JUEVES, 4 DE MARZO DE 2010
Un mundo virtual

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Alberto Medina-Méndez







“Escuchar discursos políticos altisonantes, intentando convencernos de que vivimos en un país soñado, digno, orgulloso de si mismo, con problemas insignificantes, que está dando la gran batalla contra sus enemigos, es ofrecernos una caricatura de la realidad. ”


Muchos problemas de la cotidianeidad resultan, para la inmensa mayoría de los mortales, una obviedad. No parecen precisarse demasiadas evidencias adicionales para confirmar lo que muchos ciudadanos visualizan como parte del presente.

 

La nómina de inconvenientes es interminable. Muchos de esos problemas son olvidados por la clase dirigente. En algunos casos, lo hacen en conocimiento de su existencia, explicitando una decisión premeditada de abandonar a su suerte al asunto.

 

En otros casos, ni siquiera son percibidos por la política. Directamente ignoran el tema y cuando alguien se los muestra, encuentran convenientes argumentos para relativizar su importancia, minimizar su impacto o incluso refutarlo de modo absoluto.

 

Les sucede algo similar a lo de tantos científicos. No descubren los problemas porque no están predispuestos a verlos. Sus conclusiones resultan intocables, inmutables y no aceptan someterlas a revisión. Cualquier dato que se desajuste de esa mirada, se descarta y no pasa el filtro. Sus premisas se seleccionan para que concuerden con una conclusión que ha sido decidida en forma anticipada y que se ajusta a sus creencias.

 

Es por esa razón por la que las puertas de las oficinas públicas permanecen cerradas a los reclamos de la gente. También eso explica porque aborrecen de lo que se dice en los medios de comunicación o lo que opinan sus circunstanciales opositores. Para los que gobiernan, ningún asunto por si mismo amerita ser considerado “grave”. En todo caso se trata de un eventual tropiezo que será evaluado y considerado oportunamente.

 

Quienes lo describan al problema como tal, serán opositores recalcitrantes, crónicos desestabilizadores, funcionales instrumentos de una operación de prensa o perversos voceros de poderosos intereses ocultos, preferentemente internacionales.

 

Para ellos, el país REAL es ese que se encargan de difundir por los medios de comunicación estatales, esos que pagamos todos, pero que enaltecen la ideología gobernante con exclusividad, sin tapujos, sin sonrojarse y con la convicción de que hacen lo moralmente correcto al propalar sus ideas y aplastar las ajenas.

 

En esas imágenes, en esos relatos, pululan miles de ciudadanos sonrientes, felices, conformes y satisfechos. Un verdadero cuento de hadas en el que solo habitan soluciones y todos los escollos han sido superados o son simples nimiedades.

 

Se trata, claro está, de una fantasía, de algo irreal, de un mundo virtual, que no existe y que solo puede sustentarse en el tradicional microclima que los mas de los políticos se construyen para si mismos, en el que se habla solo de los temas que se seleccionan minuciosamente, en el contexto de una agenda hecha a su medida.

 

Y no es que el mundo real, sea un mar de lágrimas, poblado de gente infeliz, fracasada, resentida y desconsolada. Ese TAMPOCO es el mundo real. Esa es otra ficción.

 

Si hay algo que el ser humano ha aprendido como especie, a lo largo de su historia, es a desarrollar una, cada vez más elogiable, capacidad de adaptación, que evoluciona generación tras generación.

 

En ese contexto, el mundo real es complejo, difícil de comprender y cualquier simplificación cae en el riesgo de pecar de extrema inexactitud. Nuestra sociedad no es la que nos describen los circunstanciales oficialistas de turno. Tampoco es la que tan dramáticamente intentan mostrarnos los opositores.

 

Somos parte de una comunidad que intenta desarrollar lo que la naturaleza misma del hombre indica, la búsqueda de la felicidad. Se trata de hacer el intento por encontrar esa utopía con la que nos topamos cada tanto, no con la frecuencia que todos desearíamos, pero que constituye nuestro norte, nuestra brújula, nuestra meta a alcanzar.

 

Con esa motivación, cada ser humano, inicia su jornada cada día. Y así debe ser. Conviven entonces permanentemente en la misma persona, en la misma familia, en esa sociedad, esas luces y sombras que caracterizan la vida humana. Intentar dibujarnos un mundo de rosas, o sus antípodas, una nube negra en el horizonte, es desconocer la propia esencia de la especie humana.

 

Bajo esas premisas, y considerando, que en esa búsqueda de la felicidad individual, se les ha delegado a los gobiernos una porción de esa tarea, quienes tienen la responsabilidad de conducir, deben bregar por hacer las cosas lo mejor posible, cumpliendo con sus mandantes y logrando que sus razonables expectativas sean satisfechas. No se trata de pintar un arco iris o una tormenta. Ambos escenarios son cíclicos y alternarán invariablemente a lo largo del tiempo, sucediéndose unos a otros.

 

Escuchar discursos políticos altisonantes, intentando convencernos de que vivimos en un país soñado, digno, orgulloso de si mismo, con problemas insignificantes, que está dando la gran batalla contra sus enemigos, es ofrecernos una caricatura de la realidad. Nada de eso se parece a lo que todos los días percibimos. No somos una Nación sonriente. Esas caras rozagantes, exultantes, llenas de júbilo y euforia no se ajustan a nuestro sentir permanente. Tampoco encajamos en la lúgubre descripción del pueblo destrozado, desbastado, resignado, aplastado y apesadumbrado que otros intentan imponer como el rostro del presente.

 

Somos esa sana mezcla que disfruta de lo que tiene, y sueña con algo mucho mejor. Pertenecemos a la especie humana, y somos por tanto, capaces de arreglarnos con lo que hay, sin perder las esperanzas de algo mejor.

 

Esto explica buena parte del desencuentro entre la política y la sociedad. Dos idiomas distintos. Tal vez la política debería dejar de preocuparse por retratarnos en esa ficción y ponerse a trabajar por sus propias responsabilidades, esas que la sociedad les ha asignado para contribuir a la construcción de una comunidad mejor. Los ciudadanos  persistiremos en el intento de nuestra interminable “búsqueda de la felicidad”, para que sean más las luces que las sombras. Porque vivimos en un mundo real. No precisamos escucharlos con sus discursos cegados para que nos sigan contando acerca de SU mundo virtual.

 

• Política mexicana

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