LUNES, 18 DE ENERO DE 2010
Reforma regulatoria, ¿viable?

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“Dos problemas que se deben resolver. Si no, no habrá reforma regulatoria que valga. Calderón, ¿no le está pidiendo peras al olmo? El presidente, ¿sabe cuál debe ser el fin general de la regulación?”


Usted disculpará mi escepticismo, pero de reformas regulatorias vengo oyendo desde mediados del sexenio de Miguel de la Madrid, y eso fue a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado, y hoy la actividad económica en México sigue estando muy regulada, en cantidad, y mal regulada, en calidad, razón por la cual Calderón ha propuesto una reforma regulatoria base cero, que parta desde abajo, cuestionando regulación tras regulación, con el fin de eliminar toda aquella que no se justifique.

 

Para conseguirlo, y conseguido tendrá que estar, según los tiempos establecidos por el presidente, al término del primer semestre del año, toda dependencia gubernamental tendrá que entregar, a más tardar el 31 de marzo, la lista de regulaciones indispensables, explicando la razón por la cual lo son, para que luego la Secretaría de Economía verifique que realmente cada una de esas regulaciones resulta indispensable. ¿Qué se hará con el resto de las regulaciones, con todas aquellas que no resulten necesarias? Cito a Calderón: “Todas las demás las vamos a derogar”. Ojalá, por el bien de la competitividad de la economía mexicana.

 

Hasta aquí todo suena muy bien, pero del dicho al hecho hay un gran trecho, tal y como, en materia de desregulación, hemos visto en México en el último cuarto de siglo. Las pregunta obvia es, ¿ahora sí? Ya veremos, y hasta no ver no creer. En esto, más que en otras tareas, por los frutos los conoceremos. Por lo pronto permítaseme un sano escepticismo, no vaya a ser que la desilusión resulte mayor de lo que debería, recordando que la burra no era arisca.

 

El primer problema para llevar a buen término la encomienda presidencial es el de la falta de la respuesta a la pregunta ¿cuál debe ser el fin de la regulación?, respuesta necesaria para identificar la regulación indispensable y, por eliminación, la dispensable. ¿Cuál debe ser, en general, el fin de la regulación? ¿Tiene que ver con la justicia? ¿Con la eficacia? ¿Con la justicia y con la eficacia? ¿Cuál debe ser el fin general de la regulación?

 

El segundo problema, aún suponiendo la solución del primero, tiene que ver con los incentivos para que los reguladores desregulen o, dicho de otra manera, para que los burócratas desburocraticen. ¿Pedirle al burócrata que desburocratice no es tanto como pedirle peras al olmo? ¿Exigirle al regulador que desregule no supone demandar que el olmo de peras? ¿Qué es lo más importante para el burócrata? El trámite burocrático del cual depende su trabajo y su ingreso. ¿Qué es lo más absurdo que se le puede pedir a un burócrata? Que elimine los trámites de los cuales dependen su trabajo y su ingreso. Es, para decirlo claramente, pedirle que se haga el haraquiri, si haber hecho vida el código de honor de un samurái.

 

Estos dos problemas, ¿se resolverán? Si no, no habrá reforma regulatoria que valga. Calderón, ¿no le está pidiendo peras al olmo? El presidente, ¿sabe cuál debe ser el fin general de la regulación?

• Regulación

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