LUNES, 15 DE FEBRERO DE 2010
¡No le echen la culpa a Papá Dios!

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“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“Por muchos muertos que cause, un terremoto es natural pero la catástrofe es humana. El desastre producido por un huracán o una lluvia torrencial tampoco es culpa del Creador sino de alguien muy inferior.”


Lo aprendí en septiembre de 1985. Por muchos muertos que cause, un terremoto es natural pero la catástrofe es humana. El desastre producido por un huracán o una lluvia torrencial tampoco es culpa de la naturaleza.

 

Se dice de tales cataclismos actos de Dios con la facilota excusa de imputar al Creador los males que produce un irresponsable que escurre el bulto.

 

Un terremoto demuestra la ley de la causa y el efecto. Pone en el banquillo al que diseña y hace cumplir los reglamentos y normas de construcción y protección civil, y una ciencia exacta como la ingeniería cae ante la corrupción, consustancial al poder en sociedades donde la ley es para acusar y ajustar cuentas y no es norma de diaria conducta.

 

En la película Terremoto Charlton Heston protagonizaba a un ingeniero civil que, antes de morir, sentía vergüenza de su profesión. Hacía bien en sentirse así, y California no es México ni mucho menos Haití, donde el temblor fue una catástrofe porque Haití siempre vive en catástrofe bajo gobiernos catastróficos.

 

Los daños no los hace un sismo que deja en pie los edificios bien hechos y tumba los que de todas formas iban a caerse. No siempre hacen falta temblores para averiguar cuán malos son, por ejemplo, los que hizo y entregó Bejarano a clientes suyos. (Olvidando que su poder nació de otras ruinas urbanas en 1985, y el apoyo de un terremoto político, Manuel Camacho.)

 

Los daños —los crímenes— no los comete Dios (o la naturaleza) sino alguien muy inferior. Cuando en 2007 decían “la lluvia desgajó un cerro en San Juan de Grijalva” sonaba chistoso: no había llovido en, digamos, 50,000 años, si ese cerro no se había desgajado.

 

En Acapulco, en 2003, el “mal tiempo” echó abajo medio cerro milenario en Brisas Guitarrón y arruinó con lodo y rocas una casa que conocí. ¿Razón verdadera? Cerro arriba, contra toda norma constructiva y ecológica habían hecho un estacionamiento. Más recientemente se desgajaron cerros en Angangueo y Temascaltepec. Las docenas de muertos ni cuenta se dieron de cómo estaban depredados y talados esos cerros, sin que gobierno alguno hubiera acertado a impedirlo.

 

El más ridículamente dramático crimen ecológico ocurre desde el Virreinato, la independencia, la modernidad y la posmodernidad en este valle-cuenca-cloaca del Anáhuac. Ninguna otra inmensa ciudad en el mundo ha sido edificada con tal empeño antinatura. De tanta agua que le sacan se hunde hasta 40 cm al año, y el “río” de la Compañía (un albañal a cielo abierto) ha quedado tan encima de la tierra hundida, que esa especie de canal en segundo piso ha necesitado diques que ya están a ¡5 metros de altura!

 

Pero lo más interesante es que, pegadas a los diques y a las aguas pestilentes, hay calles y casas. Tantas, que ya ni siquiera pueden reforzar los diques.

 

¿Vivir allí? Oh maravilla de planeación urbana y atención a las normas de salubridad, al uso del suelo, y al imperio de la ley. Y peor de maravilla, cómo llegan a Chalco las encopetadas autoridades a adornarse supervisando los daños luego de que las lluvias (canijas lluvias malévolas) rompieron el dique e inundaron por completo ese lugar tan apto para que allí vivieran familias respirando el aromático drenaje de una megaciudad, antes aún de que literalmente les cayera encima el agua de nuestros excusados.

 

Los “damnificados” (prefiero llamarlos sobrevivientes de un crimen colectivo) recuerdan que 10 años antes les había pasado lo mismo. Y aquellas autoridades —aunque aún no se vistieran de chamarra roja— declararon exactamente lo mismo que las de hoy. Y resolvieron tan bien el problema, que ahora se repite.

 

En el Estado de México, Acapulco, Chiapas, Michoacán, el DF y cualquier otro lado, esos “actos de Dios” son actos de un gobierno que permite invadir el recargador del acuífero (el Ajusco) o los desagües. Y hace justicia social dando servicios urbanos a los paracaidistas, quién sabe para provecho de qué líder de qué partido y a cambio de quién sabe qué favores-dinero-concesiones-prebendas-privilegios otorgados por quién sabe qué rector de la economía que subsidia servicios para que sean baratitos y atraigan votantes, y hace obras visibles pero inútiles que dan fama y votos a quién sabe qué candidato.

 

Suprema inteligencia, prudencia y sapiencia urbana desde Hernán Cortés hasta todo gobierno “moderno”: obstinarse en habitar en lo que desde hace milenios la naturaleza decretó que fuera lago; desecar toda agua superficial y usar de basureros los ríos para luego entubarlos y encima hacer calles para coches en una ciudad que agoniza cuando se inunda y cuyos habitantes morirán ahogados en excremento porque la naturaleza no acepta necedades, arrogancias, sandeces e imprudencias de quien cree que la tecnología puede contra ella. Y el lago desecado actúa como amplificador de terremotos en las zonas de la ciudad con subsuelo de lodo. Pero la naturaleza no es de hule. A veces pone en su lugar a quien llama a sus imbecilidades “actos de Dios”.

 

Recuérdalo, Anáhuac: lago eres y en lago te convertirás.

• Desastres naturales

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