SÁBADO, 16 DE ENERO DE 2010
Haití, ¿cuál es la verdadera tragedia?

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“Quienes hoy sufren lo indecible no son los miles de muertos por el terremoto; son aquellos que siguen viviendo en un país que, sin exceso, suele calificarse como un infierno cotidiano, con o sin terremotos.”


Quienes hoy sufren lo indecible no son los miles de muertos por el terremoto; son aquellos que siguen viviendo en un país que, sin exceso, suele calificarse como un infierno cotidiano, con o sin terremotos.

 

Para la inmensa mayoría de los habitantes de Haití, con o sin terremotos, la vida es “solitaria, pobre, miserable, brutal y breve”. Esos cinco adjetivos –solitaria, pobre, miserable, brutal, breve- son los que usó Thomas Hobbes (1588-1679) para describir lo que es la vida del hombre sin la civilización. Sin artes, sin letras, sin sociedad organizada, sin instituciones, se vive –vuelvo a citar a Hobbes- en el miedo constante y en el peligro cierto de perder la vida de manera violenta.

 

Los terremotos entran en el terreno de lo inevitable. Son desastres naturales que nos recuerdan, sin apelaciones, el carácter igualitario de la muerte. Cervantes propone en “El Quijote” la atinada metáfora de las piezas del ajedrez que, una vez terminada la partida, son arrojadas a un saco y vuelven todas a ser iguales, lo mismo da que en el tablero de juego hayan sido reina, alfil, peón o caballo.

 

Lo que es evitable es la destrucción asociada a los imprevisibles desastres naturales. La vida sin civilización, sin instituciones confiables, sin ley que se respete, sin palabras que se cumplan, sin contratos libremente pactados que se honren, añade una cauda de tragedias evitables a los eventos inevitables. El terremoto es inevitable, pero en cambio debieran ser fenómenos evitables: la pérdida de la vivienda, de suyo precaria; el aislamiento y la incomunicación; las epidemias y el hambre subsecuentes al terremoto; la rapiña, el abuso, la brutal falta de respeto a los muertos y a sus deudos; la corrupción de quienes, cual buitres, se alimentan de la carroña y roban la poca ayuda que llega a los damnificados; la utilización de las personas, del dolor, del hambre para medrar política o ideológicamente.

 

Y es el mal evitable la verdadera tragedia. La verdadera tragedia es que no sea lo mismo padecer un terremoto de 6 grados Richter en San Francisco, California, que sufrirlo en Puerto Príncipe, Haití. La verdadera tragedia es, para ponerlo en términos locales, que el niño que hoy nace en una apartada ranchería de Chiapas tendrá diez años menos de esperanza de vida que el niño que hoy nace en Garza García, Nuevo León.

 

La economía no está llamada ni capacitada para resolver los terremotos, está llamada a resolver buena parte de las tragedias evitables. Y no es un asunto de ideologías o de ubicaciones ambiguas de izquierdas o derechas, sino de respetar en serio la vida humana y todos los derechos que ésta conlleva, empezando por la libertad de las personas para desarrollarse, para comerciar, para dedicarse al oficio o trabajo que más les convenga.

 

La libertad individual es el sustento indispensable para superar el aislamiento, para poseer bienes, para intercambiarlos, para expresarse, para crear civilización y para convenir libremente en instituciones que funcionen. El mayor fraude cometido contra naciones enteras, a lo largo de la historia, ha sido negar estas libertades aduciendo una pretendida justicia, que jamás llega y que siempre, tarde o temprano, se traduce en la más brutal de las injusticias.

 

Esa es la verdadera tragedia en países como Haití.

• Liberalismo • Desastres naturales

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