MIÉRCOLES, 11 DE NOVIEMBRE DE 2009
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“El socialismo es moralmente incorrecto, políticamente autoritario y económicamente imposible.”
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“La caída del Muro de Berlín fue más una oportunidad de libertad de elección, de seres buscando la libertad, que de inevitabilidad histórica.”


La caída del muro de Berlín, hace veinte años, mas la eventual desintegración del bloque soviético, fueron interpretados como hechos históricos inevitables, tanto por la bancarrota total del sistema de planificación central, como por la superioridad de un mundo de tecnologías de información que rebasaba cualquier muro, la capacidad del proceso político de detener la conversación con la civilización moderna.

 

Francis Fukuyama, en su famosísima tesis, expuso este episodio como muestra del triunfo de la democracia liberal, el fin de una historia de disputa ideológica que dominó el siglo pasado, un siglo marcado por totalitarismo, belicosidad y sangre.

 

Tal como nos hace recordar Álvaro Vargas Llosa, sin embargo, este evento fue más una oportunidad de libertad de elección que de inevitabilidad histórica. Hubo los héroes que se enfrentaron al statu quo, los personajes que desafiaron al sistema, los seres cotidianos que buscaron la libertad. Esos, más que los mensajes de la academia, son los verdaderos protagonistas que debemos celebrar después de veinte años.

 

Aun así, el derrumbe de ese terrible símbolo de tiranía, no representó el triunfo de la libertad. James Buchanan, en otra frase famosa, sentenció: el socialismo murió, pero Leviatán sigue vivo. Hoy, el paternalismo estatal y la patología de control siguen su marcha, en el ámbito de sobre-regulación, en la ecología, en el sector salud, por no decir en la educación o la cultura.

 

Bien decía Edgard Mason, poco antes de su fallecimiento hace casi quince años, la caída del Muro de Berlín nos arrojó una enseñanza dramática sobre el proceso de mercado: sólo un sistema tan cruel, tan inhumano, como el socialismo central pudo haber erigido el Muro de Berlín; pero sólo un proceso tan humano con el intercambio libre y voluntario pudo haber repartido todos sus pedazos en cada uno de los rincones del mundo.

 

Sin embargo, veinte años después, la misión de los defensores de la libertad no debe ostentar pretensiones grandiosas de una interpretación exclusiva de la historia. Todavía es común hablar de reduccionismos como “el fin de la historia” o “el nuevo paradigma” o “el modelo de crecimiento responsable” o “el choque de civilizaciones”, incluso de la “globalización.”

 

Los nuevos riesgos a la libertad, a una sociedad abierta, provienen del peso de los intereses especiales que buscan perpetuar mercados de rentas. Ese será un nuevo muro que deberá caer de cara a los próximos veinte años.

• Liberalismo • Totalitarismo

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