LUNES, 15 DE FEBRERO DE 2010
Los Pinos y el reino tenebroso

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“Es asombroso comprobar cómo han aprendido algunos panistas a tocar el pandero y hacer que los oseznos y hasta los viejos osos venerados salten y dancen al son que ellos, esos panistas avezados en el reino de lo tenebroso, dictaminan.”


El domingo alguien que toca muy bien el pandero, al grado de que los dóciles medios de comunicación danzan al ritmo y con el rumbo que les traza ese dueño del pandero, dictaminó que si Fernando Gómez Mont renunció al PAN de sus amores y de sus sinsabores fue por andarse yendo “por la libre”, esto es: Por hacer tratos con los del PRI –especialmente con los que mueven los hilos de las marionetas de San Lázaro– sin la venia del Presidente Felipe Calderón.

 

Esta nueva versión convierte de súbito al “digno y valiente” Gómez Mont, que rompió en un alarde de integridad con un partido entrañable al que ahora ve a la deriva, en el “torpe y arrogante” Gómez Mont que, carente de “oficio político” metió al gobierno federal y a los pobres panistas henchidos de anhelos democráticos (pero sólo para Oaxaca, Hidalgo o Durango) en un brete. Desde luego, el corolario de la nueva versión propalada sería obligatorio: Gómez Mont ahora debe irse de la Secretaría de Gobernación por imprudente, por andar haciendo promesas que no puede cumplir y, sobre todo, por no consultar con el jefe –el presidente Calderón- antes de hacer pactos inconfesables y turbios.

 

No es extraño que, tras los elogios a Gómez Mont, dispensados por algunos artesanos de la opinión pública, surjan ahora los reproches. Lo que es asombroso es comprobar cómo han aprendido algunos panistas –de los nuevos y de los viejos- a tocar el pandero y hacer que los oseznos y hasta los viejos osos venerados (aunque algunos ya no puedan ocultar la chochez y la dolorosa torpeza característica de los animales artríticos), salten y dancen al son que ellos, esos panistas avezados en el reino de lo tenebroso, dictaminan.

 

Basta repasar, hoy lunes, las columnas de chimes y encargos (“ahí publícalo como cosa tuya, mi hermano”) de los periódicos nacionales para comprobarlo. Todos cayeron en la cuenta el mismo día (un domingo aburrido a pesar del “amor y la amistad”) de que Gómez Mont no sólo había sido desleal con el Presidente, sino un tonto de capirote. Todos dicen saber, “de buena fuente”, “alguien muy cercano al ánimo del Presidente”, “de alguien de adentro de Los Pinos”, la nueva verdad sobre otro episodio del reino tenebroso que es la política mexicana. Y suponen, los comunicadores oficiosos, que la gente ha de creerles ahora que dicen “la verdad es A”, del mismo modo que supusieron que la gente les creyó a píe juntillas apenas ayer cuando juraron saber, de fuente intachable pero siempre inconfesable, que la “la verdad es B”.

 

Se podrían hacer cientos de comentarios más o menos pertinentes sobre este fenómeno de torpe (es torpe en la misma medida que deja sus huellas por todas partes) intento de manipulación de la opinión del público, de fabricación chapucera y apresurada de la historia, de falsificación pueril de los hechos. Por lo pronto, parece claro que a decenas de miles de personas de a píe ya nos tienen hartos estos “enterados comunicadores” (tan “enterados” que el día que se acabe el mundo serán los últimos en darse por avisados) y sus patrones que, día tras día, hora tras hora, nos quieren ver la cara de palurdos a todos, para mejor seguirnos esquilmando.

 

Y otra cosa que a mí me deja un tanto estupefacta es la velocidad con la que los panistas que rodean a Calderón (esto es: todos los que le rodean y tratan de hablarle al oído, como consejeros áureos porque todos son “panistas” de nombre), han aprendido el arte de tocar el pandero, de manipular a unos y a otros para que se traguen la última historieta del momento. Por supuesto, el propio Calderón podría ser el principal “tocador de panderos y panderetas”. Pero también podría tener a dos o tres tocadores del pandero que fingen estar a su servicio, aunque a la postre sirvan a quién sabe quién. Tal vez al diablo o a sus pulsiones más primitivas.

 

Hace años, esto hubiese sido impensable en las filas del PAN. No me imagino, por ejemplo, al viejo Felipe Gómez Mont, venerable cabeza de una de las familias custodias del “partido de la gente decente”, jugando a tocar el pandero. La imagen que tengo de él se remonta a mi infancia: Solía verlo rezando, con piedad impresionante, ante el altar de Santo Tomás Moro, en la iglesia del mismo nombre. Viejo distante y adusto, famoso abogado; padre de una prole azas numerosa. Mis amigas y yo, obligadas por las monjas de la escuela, fatigábamos algunas tardes en esa iglesia musitando fastidiadas y distraídas aves-marías que se nos hacían interminables. Un día, alguna consiguió unas pequeñas perlas de éter que estallaban, silenciosas, al dejarlas caer al suelo: Nos propusimos dormir al viejo Gómez Mont a fuerza de vapores de éter, ¡y casi lo conseguimos! El piadoso abogado y tribuno empezó a cabecear peligrosamente hincado en su reclinatorio… hasta que, sorprendido por el sopor, se levantó de súbito, seguramente antes de haber concluido la rutina de sus rezos al santo canciller que le plantó cara a Enrique VIII, y con pasos firmes se dirigió hacia nosotros: ¡Terror!, ¿se habría dado cuenta de nuestra insensata e irrespetuosa grosería?, ¿nos denunciaría ante las monjas o, peor aún, ante nuestros padres?, ¿nos daría don Felipe una filípica? Nada de eso. Se limitó a salir bostezando de la iglesia…

 

Muchísimos años después conocí en un acto público a su hijo Fernando. Me pareció insufrible y pagado de sí mismo. Pero tampoco olvido que unos días antes de ser nombrado Secretario de Gobernación tuvo la integridad y valentía de denunciar públicamente las amenazas que, por intermediación de uno de sus serviles emisarios, le hizo llegar el dueño de Televisión Azteca (la carta pública es tal, pública, jamás fue desmentida por los acusados, y puede consultarse en cualquier hemeroteca). Tampoco olvido la imagen de Gómez Mont zarandeado físicamente por otro de los personeros de “la televisora del Ajusco” en un sonado pleito por el canal 40. Puede ser, entonces, que Fernando Gómez Mont sea insufrible y pedante, pero no tiene facha de ser de aquellos que bailan al son de algún pandero oculto en las tinieblas, ni tampoco parece necesitar usar a los domesticados chismosos de la opinión publicada para decir lo que por su propia boca sabe y puede decir. En breve: No es un tocador de panderos, ni ha aprendido, a diferencia de otros panistas –nuevos y viejos, doctrinarios o hipócritas-, el arte de manipular desde la oscuridad.  Así pues, a otro perro con esos huesos.

• Política mexicana • Periodismo barato • PAN

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