MIÉRCOLES, 10 DE MARZO DE 2010
Siempre será mejor negocio la libre elección

¿Usted considera un triunfo para México el acuerdo al que llegó con Estados Unidos para evitar la imposición de aranceles?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Juan Pablo Roiz







“Al contrario de lo que pregonan algunos papanatas renombrados, esta crisis global ha vuelto a comprobar la infinita superioridad, ética y práctica, de las decisiones surgidas de la libertad personal sobre aquellas decisiones que los políticos y gobernantes toman por nosotros invocando nuestro bienestar (y aun concediendo que hubiesen incurrido en tal atrevimiento, decidir por los demás, con la mejor de las intenciones).”


Este mundo está lleno de papanatas. Más aún: Todos los seres humanos, hasta los más avispados y aun los más ilustrados, en algún momento hemos actuado como auténticos papanatas, esto es: como personas excesivamente simples y crédulas, propensas a dejarse engañar, que ésa es la definición de papanatas.

 

Hecha esta aclaración, debo decir que mi papanatas favorito es el jefe de gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, porque además de ser papanatas permanente y poliédrico (que lo es siempre y visto desde cualquier ángulo) viste sus tonterías con la arrogancia que correspondería –en justicia- a una persona de veras culta, con abundantes conocimientos y dotada de grandes luces intelectuales; cosas todas de las cuales el señor carece. Esta combinación, que el señor Rodríguez Zapatero lleva a extremos inauditos, es más peligrosa que una banda de borrachos conduciendo autos de carreras a las puertas de una escuela primaria, a la hora de la salida: Es mortal por necesidad. El papanatismo arrogante siempre termina causando grandes daños. De ahí que los papanatas de tal género, como el jefe de gobierno que sufren los españoles, sean no sólo tontos de catálogo sino villanos y malvados.

 

No hace mucho, Zapatero formuló una de sus frases dignas de figurar en una antología del papanatismo histórico, con motivo de la crisis financiera global. Dijo este socialista de nombre (y digo que lo es de nombre porque, caray, hasta el socialismo se merecería representantes menos lerdos) que “los que defienden las pensiones privadas se habrán encontrado con un problema durante esta crisis”. Y se quedó tan orondo, como si hubiese descubierto un mediterráneo insospechado. Millones de personas le podríamos haber contradicho desde ese día, no sólo en España sino en el mundo, con datos contundentes surgidos de la experiencia de la misma crisis. Hoy, cuando Zapatero está contra las cuerdas –tal vez esperando que algún alma caritativa detenga la masacre que está sufriendo su reputación como político, como gobernante y como ente racional– ni siquiera un papanatas como él osaría repetir tal disparate: Los pensionados forzosos, aquellos a quienes sucesivos gobiernos despojaron de una parte de sus ingresos para invertirlos en quién sabe qué  ofreciendo ampulosas promesas de bienestar inacabable, se enteran de que están peor que quebrados, si cabe. Tendrán que trabajar –si acaso conservan el trabajo o no lo han perdido- más años para recibir, al final, mucho menos de lo esperado, quién sabe qué… unos euros, una palmada en la espalda o humo o polvo. Todo, porque los genios que decidieron por ellos decidieron mal. Todo porque los genios que se arrogaron el derecho de decidir por los demás metieron las patas, fueron descuidados e irresponsables (lo cual es harto frecuente cuando administramos lo que no nos pertenece), así que la frase de Zapatero debiera ser, para honrar la verdad, exactamente al revés: “Hoy aquellos papanatas, como yo José Luis Rodríguez Zapatero, que cegados por la ideología y por el prurito de posar de progresistas y socialistas, nos opusimos  a los fondos de pensión individualizados, en los que el dueño de los recursos es quien decide cuánto, cuándo y en qué invierte para su retiro, esto es: quienes nos opusimos a las llamadas pensiones privadas deberíamos darnos de topes contra las paredes”.

 

Por supuesto, Zapatero jamás reconocerá su error, porque sería tanto como reconocer las consecuencias fatales de su arrogancia (como habría dicho Friedrich A. Hayek) y reconocer que, en eso sí, en lo de la fatal arrogancia, es un prototipo socialista intachable.

 

¿Qué es lo peor que le pudo pasar a quien administró, libre e individualmente, sus ahorros para el retiro? Que si se equivocó, ya sea en el monto a ahorrar cada mes, ya sea en el tipo de instrumentos en los cuales ahorrar, o incluso si se equivocó por no ahorrar, todas ésas fueron decisiones suyas, propias, soberanas, libérrimas. Y siempre será mejor equivocarse por cuenta propia a que se carguen tu patrimonio las equivocaciones de otros. Más todavía: Es menos probable –la experiencia lo demuestra- que alguien se equivoque con su dinero a que se equivoque con el dinero de otro (de buena o de mala fe). Y aún más: Quien quiere complacer a todos con el dinero de los demás (caso típico de los gobiernos que usan bienes de propiedad individual para alcanzar objetivos sociales o comunes, no privados) no sólo acaba quedando mal con todos, sino que defrauda por necesidad a quienes sí ahorraron lo suficiente dizque para beneficiar a quienes no lo hicieron.

 

¿Qué es lo que sucedió en España a los pensionados forzosos en sistemas de reparto –no individualizados- en los que las pensiones se van calculando, en el mejor de los casos, con lo que hay en la piñata comunitaria al momento que uno se retira? Que se fastidiaron, pero no por cuenta propia. Que no se fueron a la ruina, sino que literalmente los empujaron a la ruina mientras les endulzaban el oído con papanatismos socialistas.

 

En ese temible espejo debieran verse nuestros esforzados políticos mexicanos –lo mismo los que están en el gobierno que aquellos que dicen estar en la oposición– y en la próxima entrega espero dar algunos ejemplos –verdaderas historias de terror– de nuestro papanatismo orgullosamente mexicano y revolucionario.

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