Sólo para sus ojos
Feb 13, 2006
Juan Pablo Roiz

La canalla y la patria

Escudarse en el patriotismo para ocultar con gestos teatrales la ineptitud y corrupción que han campeado en esa delegación de la Ciudad de México por años, es un acto propio de gente ruin y despreciable, de la canalla.

En la Ciudad de México, la jefa de la delegación Cuauhtémoc amenazó clausurar el hotel Sheraton, María Isabel, con el pretexto de violaciones a ciertas dispiosiones reglamentarias pero con la auténtica finalidad, confesada explícitamente por la misma funcionaria, de castigar a la empresa que lanzó a la calle a 16 diplomáticos cubanos que se reunían en dicho hotel con negociantes de Estados Unidos.

 

Dijo esta señora, de nombre Virginia Jaramillo, que la clausura sería “un acto de patriotismo”.

 

Al escritor inglés Samuel Johnson (1709-1784) se atribuye esta lapidaria frase: “El patriotismo es el último refugio de la canalla”. Por supuesto, como aclara James Boswell (biógrafo de Johnson) la frase se refiere a los falsos patriotas que se escudan en la noción –a la vez fervorosa y abstracta- de la patria, para ocultar actos e intenciones más o menos ruines.

 

Canalla en español es un sustantivo plural de suyo, como “gente” (por eso es incorrecto decir o escribir “los canallas”) que significa: “gente ruin y vil”.

 

Escudarse en el patriotismo para adquirir notoriedad política, para granjearse la simpatía de la garrapata con barbas que oprime a los cubanos, para ocultar con gestos teatrales la ineptitud y corrupción que han campeado en esa delegación de la Ciudad de México por años, es un acto propio de gente ruin y despreciable, de la canalla.

 

Regresemos al principio. Confieso que todo el asunto de los diplomáticos cubanos despedidos abruptamente de ese hotel –en cumplimiento, dicen, de una ley estadounidense abstrusa que atenta contra la libertad de comercio– me parece un incidente de poca relevancia que debió resolverse con una enérgica declaración política del gobierno mexicano, condenando –otra vez, como ya se ha hecho en muchas ocasiones en el pasado- la pretensión de aplicar extraterritorialmente leyes secundarias (que, por cierto, contradicen el espíritu liberal de la propia Constitución de Estados Unidos) y por una sanción al hotel a causa de una política claramente discriminatoria que viola la Constitución mexicana. Hasta ahí. Lo demás es alharaca de aldea, simulación… y falso patriotismo propio de la canalla.

 

Confieso también que es particularmente irritante que a estas alturas de la historia, ya entrados en el siglo XXI, sigamos padeciendo esa plaga del patrioterismo. Confieso también que me aterra –como ciudadano libre- el mensaje que envía la señora Jaramillo: “Yo uso la ley y los reglamentos para ajustar cuentas políticas y cobrarme agravios ideológicos”. Hoy es ése hotel. Mañana podría ser mi negocio, mi patrimonio, mi libertad física la que esté en riesgo porque incordié o molesté, con mis preferencias o con mis opiniones y juicios, a quienes se creen “dueños” de la ley, y que en vez de acatarla la esgrimen como objeto arrojadizo contra quienes piensan diferente o son diferentes.

 

Es válido, incluso, extrapolar la actitud de este destacada perredista, quien cumplió instrucciones de su jefe directo (el jefe de gobierno de la Ciudad) usando los reglamentos como instrumento represivo de carácter ideológico, e imaginar si ése tipo de actitudes podremos esperar en caso de que un perredista –de la misma calaña– sea el Presidente de México.

 

Confieso, por último, que para mí, como para el poeta venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892), autor del largo poema “Vuelta a la Patria”, la patria no es otra cosa que el hogar ausente (el poeta regresa del exilio a la tierra en que nació y a pesar de anhelarla no encuentra su patria, sino el frío sepulcro de su madre). Confieso, para mayor escándalo de los patrioteros, que no amo mi patria. Y lo hago tomando prestadas las palabras de José Emilio Pacheco en esas líneas magistrales tituladas “Alta traición”:

 

No amo mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques de pinos,

fortalezas,

una ciudad deshecha,

gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

-y tres o cuatro ríos.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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