JUEVES, 12 DE NOVIEMBRE DE 2009
Los magnates y el Presidente

¿A quiénes deben ir dirigidos los apoyos por parte del gobierno en esta crisis provocada por el Covid19?
A las personas
A las empresas
Sólo a las Pymes
A todos
A nadie



El punto sobre la i
“El gobierno es un mal necesario”
Thomas Paine


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Juan Pablo Roiz







“Todo les salió al revés: Les falló el cálculo, les falló Armando Paredes, les fallaron sus voceros estrella en la tele, en la radio y en los periódicos, les falló el “experimentado” Claudio Décimo y, ¡terror!, les falló el senador sonorense (¿pues no que era la última coca del desierto?) y, para acabarla de fastidiar, se enemistaron en el camino con el Presidente.”


A los patrones del señor Armando Paredes, que funge como presidente del Consejo Coordinador Empresarial, ya les urge sustituirlo. Paredes ha resultado un empleado tan dócil como incompetente. Incluso el jefe inmediato de Paredes, el famoso Claudio Décimo o Claudio Equis, él también empleado del puñado de magnates mexicanos, ya siente cerca el retiro forzoso.

 

Todo porque nunca les habían salido tan mal a los eminentes negociantes mexicanos sus negociaciones con el gobierno. Y Paredes y González –encargados de dar la cara– tendrán que pagar el desaguisado.

 

Todo empezó con un terrible error de cálculo. Alguien les hizo creer a los magnates que les bastaba instrumentar una campaña de medios –de los cuales ellos son los dueños, faltaba más- para desprestigiar el paquete económico que el gobierno proponía para 2010, especialmente en el rubro incómodo de la consolidación fiscal acotada y esperar a que todo llegase al Senado, ahí su amigo y seguro servidor, el senador Manlio Fabio, les arreglaría las cosas.

 

Y todo les salió al revés: Les falló el cálculo, les falló Armando Paredes, les fallaron sus voceros estrella en la tele, en la radio y en los periódicos, les falló el “experimentado” Claudio Décimo y, ¡terror!, les falló el senador sonorense (¿pues no que era la última coca del desierto?) y, para acabarla de fastidiar, se enemistaron en el camino con el Presidente.

 

Alguien, entre tanto magnate, debió haber previsto que el Presidente de México sigue siendo el Presidente de México, aunque no sea del PRI. Y alguien debió haber recordado una vieja máxima política: “Al Presidente no se le reta”. Mucho menos si el Presidente, como es el caso de Felipe Calderón, tiene la mecha corta y le disgusta que lo anden desafiando. Pregúntenle a Martín Esparza, que llegó un viernes por la tarde a Los Pinos a echar pleito, fue recibido por el buenazo del secretario particular del Presidente –quien lo ha de haber escuchado con paciencia franciscana, incluso cuando Esparza amenazó que si para el lunes no habían resuelto ese problema de la “toma de la nota” iban a saber con quién se habían metido- y se desayunó el domingo siguiente con la novedad de que Luz y Fuerza del Centro simplemente se había extinguido, desaparecido, esfumado. “¡Caput!”, como decían los viejos de la tribu latina.

 

Algo semejante sintieron los magnates mexicanos –un puñado, digamos, de 25 barones del dinero– cuando vieron que todo falló y que la espada –especialmente lo de los ajustes a la consolidación fiscal– se la clavaron al toro hasta la empuñadura. (Bueno, con un poquito de anestesia, hay que reconocerlo).

 

Fue la conclusión de una serie de equivocaciones. La primera de las cuales es pretender que ellos –el puñado que se agrupa en el discretísimo Consejo Mexicano de Hombres de Negocios– puede representar a decenas de miles de empresarios de todos los tamaños, colores y sabores, nada más porque sí y porque esa es una herencia del corporativismo priísta del siglo pasado a la que no le hemos dado sepultura.

 

La segunda equivocación fue dejar los negocios en manos de un par de gerentes timoratos y poco inteligentes, Paredes y González, que tienen la perspicacia política de Carlos Navarrete, es decir: Nada.

 

La tercera fue haber comprado -¿quién les vendió ese cuento?- la historieta de que Manlio Fabio Beltrones es todopoderoso y es el nuevo señor de los chicharrones tronadores ante quien se rinde cualquiera.

 

Así llegaron a colmarle el plato al Presidente (cosa, por cierto, para la cual no se necesita mucho) y éste les soltó dos puyazos retóricos que, aunque los magnates se los merecían, no eran necesarios (ya que, de cualquier forma, la carta ganadora ya la tenía el gobierno de Calderón) y que los dejaron entre indignados y alelados. Mandaron a Paredes y a dos o tres emborronadores de papel (columnistas y dizque líderes de opinión) a tupirle al Presidente; intentaron echar a retozar versiones terribles de que Calderón se había transmutado en López Obrador o en el odioso Luis Echeverría Álvarez y se toparon con unas declaraciones impecables, en tono mesurado pero firme, del Secretario de Hacienda, ratificando lo dicho por el Presidente. Esto último, por cierto, les resultó tan complicado de digerir que mejor lo borraron de la historia (vale la pena leer el comunicado completo del Secretario de Hacienda en este lugar de Internet).

 

Aprobados que fueron los cambios tributarios -en lo esencial de acuerdo con lo que originalmente había propuesto el gobierno de Calderón- el Presidente atenuó sus puyazos retóricos, pero los quemados siguieron experimentando un profundo ardor. Fue entonces que Paredes tuvo la ocurrencia de cargarle el muertito al Secretario de Hacienda y conjeturó, en una entrevista a modo, que la SHCP le había mentido al Presidente diciéndole, insinuándole, dejándole creer, que los magnates no pagaban impuestos. Error garrafal: No tuvo que esperar mucho para que, serenamente y sin aspavientos, el Secretario de Hacienda lo pusiera en su sitio. Desde entonces, Paredes permanece calladito (y no es que así se vea más bonito porque de suyo es poco agraciado, pero cuando menos no se le meten las moscas a la boca).

 

El siguiente capítulo fue la Cumbre de Negocios en Monterrey, donde el Presidente avisó que va contra los monopolios, por ejemplo en telecomunicaciones. Los magnates, por medio de sus voceros a sueldo y oficiosos, insisten en posar de pudibundas señoras ofendidas, pero tímidas, contenidas.

 

Más allá de las anécdotas el asunto tiene varias moralejas: 1. El que tenga tienda que la atienda, sobre todo si se trata de asuntos importantes; es muy peligroso, ya se vio, dejar a los segundones a cargo, 2. Que no le digan, que no le cuenten, ya no hay políticos omnipotentes que puedan asegurar, sin mentir, que sólo sus chicharrones truenan, 3. Cuando careces de autoridad moral, ni todos los periódicos, canales de televisión y estaciones de radio del mundo te sirven de mucho, y 4. No hay que jalarle los bigotes a los tigres.

• Política mexicana

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