MIÉRCOLES, 21 DE ABRIL DE 2010
4. México en Rajasthán

¿Usted considera un triunfo para México el acuerdo al que llegó con Estados Unidos para evitar la imposición de aranceles?
No
No sé



“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Fernando Amerlinck







“Estos no son temas de cultura general sino de vida diaria, encarnada en la práctica coti-diana de la gente y que el visitante percibe con sentimientos profundos de admiración y simpatía. Gracias a eso, en gran parte, es India un país tan amable, donde la gente procura portarse bien y respetar a su vecino, y donde no aparece eso que corroe y pervierte las relaciones humanas hasta en nuestras mejores familias: la envidia.”


Untitled Document

Udaipur, Rajasthán – Hemos recorrido en coche (no manejado por mí, pues no tengo suficientes intenciones suicidas) la larga distancia entre Jodhpur y Udaipur, para poder conocer en Ranakpur un templo jainista.

El paisaje no podía ser más mexicano. Árido, en gran parte silvestre, con tierra yerma que apenas puede con uno que otro árbol suelto, casas descuidadas (pero con la diferencia de que las paredes no están hechas del hermosísimo tabicón gris con que las construyen en México), montañas despeinadas y rocosas. Me sentía en el camino a Malinalco o en zonas  montañosas de Puebla. Hasta la calidad de la carretera se parece y, como en México, casi no hay señalización, pero con la diferencia de que en India no hay baches.

Otra semejanza, a veces muy impresionante, es la apariencia física de la gente. Hay mexicanos a quienes algún local les pregunta en hindi, y nativos a quienes dan ganas de hablarles en español. Los indios suelen ser muy oscuros, pero los que no lo son tanto, podrían ser mexicanos, con una grande, oceánica diferencia: las mujeres indias son incomparablemente más bonitas que las mexicanas: jóvenes, mayores y hasta viejas, son mucho más bellas, y no sólo por ser muy cuidadas de su apariencia, maquilarse con cuidado, emperifollarse con todo tipo de aditamentos, y vestirse preciosamente.

Los bellísimos, auténticos saris aun siguen derrotando a esa manifestación de la decadencia de Occidente, que para mi gusto es la más clara y lastimosa: el nefando uniforme llamado “blue jeans”.

Algo más que se nos parece: la comida supercondimentada (spicy). En el libro de Octavio Paz hay referencias al chile y a teorías que lo hacen llegar a India a través de Filipinas, Cochin o Goa, con un producto peculiar que es el mole. Dice: “Hay una indudable semejanza, debida al chile, entre el curry y el mole: al combinación de lo dulce y lo picante, el color rojizo de reflejos suntuosos y el ser el acompañante de una carne o una legumbre. El mole se inventó en Puebla, en el siglo XVII, en un convento. ¿Es una ingeniosa versión mexicana del curry o el curry es una adaptación hindú de una salsa mexicana?”

Tienen también algo mexicanísimo: las tortillas, que se llaman chapati o roti pero son de trigo o mijo (éstas saben a tlacoyo), con las que no suelen hacer tacos pero los hemos inventado para llevarnos a la boca las preparaciones con curry. Además sirven de cuchara, de modo que funcionan como cubiertos, en México y acá. En un pueblo cercano al templo de Ranakpur había una tortillera en el suelo, no torteando masa sino aplanando bolas de trigo con un rodillo y luego echándolas a un comal curvo. Y salvo por la ropa, casi no era distinguible de una mexicana.

En cuestión de arte, el nivel indio de calidad es años luz superior al nuestro pero hay un punto muy claro de confluencia: el abigarramiento, la exuberancia, el horror al vacío. En toda pared o decoración o arquitectura nada hay más ajeno de la cultura india (o de la mexicana) que el minimalismo.

Claro que hay diferencias en el campo, y enormes. La más aparente es que las mujeres rurales están, todas ellas, vestidas de los más esplendorosos y coloreados saris. La tierra café se llena de vida con esas figuras vaporosas y hermosísimas al socaire de los mexicanos paisajes.

Una diferencia más: los indios respetan tanto a la vida, que puede pasar volando sobre la carretera un pavorreal o una parvada de pericos y ni quien pretenda hacerles daño. Y el camino que recorrimos está habitado por changos de larga cola, a los que se les puede aventar una mandarina o ponerla arriba de la ventana del coche para que se lleven ese manjar o las monas se lo den a la cría que traen agarrada a la panza. No molesta a los animales quien cree que en el pasado fue uno de ellos, en una de las infinitas cadenas que obedecen a la metempsicosis, la transmigración de las almas de un cuerpo a otro hasta llegar al más alto estadio, la vida humana.

Las transmigraciones de las almas ocurren millones de veces, para llegar a las reencarnaciones humanas entre castas. Los intocables (en las leyes está prohibido hablar de ellos así; son los que arreglan baños, lo más bajo de la casta de servicios, y que Gandhi llamó “gente de Dios”) si se portan bien en cada vida llegarán a ser guerreros o brahmanes. Pero si no, podrán regresar en al escala evolutiva regida por la implacable ley de la causa y el efecto, el karma.

Estos no son temas de cultura general sino de vida diaria, encarnada en la práctica cotidiana de la gente y que el visitante percibe con sentimientos profundos de admiración y simpatía. Gracias a eso, en gran parte, es India un país tan amable, donde la gente procura portarse bien y respetar a su vecino, y donde no aparece eso que corroe y pervierte las relaciones humanas hasta en nuestras mejores familias: la envidia.

• India

 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus