LUNES, 28 DE DICIEMBRE DE 2009
"Tus amiguitos están equivocados"

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“Están desencantados. Como no han visto a Santa Claus descendiendo por una chimenea, le niegan cualquier probabilidad de existencia. No, no son escépticos; sus entendimientos son tan pequeños que jamás les cabe la menor duda.”


El editorial de un periódico más reproducido en la historia se refiere a la existencia de Santa Claus (San Nicolás, Papa Noel). Fue escrito en septiembre de 1897 por el periodista Francis Parcellus Church en respuesta a la incisiva pregunta de una niña de ocho años, Virginia O’Hanlon (1889-1971), y se publicó, sin firma como se publican las posiciones editoriales de los periódicos que se respetan, en The New York Sun; un diario que presumía: “Si lo leíste en The Sun, así es”  (“if you see in The Sun, it’s so”).

 

La frase más conocida y repetida de dicho editorial es: “Sí, Virginia, sí existe Santa Claus”, pero yo prefiero la primera frase del editorial: “Virginia, tus amiguitos están equivocados”. ¿Por qué? Porque a veces, aun animados de la mayor buena fe, nuestros amigos emiten opiniones equivocadas, e infundadas, ya sea sobre el cambio climático, la existencia de Santa Claus o acerca de la posibilidad de que naciones que parecen ancladas en el perpetuo subdesarrollo den un gran salto hacia la prosperidad.

 

El famoso editorial (ojo: es género masculino, el editorial, no “la editorial” como dicen algunos despistados que no caen en la cuenta de que estamos hablando de “un” artículo periodístico y no de “una” empresa que edita libros), es un alegato no contra el escepticismo, sino contra el dogmatismo desencantado, aquel que manifiestan quienes convierten en doctrina su ignorancia y en axiomas sus resentimientos. No, no son escépticos; sus entendimientos son tan pequeños que jamás les cabe la menor duda.

 

Es bueno ser escéptico. Duda del que nunca dude. Un sano escepticismo, como el de Virginia, nos lleva a preguntar para saber.

 

Yo tengo amiguitos que han hecho de la negación suspicaz todo un estilo de vida. Dicen que “están de vuelta de todo” porque recelan de todo lo que supere el alcance de su pequeño cerebro. Un día dicen que los índices de precios, que miden la inflación promedio de miles de productos y servicios, son mentirosos porque no concuerdan con la ridícula experiencia de sus mezquinas compras de bagatelas; otro día aseguran que las cifras de exportaciones las inventa un grupo de perversos en alguna oficina del gobierno; mañana dirán que los judíos o los homosexuales conspiran contra el mundo. Es que están desencantados. Como no han visto a Santa Claus descendiendo por una chimenea, le niegan cualquier probabilidad de existencia. Como no han leído una sola línea sobre la estética repiten que “sobre gustos no hay nada escrito”.

 

Prefieren, eso sí, depositar su fe en cualquier teoría de la conspiración en la que aparezca un grupito de villanos irredentos (“los altos funcionarios”, “los neoliberales”, “los ricachones de Wall Street”), que fabrican, sin descanso, conjuras para oprimir al resto del mundo.

 

Estas legiones de desencantados dogmáticos acaban como carne de cañón para el uso de políticos astutos.

 

El desencanto ignorante –que suele hacer un punto de honor el negar todo lo que no entiende- alimenta las convulsiones de este mundo. Sucedió en la República de Weimar, durante el periodo entre guerras, cuando el nacionalsocialismo, aderezado con todos los demonios y prejuicios acumulados por un mediocre histrión austriaco, conquistó las atribuladas mentes de millones de alemanes abismalmente desencantados de los políticos convencionales. Ahí se incubó el huevo de la serpiente que terminaría en los horrores que todos conocemos… y que algunos desencantados aún niegan.


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