MIÉRCOLES, 10 DE FEBRERO DE 2010
Los cautivos de Ebrard

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“De pronto el calvito vergonzante que cobra como jefe de gobierno de la capital mexicana se sintió una especie de cura Hidalgo y llamó a liberar a 42 millones –ése es su cálculo- de mexicanos “prisioneros” de la estrechez económica.”


De pronto el calvito vergonzante que cobra como jefe de gobierno de la capital mexicana se sintió una especie de cura Hidalgo y llamó a liberar a 42 millones –ése es su cálculo- de mexicanos “prisioneros” de la estrechez económica.

 

Fue una escena tierna y casi conmovedora la que armó ese personaje, Marcelo Ebrard, echándose un discursito maltrecho en el Auditorio Nacional el martes pasado. Cito la versión que ofreció un reportero del diario “Excélsior” tal como pudo leerse en la red:

 

“Al hacer entrega de dos mil 491 tarjetas de pensión alimentaria a adultos mayores, el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, llamó a cambiar el rumbo de la política económica del país que tiene “prisioneros de la pobreza” a más de 42 millones de mexicanos, 18 millones de ellos no les alcanza ni para comer, dijo.

 

“Digo prisioneros porque pasan los años y siguen en la pobreza. ¡42 millones!”, exclamó el mandatario.”

 

Concluye la cita, y el encanto. Porque la mejor opción que se le ocurrió al señor Ebrard –quien sufre lo indecible por cubrirse, con préstamos forzosos de cabello, la galopante calvicie- para virar de rumbo en materia económica fue proponer que se aplique el “Programa de Adultos Mayores” en todo el país. Esto es: Que en este país a cada persona “mayor” –digamos que sobrepase los 65 años de edad- se le entreguen por ese solo hecho, ser “madurito”, alrededor de 700 pesos al mes. Y eso, bien vistas las cosas, no es precisamente “la solución” a la pobreza, ni a las estrecheces que impone la escasez de recursos.

 

Mire usted, don Chelito (apócope de Marcelo), eso de dar a la gente dinero que procede de la propia gente –con una inevitable merma porque quien lo reparte se queda con su tajada, amén de que la incompetencia proverbial de la burocracia le hinca con singular desparpajo los colmillos al botín- es tan mala idea como taparse la calvicie de una frente amplia y desembarazada con los largos y escasos pelos que crecen en la sienes o debajo de la coronilla.

 

Los cabellos que son forzados a cubrir la frente –y a fabricar un copete de sesentero tardío- tienen que salir de alguna parte y si ya no salen de las profundidades del cuero cabelludo sólo queda recurrir a los peluquines artificiales o a que los escasos cabellos de atrás sean obligados a lanzarse hacia el frente con resultados en los que lo ridículo rivaliza con lo torpe.

 

La analogía es más que pertinente porque en el mismo acto en el que don Chelito se posesionó del papel del cura Hidalgo proclamando el fin de la esclavitud (por aquello del Bicentenario de la Independencia de México), su empleado, el señor Mario Delgado, que cobra como Secretario de Finanzas del Distrito Federal, comentó muy orondo que cada día dan más dinero a más “adultos mayores” porque cada día le cobran más impuestos prediales, así como muchos otros gravámenes, a la gente, muchos de los cuales son, también, “adultos mayores” que viven en la capital del país o, aquellos que acaso no lo son, tienen en sus familias “adultos mayores” a los que cuidar y mantener.  En otras palabras: “Te estoy quitando del bolsillo derecho mil pesos más cada mes, para ponerte en el bolsillo izquierdo tus 700 pesitos”. Y si no te lo estoy quitando a ti, se los estoy quitando a alguien más.

 

Por dondequiera que se vea se trata de un pésimo negocio para la sociedad en su conjunto: Nadie está creando riqueza con el numerito (es decir: ¡nadie está haciendo que crezca más el pastel a repartir!), sino disminuyéndola. ¿Eso es “cambiar el rumbo” de la política económica? No parece. Más bien, ese esquema ruinoso repite lo que los gobiernos mexicanos, y antes los del virreinato colonial, han hecho por siglos.

 

Cambiar el rumbo de la política económica sería no disimular la escasez de recursos, del mismo modo que los ilusos disfrazan su calvicie, sino fomentar la creación de riqueza. Ni el señor Ebrard, ni el señor Delgado producen riqueza, ¡consumen la riqueza ajena! Y todavía tienen el tupé (artificioso, desde luego, véase en el diccionario qué quiere decir “tupé”) de disfrazarse de héroes patrios.

 

¿Qué sucede en la realidad? Que con su desgobierno y sus ocurrencias tan estridentes como irrelevantes (ejemplo: lo de los matrimonios homosexuales es una auténtica tomada de pelo, ¡como si alguien necesitara el permiso de los burócratas para amancebarse con quien quiera!) así como con sus impuestos, exacciones y demás cobros, Ebrard y sus empleados nos quitan, a los capitalinos, riqueza. Pero eso sí, a la primera oportunidad se nos presentan como héroes de la patria, escudados en limosnitas que salen en realidad de nuestro propio peculio.

 

Nada nuevo. Así ha sido siempre y en casi todos lados. No sé qué admirar más en los políticos: si su caradura para querernos tomar el pelo (¿se querrá Ebrard hacer una peluquita con nuestros cabellos?) o si su perseverancia en el error.

• Distrito Federal / CDMX

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