que la creencia en un Universo que se dio existencia a sí mismo es racionalmente objetable, y requiere una enorme dosis de fe.

 

La defensa del credo liberal es imposible sin aludir a una base moral y ética. Y hablar de moral y ética es imposible sin referencia a la religión. La separación del Estado de las iglesias es muy saludable para ambas instituciones; pero no significa eliminar la religión de los asuntos públicos y relegarla a un asunto “meramente privado” del que no cabe hablar en el Congreso ni en los partidos, sus reuniones y documentos.

 

La Primera Enmienda de EEUU dice: “el Congreso no aprobará ninguna ley que promueva el establecimiento de religión alguna, o que prohíba el libre ejercicio de la misma”.  Esta norma garantiza la libertad de cultos. Y lo que prohíbe es una iglesia oficial, sostenida por el gobierno, con los impuestos de todos los contribuyentes. Dice que el Estado no debe ser religioso; lo que no implica que deba ser ateo o que deba controlar las expresiones religiosas, privadas o públicas, de la gente. No manda una educación bajo control del Estado y adscrita a la religión evolucionista. Tampoco prohíbe invocar a Dios, o mencionarlo, o citar la Biblia en la plaza pública. Ni veda a los cristianos proponer el modelo bíblico de gobierno: Limitado.

 

Expulsar la religión de la mesa de discusión de asuntos públicos fue un éxito para los enemigos de la libertad. Para sus amigos, es de lamentar. Y para los creyentes, es vergonzoso que haya sido con el acuerdo de muchos dirigentes eclesiásticos: a cambio de algunas prebendas y/o una frágil garantía para el culto privado, dieron su silencio, su conformidad o su complicidad a la estatolatría, adoración al ídolo pagano más viejo de la humanidad y exigente cobrador de los sacrificios humanos más crueles: el Estado.

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