Sólo para sus ojos
Feb 6, 2006
Juan Pablo Roiz

¿Puede AMLO destrozar la estabilidad?

Toda la estabilidad que hemos alcanzado y el bienestar de millones de familias que han dejado el subdesarrollo puede destruirse de un plumazo. ¡Claro que se puede! Veamos.

En México el Presidente dispone de más facultades y opciones para hacer daño que para hacer bien al país. Por ejemplo, un Presidente por sí sólo –sin el apoyo del Congreso- no puede hacer una reforma fiscal, pero un Presidente por sí solo puede causar una devaluación, generar una espiral inflacionaria, desquiciar las tasas de interés, despojar a la gente de su patrimonio (salvo que más tarde, después de largos y costosos juicios, una corte independiente revierta el atropello), malgastar los escasos recursos públicos, impedir la libre circulación de las ideas y de las opiniones y hasta perseguir a críticos y disidentes (salvo que, años más tarde, alguna corte independiente revierta el atropello, sin poder resarcir la pérdida invaluable de la libertad).

 

Un Presidente en México literalmente de un plumazo puede hacer que los salarios y las pensiones pierdan casi la totalidad de su valor. ¿Cómo? Muy sencillo, en México aún persiste la llamada Comisión de Cambios que tiene facultades para determinar el tipo de cambio, es decir: El precio del dólar. Desde la terrible crisis desatada en diciembre de 1994 quedó claro que fijar el tipo de cambio es una estupidez –que causa inflación, trastoca gravemente la política monetaria del banco central, genera injustas transferencias de recursos de sectores productivos a sectores parásitos, todo lo cual provoca encarecimiento del crédito (hasta su extinción, en algunos casos), cierre de empresas, pérdida de empleos, miseria- y desde entonces la Comisión de Cambios –en la que el voto de calidad para efectos prácticos lo tiene el Presidente de la República ha tenido la sensatez de no manipular ese precio clave de la economía, dejando que el tipo de cambio (el precio en pesos al que se vende y compra el dólar) lo fijen libremente la oferta y la demanda.

 

La fórmula de mercado ha resultado estupenda.

 

Gracias a la libre flotación el Banco de México ha podido hacer su trabajo y tenemos la menor inflación en décadas, lo que se traduce en tasas de interés más bajas, crédito accesible, mejor asignación de recursos de acuerdo a su potencial productivo y no de acuerdo a iluminaciones de burócratas sabelotodos, lo cual ha generado no sólo crecimiento económico, sino sólidas bases para que ese crecimiento sea cada vez mayor y se sostenga a lo largo del tiempo. Pues bien, todo eso puede destruirse de un plumazo.

 

Basta con que un futuro Presidente se sienta iluminado por una repentina revelación y ordene a su dócil secretario de Hacienda –quien preside formalmente la Comisión de Cambios- que a partir de mañana el tipo de cambio será tal o cual, o se moverá en una banda con un piso y un techo predeterminados, a despecho de la oferta y la demanda de dólares en el mercado. Ni el Congreso, ni la Suprema Corte de Justicia, ni el mismísimo Banco de México autónomo, ni la Comisión Nacional de Derechos Humanos, ni los más avispados periodistas, ni el duopolio de la televisión podrían hacer otra cosa, ante esa decisión, que ejercer el derecho al pataleo…, si bien les va.

 

Pregunta: ¿El señor Andrés Manuel López Obrador no ha dado muestras más que explícitas y suficientes de que cree saber mejor que los mercados lo que le conviene al país?, ¿no ha mostrado, en medio de sus inconexas promesas de cambio de modelo económico, que él cree saber, mejor que nadie, quién tiene que ganar, quién tiene que perder, cuánto, cuándo y cómo?, ¿no ha dicho que no permitirá que quiebren empresas, así sean empresas ruinosas que carecen de competitividad o que asignan mal los recursos escasos, y que en un mercado libre quiebran precisamente por eso (afortunadamente)?, ¿no ha pontificado que intervendrá en diversos mercados fijando, por sí y ante sí, los precios que él considere “justos”?, ¿usted no cree que el señor López (Hablador) está convencido de que él “sabe” cuál debe ser el precio justo del dólar?, ¿usted cree que no cesará a cualquier impertinente secretario de Hacienda que le diga que no debe manipular el tipo de cambio, (recuérdese cómo Luis Echeverría se deshizo de Hugo B. Margain y proclamó que a partir de entonces la política económica la haría el Presidente)?

 

Es sólo un ejemplo (podríamos encontrar decenas más) de cuánto daño puede hacer un Presidente que se sienta iluminado y sabelotodo y de cuán rápido puede hacer ese daño. Piénselo, estimado lector.

 

Una nota adicional: Dicen los que saben –como el gran economista Arnold Harberger- que la cualidad que más hay que admirar y desear en un secretario de Hacienda son las agallas para decir “NO” a todas las solicitaciones de gasto o de política económica irresponsable. Vicente Fox eligió un secretario de Hacienda con agallas y ha tenido –Fox- la gran virtud de atender y apoyar a su secretario de Hacienda cuando éste le ha dicho “eso no, señor Presidente”. ¿Se imagina, estimado lector, al nuevo Mesías de Macuspana aceptando que alguien, ¡un subordinado que le debe el puesto!, le diga “NO”?



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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