JUEVES, 22 DE ABRIL DE 2010
5. Un país que demuestra a Dios

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“El resentido se siente víctima de las acciones ajenas. La política y la religión como las conocemos en México, no ayudan a limpiar el resentimiento. En cambio, en India la aceptación de toda situación difícil mantiene una esperanza puesta en el futuro, en una vida posterior; y así adquiere sentido el sacrificio propio, con la visión de un porvenir mejor si en el presente me porto bien. Las diferencias con el estado de ánimo ordinario del mexicano no pueden ser más claras.”


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Udaipur, Rajasthán – En Ranakpur, en medio de la cordillera montañosa que separa la parte seca y la más fértil de Rajasthán, se enclava un inmenso templo de puro mármol blanco, edificado hace unos 5 siglos.

Ese templo es de la religión jainista, la primera gran derivación que tuvo la religión hindú, previa incluso al budismo. El jainismo vino casi un siglo antes del mero mero Siddharta Gautama.

Ese templo marmóreo tiene nada más 1,444 columnas, todas ellas exquisitamente labradas. Todas diferentes entre sí. Una de ellas no sostiene nada para protegerse contra el mal de ojo (!) y otra está francamente chueca para evitar con claridad la arrogancia de presumir de perfección cuando los humanos jamás podremos ser perfectos.

La religión hindú tiene esas bellezas, que manifiestan humildad ante lo inmenso y se distinguen en ello de toda religión maximalista que pretende ser la única poseedora de toda la verdad. Llevada al extremo de los más extremosos extremistas, cualquiera que no profese esa religión es enemigo de la verdad, es decir, nada menos que enemigo de Dios; es decir, no merece existir ni tiene derecho alguno.

Las religiones nativas de India —la hindú, la jainista y la budista— son religiones de vida. Sus dioses suelen ser sonrientes. El simpático hombre con cabeza de elefante, Ganesh, hijo de Vishnu, es patrono de la buena fortuna. A Krishna, siempre azul o negro, le encanta aparecer con Rada, su esposa; también están sonrientes todo el tiempo, y les fascinan los lances amorosos. Comparten también las pasiones humanas.

En ese templo jainista está prohibido entrar con algo de cuero, incluyendo cinturones y billeteras. Como en todos, hay que descalzarse pero no importa llevar sombrero. Se venera a Adinathe, uno de los 24 profetas del jainismo (Buda tampoco es Dios, sólo es camino). Adinathe se parece a Buda, está sentado en posición de loto, y tiene los ojos abiertos para mirar de frente a sus seguidores. Sus ojos están cubiertos de diamantes, o del material precioso que se encuentre. Mira directo, sonriente, pero no es posible fotografiarlo de frente; los guardias lo impiden severamente.

Los jainistas tienen dos versiones extremas de monjes (los hay de ambos sexos), que viven una versión extrema de la noviolencia (Gandhi la aprendió de ellos). Atacar a un ser vivo (así sea una mosca o una cucaracha) es atacar a toda la creación.

A la vera del camino, ya habiendo salido de Ranakpur, venían caminando en la carretera dos monjes jainistas con ropa blanca y algunos arreos, en peregrinación, rumbo a ese templo. Caminan descalzos, con un voto perpetuo de castidad, de pobreza, y de una alimentación que no ataca de manera alguna a la vida. Sólo comen lo que cae de los árboles, y jamás extraen del suelo una zanahoria, papa, ajo, jengibre, tubérculo o raíz de ninguna especie, porque hacer eso lastimaría a los gusanos. Por eso tampoco usan transporte alguno y viajan sólo con el impulso de sus descalzos pies, o con una silla de ruedas si están impedidos. En su versión más extrema, los jainistas viven dentro de conventos y ni siquiera ropa usan, haga frío o calor. Esos monjes practican —probablemente con resultados muy eficaces— formas extremas de meditación que los acercan a esa elusiva noción que budistas y jainistas llaman nirvana.

Vive aquí con cotidiana presencia, como en toda la India que conozco, la religión; sea ésta la que sea. La religión juega un papel central, y sus practicantes abundan. Un primer contacto: nos guió en Bombay una mujer parsi, cultísima, miembro de la tradición que fundó Zoroastro en Persia y que tiene en India, y más aún en Bombay, su mayor comunidad de seguidores. Sobre sus templos (vimos dos) arde una flama perpetua, símbolo de la luz, y cerca de la cual yacerán los muertos, dejados al sereno y al arbitrio de las aves rapaces, para que se aniquilen cadáveres que nada tendrán ya que consumir y arrebatar al mundo material. Ni siquiera leña de sándalo para quemarlo, o espacio en la tierra para sepultarlo. Es una religión basada (como la hindú, y a palpable diferencia de la musulmana y en ciertas visiones bastante chatas de la católica) no en las ceremonias y los ritos, sino en la conducta diaria. En la práctica de la virtud. En las buenas obras.

La religión hindú vive también en los santones semidesnudos, pintarrajeados y barbones, que eventualmente aparecen debajo de un baniano —árbol nacional, con tronco de intrincadas ramas y que de repente hace de sus ramas raíces que a su vez sostienen a esas largas y anchas ramas— y en los altarcillos de cada casa, cuajados de figuras sonrientes o voluptuosas que se venden en todas partes y se ponen en los coches para buscar protección vial.

Pero sobre todo, la religión se vive y se palpa en la conducta de la gente. Como ningún otro lugar que yo conozca, la religión es norma de conducta. En ningún lugar he visto a un pueblo más pacífico y tranquilo en su vida cotidiana, más sonriente, y probablemente más feliz, independientemente de su casta o de la consecuente situación económica. sabedor de que conforme a la ley del karma, cuanto haga de malo significará un saltapatrás en su próxima existencia. Pero si se porta bien, como ordena el dharma (deber, doctrina ética, código de conducta) en su próxima estancia ese ser mejorará su situación.

No conozco gente más generalizadamente sonriente y feliz, con la que uno se siente verdaderamente a gusto. Encuentro la clave de esta paz en la muy completa aceptación de los hechos de la vida, lo cual implica la ausencia de todo resentimiento. El resentido no acepta su situación, echa la culpa de ella a otros, y cree que su mala suerte no debería de ser así, pero por culpa de otros y no de él. El resentido se siente víctima de las acciones ajenas. La política y la religión como las conocemos en México, no ayudan a limpiar el resentimiento. En cambio, en India la aceptación de toda situación difícil mantiene una esperanza puesta en el futuro, en una vida posterior; y así adquiere sentido el sacrificio propio, con la visión de un porvenir mejor si en el presente me porto bien. Las diferencias con el estado de ánimo ordinario del mexicano no pueden ser más claras.

Las religiones conviven, otras veces coexisten, y a vedes se enfrentan, especialmente por iniciativa de los generalmente más intolerantes musulmanes, que ya partieron al país en tres luego de la Independencia, añadiendo Pakistán y Bangladesh. Pero en la vida diaria las religiones se respetan y los practicantes hacen lo que se les pega la gana.

Acostumbrados como están a una vida centrada en la religión, aceptan igualmente una enrome diversidad de religiones. Lo hemos visto con quienes hemos tenido contacto. El jefe de la guía parsi es 100% indio pero católico, heredero de ancestros que recibieron la influencia de misioneros portugueses en Goa. El guía de Jodhpur y el templo de Ranakpur era jainista. El guía de Jaipur es musulmán. El de Udaipur es hindú. India demuestra la existencia de Dios al estilo de cómo lo ha dicho Lecomte de Noüy, y que dijo con otras palabras el guía jainista: “En cuestión de espiritualidad, todos buscamos al mismo destino sin mucho importar por qué ruta lleguemos.”

Akbar el grande, emperador mogol, construyó en Fahtepur Sikri una especie de templo que significaba la confluencia de cuatro religiones en una nueva que él inventó, pero que su hijo no continuó y prefirió hacerse musulmán; Akbar decía algo parecido a lo que expresó el guía jainista, y es que todos los caminos conducen al mismo fin, y lo que importa es la salvación y no el camino o interpretación que cada quien haya seguido para conseguirla.

 

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